LA FINCA: TODA UNA FORTALEZA

LA FINCA: TODA UNA FORTALEZA

Una fortaleza con puestos adelantados de vigilancia y con modernos sistemas de alarma electrónica, es la finca donde permanecieron los últimos ocho días de su secuestro la periodista Diana Turbay y el camarógrafo Richard Becerra. La finca está situada en la ladera de una escarpada montaña de la vereda Sabaneta, en Copacabana, en los límites con Guarne, unos 18 kilómetros al norte de Medellín.

26 de enero 1991 , 12:00 a. m.

La casa tenía dos accesos por sendas carreteras en mal estado: una que va a salir a Copacabana y otra que llega a la Autopista Medellín-Bogotá, poco después del túnel de Guarne.

Se supone que la casa estaba custodiada por unos diez hombres y contaba con tres puestos de control situados estratégicamente. Tres de los vigilantes fueron dados de baja por la Policía en los alrededores de la finca: uno cerca a la casa y dos abajo, a orillas de una quebrada.

La vivienda no tenía piscina y se encontraba rodeada de lomas por todos los lados. Estaba compuesta por una sala de billar, con su mesa y puestos para los tacos, y dos alcobas separadas. La puerta de cada una de las alcobas daba hacia la sala de billar. Eran puertas de madera que se aseguraban con candados.

La alcoba más grande, en la que al parecer estuvo Diana Turbay, tenía baño privado. Había una cama amplia y una mesa con un televisor. Sobre la mesa pastillas analgésicas, y una caja de pañuelos Kleenex. Igualmente, estaba un libro en el que Diana escribía sus memorias. En el piso, bajo la cama, estaban esparcidas las cartas de un naipe.

La otra alcoba era más pequeña. Tenía la cama y un taburete.

La casa no tenía ningún adorno suntuario, ni cuadros para recordar. Pero sí un sistema de seguridad, como de un verdadero bunker. Además de los puestos de control alrededor de la casa, estaba el sistema electrónico de seguridad.

La mesa de billar, en uno de sus costados, tenía una alarma que se encendía en forma de luz roja, en caso de peligro. En las paredes de la vivienda también había timbres, conectados electrónicamente a los puestos de control.

Los sicarios, al parecer le prendieron fuego a un predio de la finca, antes de huir o caer abatidos. Cuando la prensa llegó al lugar, todavía se veían los restos humeantes de un yerbal, junto a la casa.

La Policía mostró, reunidos en un lugar, cuatro libros, que al parecer eran materia de lectura para las víctimas y los secuestradores: La Biblia; La Mujer Doble, de Próspero Morales; La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa; y Los hijos, del Premio Nobel, Octavio Paz.

Los secuestradores muertos eran jóvenes, con buena ropa. Junto a ellos se encontró un fusil con mira telescópica que servía para ver en la noche, dos subametralladoras, dos radios portátiles y tres proveedores. También había una cédula de ciudadanía a nombre de Diego Mauricio Lopera Torres, con número 71.718.094, de Medellín.

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