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LA SOLIDARIDAD CONTINENTAL

LA SOLIDARIDAD CONTINENTAL

No se requiere especial agudeza para ver el puesto bajísimo que tiene la América Latina en las prioridades de la política internacional de los Estados Unidos. Atrás quedaron las felices épocas en que los 21 votos del Continente tenían importancia en la Organización de las Naciones Unidas o en que los pronunciamientos de la Organización de Estados Americanos producían algún efecto en Washington.

Parecería que hoy no somos más que unas republiquetas mendicantes, molestas, pobladas de narcotraficantes y otros delincuentes de variada índole que, por desgracia, quedaron colgadas del rico vecino del norte por deficiencias de los grandes movimientos geológicos de hace varios millones de años.

El pasado 3 de mayo la administración Clinton, por medio del Secretario de Estado Asistente, señor Clifton Wharton, hizo una tímida incursión en el tema de la política latinoamericana del nuevo Gobierno, que no dejó duda alguna sobre el hecho de que nadie tiene mucho interés en nosotros, a menos que sea para exigirnos buen comportamiento de acuerdo con los estándares de los países ricos: democracias perfectas, absoluto respeto por los derechos humanos, redistribución del ingreso, protección del ambiente, control de la violencia política y del crecimiento demográfico. Todo ello para ser juzgado unilateralamente por los dueños del big stick .

Los gravísimos problemas que nos aquejan y que los norteamericanos que no ponen los muertos parecen creer que realmente nos gustan, y las dificultades para resolverlos, justificarán plenamente que los Estados Unidos (donde hay graves problemas que afectan los derechos humanos y el funcionamiento de la democracia) no tengan que adelantar una sana política frente al Continente, pues de aquí a que lleguemos a la perfección absoluta que se espera de nosotros, ya será demasiado tarde.

La iniciativa para las Américas del Presidente Bush seguirá, después de los últimos recortes de fondos, a paso de tortuga, lo mismo que la zona hemisférica de libre comercio, utopías que no verán ni mis nietos.

El Acuerdo del Libre Comercio de América del Norte (Nafta) patina y se ha constituido en lo peor que podía haberle ocurrido a la América Latina; tanto Estados Unidos como México han sentado unos parámetros que, implementados o no, servirán a los dos países para entorpecer cualquier negociación con otros países del área. Lo menos malo ha de ser que no se firme nunca, lo cual abrirá la puerta para que el G-3 sí pueda abrirse camino por sus propios méritos y no como un apéndice del Nafta, que es en lo que se ha convertido.

Ya se ha hablado, tanto por Clinton como por su representante de Comercio, Mickey Kantor, de que el Nafta se podría extender a Chile y Argentina (pobre Colombia, nadie la menciona); con ello se muestra de lejos la zanahoria al burro para que se porte bien y se entorpecen en grado sumo los acuerdos a que podrían llegar los países del Hemisferio Sur y de Centro América y el Caribe.

Colombia, erguida alguna vez y no vacuamente firmona de acuerdos sin futuro, debe replantearse su posición continental y exigir claridad en las negociaciones que puedan beneficiarla, sin condicionamientos a otros entre terceros países, así uno de ellos sea Estados Unidos, cuyas amas de casa seguirán beneficiándose de los bajos precios de nuestras materias primas y de nuestra deprimida producción agrícola.

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