DE LOS SUEVOS A LOS MERCENARIOS

DE LOS SUEVOS A LOS MERCENARIOS

Mis comentarios contra las torturas practicadas en Irak y Guantánamo por militares estadounidenses y por mercenarios bajo contrato del Pentágono atrajeron varias cartas regañonas; algunas me insultaban directamente y otras anticipaban en casi una semana el Día de mi Madre. Me atacaban por criticar tales vejaciones -más extendidas y sistemáticas de lo que se creía-, sin proceder de manera simultánea a rechazar los presos políticos cubanos y las torturas en Corea del Norte.

12 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

Mis comentarios contra las torturas practicadas en Irak y Guantánamo por militares estadounidenses y por mercenarios bajo contrato del Pentágono atrajeron varias cartas regañonas; algunas me insultaban directamente y otras anticipaban en casi una semana el Día de mi Madre. Me atacaban por criticar tales vejaciones -más extendidas y sistemáticas de lo que se creía-, sin proceder de manera simultánea a rechazar los presos políticos cubanos y las torturas en Corea del Norte.

Enunciar una lista simétrica de horrores como requisito para deslegitimar el delito más reciente favorece la indiferencia ante atropellos como los que estamos viendo. El prurito de la compensación de crímenes es truco lamentable que intenta ocultar toda responsabilidad refundiéndola en la pertinaz neblina de las infamias históricas. Con qué autoridad me indigno por las torturas en Irak si en la misma columna no condeno la dictadura norcoreana y las detenciones políticas en Cuba (que critiqué en su momento)? Claro: también debería condenar el terrorismo islámico (lo hice) y, en justicia, el colonialismo europeo en los países islámicos. Sí, pero entonces habrá que rechazar el Gulag soviético. Y, para equilibrar, el nazismo de Hitler y el fascismo de Franco y Mussolini. De donde nos deslizamos a la guerra de Crimea, a los regímenes despóticos del siglo XVIII (los condeno) y, a poco andar, a las crueldades de la conquista española, sin tolerar por ello los abusos de los aztecas con otras comunidades precolombinas.

Supongo que criticar la conquista española lleva a denunciar la ocupación árabe de Iberia, cosa que exige escandalizarse por los abusos de las cruzadas de los normandos, pese a que (lo reconozco) Saladín era un tipo poco recomendable. Condeno a Saladín y a los violentos normandos, pero también a los francos, harto sanguinarios, y, por supuesto, a los vikingos, que acabaron con los francos y arrasaron a los sajones. Qué puedo decir sobre los sajones sin denunciar sus carnicerías contra los magiares, aunque no sobraría una investigación exhaustiva sobre los crímenes de los magiares. Así lo aseguran sus víctimas, húngaros y serbios (que no eran angelitos rosados); y al decir serbios aprovecho para censurar el aplastamiento de los serbios por los otomanos en 1459. Fue espantosa la caída de Constantinopla en manos de los turcos (queda condenada), pero antes cabe reprobar a los mongoles y la lucha sin cuartel entre cristianos y kurdos durante el sultanato abuyid. Mas no se entienda, por favor, que perdono a los mamelucos, aunque protesto por las barbaridades de los hunos, sometidos sin clemencia por eslavos y búlgaros, cuya actitud -cómo no- también reprendo.

Pido piedad para los partos, si bien no eran mejores que los turingios, los frisios, los ostrogodos, los alanos, los godos y los vándalos, que hacían honor a su nombre. Y expreso mi enfático repudio a los suevos, los infames suevos, los terribles suevos, invasores de Galia e Hispania durante el imperio romano, imperio totalitario que, naturalmente, añado a mi condena. El dominio asfixiante de macedonios y cartagineses en el Mediterráneo ayuda a explicar la arrogancia romana, por lo que miro con poca simpatía a aquellos pueblos, herederos de las luchas violentas (las condeno) de griegos y espartanos.

No se me escapa que el absolutismo de Nabucodonosor y los babilonios es igualmente criticable, como lo fueron sus exterminadores, medos y asirios. Favor no deducir de mis palabras que bendigo a los asirios y al brutal Asurbanípal. Tampoco a quienes los persiguieron o los antecedieron en violaciones a la Convención de Ginebra: egipcios, cananeos, amenorreos, hebreos, filisteos, hititas, fenicios, caldeos y, ni más faltaba, sumerios. A todos los condeno. Y a Caín por haber matado a Abel, y a la serpiente por haber tentado a Eva.

Miren, susmercedes, los de las cartas bravas: para decirlo de una sola vez, condeno toda violencia injusta (no podría condenar a Bolívar, creo, ni a los aliados en la II Guerra), secuestros, torturas, explotaciones (incluso la económica, claro) y violaciones de derechos humanos, sobre todo cuando proceden de quienes proclaman ser la civilización o la ley. Pero me niego a condenarlas en cadena y de una misma sentada, porque, siempre que uno lo hace, el asunto acaba por caer en los suevos, en los infames suevos, en los terribles suevos.

Gómez Dávila diez años después.

Se conmemoran diez años de la muerte del filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila con la publicación de su Libro de Notas, inédito desde hace medio siglo (Villegas Editores). En él se ocupa, aun más que en sus famosos Escolios, del oficio de escribir y de otros temas obsesivos, con el mismo brillo que ha hecho que se le reconozca como uno de los grandes filósofos latinoamericanos.

Insisto en que Bogotá debería bautizar con su nombre la monumental biblioteca pública que se construirá en Suba. Confío en que Lucho Garzón sabrá rendir homenaje a este bibliófilo y pensador con cuyas ideas no es preciso estar totalmente de acuerdo para reconocerle la dimensión genial.

cambalache@mail.ddnet.es

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