LA MATANZA ESTUDIANTIL HACE 50 AÑOS

LA MATANZA ESTUDIANTIL HACE 50 AÑOS

Los hechos luctuosos ocurridos en estas fechas dieron el golpe de gracia a la impopularidad del gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla.

09 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Los hechos luctuosos ocurridos en estas fechas dieron el golpe de gracia a la impopularidad del gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla.

La muerte de Uriel Gutiérrez Restrepo a manos de una patrulla irresponsable de policías que dispararon sus fusiles dentro de la Ciudad Blanca en la tarde del 8 de junio de 1954, fue el toque a somatén para los estudiantes de la Universidad Nacional. El asesinato de Uriel, brillante y pacífico estudiante de medicina y de filosofía, constituía una agresión injustificada y un abierto desafío a toda la comunidad universitaria. Por eso en la mañana del miércoles 9 nos dimos cita para machar hacia el Palacio de San Carlos -donde residía transitoriamente el general Rojas- en señal de duelo y en demostración de protesta. La Federación Médica Estudiantil, que a la sazón yo presidía, había asumido la vocería de la Facultad de Medicina y, por lo tanto, estaba comprometida en la organización de la marcha.

Salimos hacia las diez de la mañana de la Ciudad Universitaria en forma ordenada; tras nosotros una multitudinaria y compungida muchachada. A paso lento, entonando el Himno Nacional o pregonando el nombre de Uriel Gutiérrez seguido del unísono Presente! Alcanzamos la carrera séptima y nos dirigimos hacia la Plaza de Bolívar, en medio de la simpatía y las voces de aliento de la ciudadanía bogotana que desde los andenes y balcones batía pañuelos blancos en demostración de solidaridad. A la altura de la calle 16, junto con mi condiscípulo Hernando Rodríguez Vargas dejé el desfile para indagar en las oficinas del Colegio Médico de Cundinamarca, que funcionaba en la misma casa del Club Médico, pocos metros debajo de la carrera octava, para indagar, digo, por la corona fúnebre que habíamos ordenado y que debíamos llevar durante el sepelio de Uriel. Siempre he pensado que esta diligencia fue algo providencial, pues nos puso a salvo de haber caído muertos o heridos. Cumpliendo nuestro propósito salimos de allí y presurosos volvimos a la carrera séptima con el fin de ubicarnos en la avanzada de la marcha.

Cuando llegamos a la calle 14 advertimos que el desfile se había detenido; avanzamos intrigados. De pronto se oyeron disparos de armas de fuego y comenzó la estampida. Sin saber qué ocurría, yo retrocedí y me refugié inicialmente en la librería El Mensajero. Una vez que la multitud se hubo dispersado casi por completo, salí de allí y me dirigí hacia la Avenida Jiménez, para ubicarme en EL TIEMPO, donde permanecí hasta bien entrada la tarde, enterándome de la magnitud de la tragedia y conociendo los nombres de los estudiantes muertos. Me puse en comunicación telefónica con mi familia, que estaba consternada, pues habían escuchado por la radio que uno de los fallecidos era un estudiante de medicina llamado Hernando Sánchez. Los tranquilicé y les aclaré que el muerto era Hernando Morales Sánchez, que yo me encontraba bien y que no sabía a qué hora llegaría.

Situado en la acera esquinera de EL TIEMPO fui testigo del cobarde asesinato del estudiante Jaime Pacheco Mora, quien quiso, a la carrera, atravesar la Avenida Jiménez, frente a la Gobernación, y fue abatido por la tropa que, apostada a lado y lado de la calzada y al mando del capitán José del Rosario Hernández, esperaba el ataque de un enemigo imaginario.

Aquella noche logramos reunirnos unos pocos compañeros. De primera mano supe entonces que el detonador del absurdo fusilamiento lo había aportado la fatalidad. Alvaro Gutiérrez Góngora, "el Pollo" , como lo llamábamos en la Facultad, ocupaba la primera fila, la misma donde yo me encontraba hacía poco. El era alto, fornido, y se enorgullecía de ser reservista de la Armada. Al bordear la esquina de la calle 13, el desfile fue detenido por un pelotón de soldados. Ante la negativa de permitir la continuación de la marcha, los estudiantes de avanzada se sentaron en el suelo, en señal de espera, para manifestar su intención de cumplir su propósito: llegar hasta el Palacio de San Carlos. Quienes venían atrás pugnaban por avanzar, a tal punto que su empuje fue adquiriendo características de avalancha, con posibilidad de aplastar a quienes se hallaban sentados. Cuando estos se pusieron de pie, la fuerza impuesta desde atrás acabó con su inercia y fueron arrojados sobre la primera línea de la tropa. Quien estaba al frente de "el Pollo" era uno de los oficiales que la comandaban; este, con su arma de largo alcance al sesgo, trataba de impedir la continuación de la marcha. "El Pollo" , para no caer encima de su oponente, puso sus manos sobre el fusil, actitud esta que posiblemente fue interpretada por algún soldado como un intento de desarmar a su comandante. Alvaro Gutiérrez cayó abatido por un disparo. Luego vino la masacre. Explicable, pues con criterio absurdo el contingente destinado a detener la marcha estudiantil pertenecía al Batallón Colombia, el mismo que había combatido en Corea. Por eso la psicosis de guerra afloró con toda su fiereza. Al frente de esos héroes quedaron tendidos los cadáveres de un puñado de estudiantes inermes.

Al día siguiente, en los viejos pabellones del Hospital San Juan de Dios, adoloridos y consternados, dábamos inicio al movimiento de resistencia contra el gobierno militar. Recuerdo bien que hasta nosotros llegaron esa mañana individuos desconocidos, extraños, para aconsejarnos que levantáramos barricadas en las calles; las armas ellos nos las suministrarían. Por supuesto que tan descabellada propuesta cayó en el vacío. La vía para dar al traste con el régimen no era la armada. En los comunicados oficiales lo ocurrido se calificaba comodeplorable incidenteyabsurda tragediaJuan Lozano y Lozano en un vibrante "Jardín de Cándido" la denominabagran catástrofe nacional, indicativa de un estado de cosas que debe corregirseEsa dolorosa y gran catástrofe nacional, no se puede negar, fue la que condujo al derrocamiento de la dictadura.

En asocio de estudiantes de diferentes carreras y universidades fundamos un periódico quincenario, el Nuevo Signo. Me siento obligado a mencionar a los principales cerebros de esa empresa: Juan Antonio Gómez, Fabio Lozano Simonnelli, José Font Castro, Francisco Posada Díaz, Diego Uribe Vargas, José J. Arizala, Gloria Bernal y María del Rosario Ortiz. Por ser un vehículo de oposición, el ministro Lucio Pabón Núñez muy pronto lo clausuró. Entonces pasamos a difundir nuestras ideas en hojas de circulación clandestina. Asimismo, los muros de los orinales de los cafés servían de cartelera a nuestros propósitos conspiratorios. Escribirla dictadura!era una hazaña que producía una íntima satisfacción, aquella que se siente cuando se cumple con un deber. Quedaba la sensación de haber escrito un formidable y valeroso editorial en el más importante periódico del país.

Aún fresca la masacre del 9 de junio, en una reunión de la Federación Médica Estudiantil se acordó proponer la renuncia de los profesores de la Facultad como muestra de solidaridad con el estudiantado. Para tal efecto, solicité una audiencia con la directiva de la Federación Médica Colombiana, presidida entonces por el profesor José del Carmen Acosta Villaveces, figura representativa del cuerpo docente y de la medicina nacional. Cuando acudí a la entrevista lo acompañaban los profesores Pedro Eliseo Cruz y Juan Pablo Llinás. Expuesta nuestra demanda, el doctor Acosta me dijo:créanos que nosotros estamos igual de adoloridos que ustedes, pero no podemos dejar los cargos académicos. Sería establecer la vía libre para que fueran provistos con carácter político. Transmítales a sus compañeros nuestro pesar y la certidumbre de que si el gobierno pretende apoderarse de la Universidad o intervenir en su discurrir académico, presentaremos, entonces sí, nuestra renuncia. El primero en hacerlo sería yoharía yoel profesor Cruz.olvide, joven Sánchez, que cada día trae su afán.

La audiencia opositora contra el gobierno seguía creciendo. Los estudiantes universitarios de Bogotá iniciaron un proceso de organización. Los de medicina ya lo estábamos, dentro del marco de la Federación Médica Estudiantil, que tenía personería jurídica de tiempo atrás. Se fundó la Federación Estudiantil Colombiana (FEC), designándose como presidente del Comité provisional al estudiante de derecho de la Universidad Nacional Crispín Villazón de Armas, quien se había convertido en la voz cantante de la protesta, en virtud de su vibrante y fácil oratoria. No puedo olvidar las circunstancias en que dimos inicio a nuestra amistad. Dado que a la FEC le fue negada la personería jurídica por intervención del ministro de Gobierno Pabón Nuñez , se encontró conducente que esta adhiriera temporalmente a la Federación Médica Estudiantil y tener así algún respaldo legal. Telefónicamente acordamos llevar a cabo una reunión en la sede del Club Médico, para formalizar la idea. A Crispín lo había visto y lo había escuchado varias veces, pero no había tenido antes ningún trato directo con él. Me encontraba a la espera suya. Cuando lo vi entrar me pareció estar frente a un personaje extraído de alguna página de Dostoievski: de rostro pálido, con cachucha, metido en un gabán que conservaba huellas de sangre, como que era el mismo que vestía el fatídico 9 de junio. No sé si su indumentaria había sido escogida deliberadamente para impresionarme. Ese día nació nuestra amistad y nuestro propósito de luchar mancomunadamente.

Como fueron varios los estudiantes que resultaron heridos, algunas personalidades crearon un Comité de Ayuda y Socorro Estudiantil. En el fondo, lo que se perseguía no era tanto socorrer a los lesionados físicamente sino demostrar solidaridad con la comunidad universitaria, que había sido herida moralmente. De ese comité formaban parte doña Berta Hernández de Ospina, Carlos Sanz de Santamaría, Jorge Bejarano, José del Carmen Acosta y Abel Naranjo Villegas, entre otros. De las propuestas que fueron acogidas, la ampliación de las residencias estudiantiles en la Universidad Nacional fue una de las que dejaron huella. El nuevo sector llevaría el nombre de Uriel Gutiérrez. El gobierno nos hizo saber a los estudiantes de último año de la Facultad de Medicina de la Nacional que estaba dispuesto a sufragar los gastos del viaje que habíamos proyectado. Por supuesto que rechazamos el ofrecimiento. Nunca supe cómo llegó a oídos oficiales esta noticia. Seguramente a través de informantes infiltrados entre los estudiantes, pues desde el gobierno anterior se sentaban con nosotros compañeros que a la vez eran detectives de organismos de seguridad.

La impopularidad de Rojas Pinilla se acrecentaba. En una de las muchas manifestaciones de protesta que a diario se llevaban a cabo en la ciudad, resultó muerto de un disparo de fusil un hermano del doctor Darío Echandía, don Vicente Echandía. El hecho ocurrió cerca de las instalaciones de Bavaria, en vecindades del Parque Nacional. Un grupo de estudiantes, entre los que yo me encontraba, lanzaba consignas antigobiernistas. Una patrulla de policías salió en nuestra persecución. A la carrera nos internamos en el parque Fabio Lozano Simonelli, Hernando Rodríguez y yo, con los esbirros del gobierno a nuestras espaldas. Ya próximos a echarnos mano, Fabio gritó:allíseñalando una puerta entreabierta. Sin dudarlo penetramos a una residencia, que era la casa-consultorio del profesor Alfonso Uribe Uribe -ilustre médico internista-, conocido de los tres, pero amigo de la familia de Fabio. Cerramos la puerta y cuando apareció el doctor Uribe le contamos que nos perseguía la policía. Nos tranquilizó y nos autorizó a permanecer en su casa el tiempo que fuera necesario, hasta cuando el peligro hubiera desaparecido.

El doctor Naranjo Villegas era el rector de la Universidad Nacional. No supimos con certeza cuáles fueron las razones para su renuncia, la que le fue aceptada. En su reemplazo se nombró a un coronel, Manuel Agudelo, designación que fue considerada como una afrenta para la institución. La renuncia profesoral no se hizo esperar, siendo el primero en presentarla el doctor Acosta Villaveces. Cuando el rector militar ingresaba a los predios de la Universidad en el vehículo oficial, los estudiantes que a su paso iba encontrando levantábamos los brazos, al igual que ocurre en las ciudades ocupadas por ejércitos invasores. Por supuesto que la rechifla era una constante. La situación se hizo tan insoportable, que el coronel hubo de hacer dejación del cargo a poco de posesionado. El médico Jorge Vergara Delgado fue designado a cambio suyo.

El segundo semestre del año 54 transcurrió en una calma chicha. Algunos elementos de la policía y el ejército se daban a la tarea de castigar a su manera a los enemigos del régimen. Continuando la costumbre heredada del gobierno de Gómez-Urdaneta, la persecución a los liberales se hacía en forma abierta. En el café donde yo estudiaba como era habitual entonces apenas pasada la medianoche ingresaban sujetos armados; se sentaban a beber y luego daban vivas al gobierno y al partido conservador. Si por desgracia alguno de los contertulios llevaba puesta una corbata de color rojo se la cortaban y le daban a comer trozos de ella, al tiempo que daba gritos delos cachiporros!Como cosa curiosa, nunca se acercaron a las mesas de los estudiantes. Esos bárbaros eran agentes de civil que, por cambio de turno, salían de la estación de Policía al café (...)

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