ENVIADO ESPECIAL EN EL CIELO

ENVIADO ESPECIAL EN EL CIELO

La enciclopedia Gabriel Cabrera Salavarrieta, que se abrió para este mundo el 31 de enero de 1931, acaba de cerrar su edición.

10 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

La enciclopedia Gabriel Cabrera Salavarrieta, que se abrió para este mundo el 31 de enero de 1931, acaba de cerrar su edición.

Después de medio siglo de cátedra viva sobre la ciudad, decano y apóstol de la reportería urbana, el rey de los cargaladrillos , el hombre que muchos años antes de iniciarse la era de los computadores ya había convertido su cabeza en un disco duro de la memoria nacional, con un archivo anexo de la historia bogotana, aquel que escribió por casi 20 años La Ciudad y su gente en las páginas de EL TIEMPO, inició el camino de la leyenda desde el amanecer del pasado 8 de mayo, cuando dio el último suspiro. "Y conociéndolo como lo conocimos -dijeron sus colegas y amigos-, ya debe estar ejerciendo ese mismo cargo de reportero en el cielo".

No fue una simple ocurrencia. En esa reunión de despedida que estuvo muy lejos de ser un velorio y muy cerca del homenaje familiar -enriquecido con anécdotas propias de un consejo de redacción-, Cabrerita hizo sentir el ángel chispudo de su temperamento y los asistentes de pronto se comportaban tal como él lo hacía en estos casos. "Nada de sentidos pésames, nada de esa vaina", decía. En cambio, intuitivo, oportuno y gracioso, sus comentarios siempre les daban aires de alivio a los dolientes y en cualquier sala fúnebre, a partir de su llegada, el velorio ya no volvía a ser el mismo.

"Como sería de godo que vino a morirse en el mismo día calendario en que nació Alvaro Gómez", apuntó Alvaro Montoya -quien fuera uno de sus compañeros-, para ilustrar con esta coincidencia aquellos lazos que anudaron el inicio de Cabrerita con el periodismo.

En los parajes de Tenjo (Cundinamarca), donde nació, se hizo conocer como un muchacho de juegos y picardías, el mayor de 8 hijos, el que idolatraba a María Trinidad Salavarrieta, su madre, esa mujer que contaba las ramas de su genealogía para hablar del parentesco con Policarpa, la heroína de la Independencia. "Si hay un delincuente Salavarrieta, no lo podemos negar, porque seguro que es de la familia", decía Doña Trinidad, que además inculcó en sus hijos el don de la caridad.

"Cuando Gabriel cumplió 9 años y nos fuimos a Tabio, el padre Eugenio Celis lo llamó para que fuera su acólito. Las monedas que ganaba se las daba todas a nuestra madre, lleno de orgullo. A los 15 años fue secretario de la parroquia y más tarde sacristán, el que tocaba las campanas y todo lo demás", contaba Ruby, una de las hermanas de Cabrerita, Sierva del Señor de la Caridad, en medio del nutrido grupo de periodistas que se hizo presente ayer en esta despedida.

A la muerte del padre Celis, un artículo que escribió y envió a El Siglo, se convirtió en el inicio de su carrera, y en julio de 1957, Alvaro Gómez -entonces director de este diario-, lo invitó para que hiciera parte de la redacción.

Ese mismo año Cabrerita se convirtió en inquilino de una pieza que arrendó muy cerca de las instalaciones de El Siglo, en una época en que las sedes de La República, El Espectador y EL TIEMPO quedaban muy cerca, y los periodistas se confundían en la espumosa bohemia del centro.

"Esa misma pieza fue la que él me heredó, con el baúl, la cama, la mesita de noche y las cortinas, en 1964, cuando recién casado se fue a vivir al barrio 20 de julio, y yo me disponía a superar los primeros escollos en este oficio", recordó con orgullo Javier Ayala.

Las anécdotas se cruzaban en simultánea y al calor de los buenos recuerdos. Algunos hablaban de aquellos días de los años 70, cuando este lujo de reportero visitó más de 600 municipios, durante una de las campañas presidenciales de Alvaro Gómez. El candidato perdió -1974-, pero como agradecimiento, mencionó las virtudes de Cabrerita ante Enrique Santos Castillo (Q.E.P.D.), quien no dudó en vincularlo a EL TIEMPO.

A partir de entonces, Cabrerita, uno de los primeros habitantes que llegó con su familia a Ciudad Kennedy, el que nunca quiso comprar carro ni aprender a manejar; el mismo que para consentir su paladar le sacaba el pollo al ajiaco y de las brevas solo se comía el arequipe, tan culto y tan humilde, el de misa diaria, cachaco de los mejores, se convirtió en el más eximio conocedor de los temas de la ciudad.

Bogotá no era todavía una sección en los periódicos, pero él recogía las historias de los barrios y las necesidades de la comunidad como si fuera a publicar un cuadernillo completo. Se sentaba en el último puesto del recinto del Concejo y ahí se quedaba hasta el amanecer, si era necesario. Emprendía campañas para que un barrio tuviera servicio de agua, o para que una niña recobrara la vista.

La sensibilidad por el tema social, que la heredó de Doña Trinidad, lo hacía pedir siempre para los demás. Una de sus hermanas mencionaba ayer que durante la última conversación, Cabrerita le pidió 150 mil pesos. Ella le preguntó para qué, y él le respondió: "pues para repartirlos, ala, para repartirlos".

Fue dueño del poder de la palabra y de una sabiduría que siempre compartió con queridura y sin egoísmos. Por eso lo adoramos tanto. Por eso, aún mucho después de haberse jubilado, de salir por la puerta grande de EL TIEMPO, lo seguimos sintiendo tan cerca, con su presencia de maestro, en estos pupitres de la Sección Bogotá, donde estuvo por tantos años, donde su hija martha sigue sus pasos, donde su ejemplo ronda, corretea y vive.

FOTO/Archivo particular.

1- Durante 39 años, Flor Puentes y Gabriel Cabrera fueron ejemplo de amor para sus hijos y nietos.

2- Con sus colegas y alumnas Miriam Amparo Ramírez (izq.), Yolanda Gómez, hoy actual subeditora de la Sección Bogotá de EL TIEMPO, y Pilar Calderón.

3- En 73 años de vida, todos reconocen que Cabrerita fue buen hijo, buen padre, buen amigo y mejor abuelo. Aquí el primer encuentro con Ana María, una de sus nietas.

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