LA LEGUMBRERÍA AMBULANTE

LA LEGUMBRERÍA AMBULANTE

En medio del olor a cebolla y el sonido casi permanente de las bocinas de los camiones que envuelven la Central Mayorista de Antioquia, a las tres y treinta de la mañana, Giovanni Cardona, de 22 años, apodado Corozo , selecciona los tomates que tendrá a la venta en un par de horas.

09 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

En medio del olor a cebolla y el sonido casi permanente de las bocinas de los camiones que envuelven la Central Mayorista de Antioquia, a las tres y treinta de la mañana, Giovanni Cardona, de 22 años, apodado Corozo , selecciona los tomates que tendrá a la venta en un par de horas.

Su jornada comienza una hora antes en el corregimiento de San Antonio de Prado, donde lo recoge uno de los carros de la Mayorista. "Soy afortunado porque uno de los camioneros nos recoge a los del sector; a los que viven lejos les toca pagar colectivo o taxi" comenta.

Ya en los alrededores del bloque 26 de la Central, Corozo , se reúne con los otros tres trabajadores del carro y comienza el trajín.

El primer paso es la negociación de los productos, que está a cargo de su jefe, Luis Guillermo Cortés, apodado La Bruja , dueño y conductor del carro, quien trabaja en ese negocio desde hace más de 10 años, cuando empezó como ayudante de su hermano.

Cortés envía los productos al camión para su selección y montaje. Alrededor de las seis de la mañana, todos desayunan de cuenta de La Bruja para comenzar un recorrido por los barrios de Medellín.

"Diariamente se compra en mercancía entre 800 mil y 1 millón de pesos para tener el carro bien surtido, y cuando no se vende todo, se guarda para el otro día", dice el jefe.

Y agrega: "Estas legumbrerías ambulantes producen lo suficiente para pagar a los trabajadores 110 mil pesos semanales y para que quede un poquito".

Los productos son ofrecidos en las canastas puestas sobre el piso. Eso sí, cuando aparece la lluvia es difícil venderlos y hay que recogerlos para evitar que se dañen, pues la carpa del camión no siempre es suficiente para el cambiante clima de Medellín.

Mujeres en sandalias, niños y algunos hombres se acercan a este camión blanco con carpa negra, tan limpio como cualquier verdulería, a seleccionar y a comprar sus productos. Todos acuden al llamado de un megáfono oculto que avisa los precios más bajos que, según Cortés, es lo que busca la gente.

En opinión de Corozo , se acercan porque pueden escoger lo que quieren. En cambio a los bomberos -así les dicen a los que venden cosas malas y empacadas a mil pesos- no les llegan tantos compradores.

"Lo que más compran es papa y plátano, que es lo más barato, y lo que menos, las yerbas como coles, apio, espinacas y todo lo que esté caro", asegura Corozo .

Las ventas pueden ser hasta las once de la mañana o extenderse hasta media tarde, dependiendo de la acogida de los productos. Después, a lavar el carro y cada uno para su casa a dormir muy temprano.

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