LOS MUERTOS, QUÉ SE HICIERON

LOS MUERTOS, QUÉ SE HICIERON

Si El Heraldo no registra la muerte, uno sigue vivo. Y si está todavía vivo pero en sus páginas no se consigna noticia alguna al respecto, ni siquiera en sociales, entonces uno está muerto. De ese tamaño es la influencia devastadora de ese periódico en la región, particularmente en Barranquilla.

10 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Si El Heraldo no registra la muerte, uno sigue vivo. Y si está todavía vivo pero en sus páginas no se consigna noticia alguna al respecto, ni siquiera en sociales, entonces uno está muerto. De ese tamaño es la influencia devastadora de ese periódico en la región, particularmente en Barranquilla.

Pero esta vez El Heraldo hizo otro milagro: evitar la muerte a punta de nombrarla. Durante unas pocas semanas, el periódico trasladó a su primera página la judicial, la de los muertos. El resultado fue la multiplicación de la vida, porque los muertos desaparecieron. O casi.

No hay ninguna exageración en esto. Hace unos pocos días, las muertes acumuladas durante un fin de semana eran 18 y 20. Estábamos todavía lejos de Medellín y Cali, pero nuestros niveles de muerte eran similares, o peores, que los de Bogotá.

De un momento a otro, los muertos comenzaron a evaporarse. Se redujeron primero a la mitad. Después a la mitad de esa mitad y a la semana siguiente a cero. Claro que semejante idílico paraíso no se mantuvo, pero aún así tres semanas más tarde, es decir, hasta la que precedió a la que terminó ayer, los homicidios habían disminuido en un 54 por ciento.

La estimulante alquimia de El Heraldo demuestra, hasta donde van las cosas, que no eran la champeta, los bailes callejeros, el ablandamiento de la ley loco cocolos borrachitos amanecedores ni la contaminación auditiva de los pick-up-escaparates, los responsables de los escandalosos e inesperados indicadores de la muerte. Creo que puede extenderse esa exoneración de causa y culpa a los parrilleros de las motos, a los motociclistas sin papeles, a los ajustes de cuentas de cuentasy a las evidentes y perturbadoras condiciones objetivas de la pobreza. Al fin y al cabo, llevamos varias décadas instalados en una situación de pobreza y mediocridad de solemnidades, y llevamos más décadas aún siendo alegres, parranderos y acuciosos usuarios de toda suerte de bailes raspacanillas.

El que uno sepa, aun desde antes de que la muerte escampara, que las causas no eran esas, no impide celebrar el que la demostración se haya dado. Ya era suficiente castigo el reconocernos intempestivamente ciudadanos de ese país de la muerte del que de todas maneras hacemos parte. Estoy seguro de que no sabríamos qué hacer con esos muertos tan ajenos. Tal vez nunca habríamos logrado la tranquilidad de olvidarlos, de hacernos los pendejos, de convivir tranquilamente con ellos. Ya era suficiente, digo, para tener que tragarnos, además, unas explicaciones elusivas y tramposas.

Es evidente que quienes estaban matando por codicia, negocio, limpieza o lo que sea, estremecidos por la alerta social que desataron las publicaciones, decidieron hacernos la rebajita Pero tan efectiva como peligrosa generosidad reclama de mayores esfuerzos. Por plausibles que sean, no basta con las restricciones al porte de armas. Al menos el decrecimiento de los indicadores homicidas no puede atribuirse tan alegremente a ese factor. El gobernador Rodado ha exigido de las autoridades policivas mejores resultados y diagnósticos más realistas. El Heraldo no está obligado a más milagros.

Todo lo anterior prueba, sin que hiciera falta, que una de las claves de la paz es la capacidad de sorprenderse, indignarse, desgarrarse frente al crimen. La violencia es hija legítima de la indolencia de quienes siguen vivos. La muerte también. Cuando El Heraldo contó los muertos, registró los umbrales peligrosos de su estadística abultada, estableció simetrías entre unos móviles y otros de idéntica factura criminal, la ciudad se estremeció y los indicadores retrocedieron. Lo que puede la edición . Y lo que puede la capacidad de seguir sintiendo como propias las muertes ajenas.

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