LAS COYUNTURAS FLUIDAS

LAS COYUNTURAS FLUIDAS

Para los expertos en manejo de crisis, una coyuntura fluida es aquella que, cuando todo parece ir bien, hace que se enciendan las alarmas para indicar la llegada de una crisis. Se trata de un conjunto de circunstancias que, a pesar de no tener mayor visibilidad, produce desbalances tan fuertes que alteran las agendas públicas, sacan al Gobierno de su órbita operacional y desatan una incertidumbre tal que hace que todo quede regido por la fragilidad.

11 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Para los expertos en manejo de crisis, una coyuntura fluida es aquella que, cuando todo parece ir bien, hace que se enciendan las alarmas para indicar la llegada de una crisis. Se trata de un conjunto de circunstancias que, a pesar de no tener mayor visibilidad, produce desbalances tan fuertes que alteran las agendas públicas, sacan al Gobierno de su órbita operacional y desatan una incertidumbre tal que hace que todo quede regido por la fragilidad.

Desde el enfrentamiento radial del presidente Uribe con un senador uribista, el país ha entrado en una coyuntura fluida. No sólo porque el gobernante tuvo que dar explicaciones en uno de los asuntos en que más reclama consistencia (la lucha contra el clientelismo y la politiquería), sino porque, desde entonces, los hechos se han precipitado uno tras otro, revelando una gran fragilidad gubernamental.

Yo pregunto a ustedes, los periodistas: este Gobierno los ha presionado? La respuesta no tardó en llegar. Una consulta entre 20 directores de medios de comunicación, realizada por el Observatorio de Medios y el CPB, concluyó que el presidente Uribe sí ha ejercido presión a los medios para emitir u omitir información. Aunque este porcentaje es menor, en un sistema democrático de prensa libre no debe existir ninguna, ni la más mínima, presión de los gobernantes .

Mientras el Presidente pasaba el trago de la refutación, los ciudadanos han comenzado a ver que el Gobierno tiene que reconocer que el no registro de la circulación de vehículos o el tráfico por las vías concesionadas lo están obligando a responder por 200.000 millones de pesos en garantías; que las trabas a la entrega de subsidios por parte del Estado y el desinterés de la banca y los constructores han deprimido la construcción de vivienda de interés social hasta niveles inferiores a los registrados en 1999; que la corrupción terminó por acorralar la prestación de los servicios de salud, o que las metas de ajuste con el FMI deben cambiar porque no se va a poder resolver el problema fiscal.

Así como los estudios comienzan a demostrar que la seguridad en las carreteras no es como la pintan y el Subsecretario General de Naciones Unidas denuncia el exterminio de muchas comunidades indígenas y el crecimiento de desplazados y de minas, el Gobierno no logra controlar el enfrentamiento entre sus fuerzas y organismos de seguridad, ni tampoco estructurar acciones que le den viabilidad y sostenibilidad a la seguridad democrática.

Entre tanto, gobernadores y alcaldes reproducen los Consejos Comunales en los que, siguiendo el papel presidencial, ahora quieren repartir subsidios, ordenar el cambio de leyes, reasignar recursos o hacer señalamientos judiciales, por fuera de los canales de la institucionalidad.

Pero la fragilidad no es sólo gubernamental. Los que operan por fuera también contribuyen a la confusión. Los congresistas están a la espera de lo que les va a rentar su voto por la reelección presidencial; el Fiscal General no logra salir del ojo del huracán; el Procurador General de la Nación anuncia que presentará denuncia penal contra los conjueces de los tribunales involucrados en el trámite de acciones judiciales que pretenden una bonificación de 380.000 millones de pesos para 1.400 miembros de la rama judicial, y la Operación Dólar blanco no sólo puso a varios importantes empresarios contra las cuerdas de la extradición, sino que también hizo volver al país ante la dura realidad: con algunas excepciones, nuestros empresarios no son más que una clase rentista que vive al límite de la legalidad.

No hay duda. El país está ante una coyuntura fluida. Sin embargo, el Gobierno no parece tener conciencia de la necesidad de disponer los recursos para contenerla. Su empeño por la reelección inmediata lo está llevando a imponer una dinámica caudillista a la gestión gubernamental. El equivocado manejo de medios está reduciendo el espectro de influencia real (no la popularidad) de las decisiones presidenciales sobre las instituciones, el aparato productivo y el sistema social. Y la ambiguedad en los ámbitos de operación policial y militar está afectando la gobernabilidad sobre los medios coercitivos a disposición gubernamental.

Así todos aplaudan porque vamos de maravilla, todo amenaza disolverse en un escenario en que a los colombianos no les queda otra alternativa que agarrarse, cada vez más, a la figura providencial del presidente Uribe, esperando que, tras él, volverán el orden y la prosperidad.

pedromedellin@hotmail.com

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