CONDENADOS A LA GUERRA

CONDENADOS A LA GUERRA

Hice, paciente, la tarea que me pidió. Repasé los acuerdos de paz que se suscribieron recientemente en todas las regiones del mundo, y nada encontré de cuanto buscábamos. Ni en los siete que permitieron la paz en El Salvador, desde el de Ginebra hasta el de Chapultepec, en 1992; ni el que en 1996 se firmó en Guatemala para permitir la incorporación a la vida civil de los miembros de la Urng; ni en el de Sierra Leona de 1999; nada, por supuesto, quedó dicho en el que trajo la paz para Irlanda el 10 de abril de 1998; busqué en vano lo que hubieran podido decir los acuerdos de Mozambique, Liberia y Filipinas, para llegar a una conclusión inequívoca: las exigencias sobre la memoria colectiva, la reparación y el castigo son un invento para estrenar en Colombia.

10 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Hice, paciente, la tarea que me pidió. Repasé los acuerdos de paz que se suscribieron recientemente en todas las regiones del mundo, y nada encontré de cuanto buscábamos. Ni en los siete que permitieron la paz en El Salvador, desde el de Ginebra hasta el de Chapultepec, en 1992; ni el que en 1996 se firmó en Guatemala para permitir la incorporación a la vida civil de los miembros de la Urng; ni en el de Sierra Leona de 1999; nada, por supuesto, quedó dicho en el que trajo la paz para Irlanda el 10 de abril de 1998; busqué en vano lo que hubieran podido decir los acuerdos de Mozambique, Liberia y Filipinas, para llegar a una conclusión inequívoca: las exigencias sobre la memoria colectiva, la reparación y el castigo son un invento para estrenar en Colombia.

Pues de mi parte, Mario, examiné nuestra larga experiencia en eso de pactar paces y establecer perdones. Me remonté a lo que hizo el general Rojas Pinilla para recibir los fusiles de guerrilleros del Llano y del Tolima; a un curioso documento por el que el Tirofijo , que usted conoce, y Ciro Castaño le hacen saber al presidente Alberto Lleras que vuelven a la vida civil porque nada justifica la guerra; y rematé con los acuerdos celebrados con el M-19, la Crs, el Epl, el frente Francisco Garnica, el Quintín Lame, el Mir-Coar y el Ptl, para estar con usted en un hecho irrebatible: nunca fueron la reparación de las víctimas, ni la memoria colectiva, ni el castigo de los suscriptores, condición para celebrar acuerdos de paz.

El asunto es más oscuro, me dijo Mario, cuando el palo viene fabricado en los talleres de las Naciones Unidas, representadas por los mismos que asiduamente se entrevistaban en coloquios de camaradería plena con los más atroces delincuentes de la historia reciente. Desde luego, sin decir esta boca es mía sobre los impedimentos que el Derecho Internacional Humanitario implicaba para conseguir la paz o, lo que es peor, la continuación de diálogos inútiles en medio de las bombas y las balas que se ordenaba disparar contra inocentes colombianos desde el territorio inmune del Caguán. Egeland, Lemoyne y Fruhling nada dijeron entonces, habiendo tenido tanta oportunidad, sobre las que hoy les parecen exigencias irredimibles del Derecho Internacional para recibir unos fusiles que quieren entregar sus dueños, y que quiere recibirles el Estado, y que quieren todos los colombianos que se entreguen y reciban para cerrar este trágico capítulo de su vida política.

Como veo las cosas desde fuera, amigo mío, la reparación de las víctimas supone que el frágil tesoro colombiano asuma obligaciones que no son suyas, de costo y tratamiento imposibles. Lo de la memoria, que se embarque el Gobierno en un proceso de confesiones y recriminaciones, que deben quedar para que otros las escriban, pero cuando haya paz. Y lo del castigo, sabiendo que no hay amnistía ni indulto sobre delitos atroces, es el primer intento conocido en el mundo de hacer la paz con un combatiente no vencido, para que entregue sus armas y se deposite, dócil, en una mazmorra.

El tema principal de la paz, Mario, es muy otro de los que ahora se agitan. Nada se avanza en Colombia si los dueños de las plantaciones, los laboratorios, los aeropuertos y las rutas de la droga no los entregan y destruyen. Y si el Estado y la sociedad no se comprometen, en reciprocidad, a ejecutar un vasto proyecto de reinserción a la vida civil de los alzados en armas, que comprenda un plan agrario audaz, con las tierras rescatadas a la coca. Así soñamos una Patria pacífica, redimida del estigma de la droga y desplegadas las velas hacia un futuro de Libertad, de Justicia y de Progreso.

Hermoso sueño, concluyó Mario. Que parece a la mano en lo que respecta a la mitad del país sumergido en la violencia, la promovida por las autodefensas ilegales. Despierten los colombianos y descubran que algunos, que los quieren muy mal, se proponen condenarlos a cien años más de guerra. Espero que no lo permitan.

flondonohoyos@latinmail.com

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