CHICAQUE REINA EN LA NIEBLA

CHICAQUE REINA EN LA NIEBLA

Wilmer Aguilar, de 12 años, no ve nada. El bus en el que viaja con 30 compañeritos más de sexto grado del colegio Aquileo Parra de Bogotá, se detiene y sus ojos empiezan a notar algunas líneas del paisaje.

09 de octubre 2004 , 12:00 a.m.

La neblina lo tapa todo, sin embargo, Wilmer se baja corriendo del bus para comprobar que es real una inmensa puerta que simula la entrada a un castillo y la cual está alzada en ladrillos color marfil, con un aviso en que reza: Chicaque, que en lengua muisca significa: Nuestra Lucha.

Mientras tanto, su amiguito Daniel Ríos, de 13 años, permanece incrédulo ante la historia del guía quien relata que detrás de esa gran puerta hay un bosque de neblina casi virgen de 300 hectáreas, con una temperatura promedio de 16 grados y con una altitud entre 2.100 y 2.700 metros sobre el nivel del mar.

Y es que el pequeño no cree que después de haber pasado por la contaminada calle 13 de Bogotá, por la vía a La Mesa zona por la cual tuvo que soportar los olores nauseabundos que emana el botadero de basura de Mondoñedo, esté un parque natural con esas características.

Y aunque parece mentira, allí está ese paraíso que describe el guía denominado Parque Natural Chicaque, ubicado en jurisdicción del municipio San Antonio del Tequendama, a tan solo 40 minutos de la capital.

Mientras el guía sigue con la historia, Angie Castro, otra de alumna de 12 años, permanece atenta a la explicación, pero sobre todo quiere comprobar que, tal y como se lo explicaron, al mediodía la niebla baja y, con suerte, y mucho silencio, podrá observar venados, osos de anteojos, gatos de monte, armadillos, comadrejas, micos, ardillas, 214 especies de aves y 630 plantas diferentes, pese a que, según el Ministerio del Medio Ambiente, unas 20 especies vegetales del parque están en vía de extinción.

Pero una vez termina la explicación, comienza la acción por 15 kilómetros de senderos ecológicos.

Los niños bajan corriendo a la velocidad de su curiosidad por una ruta empedrada y señalizada que relata los tramos de caminos reales por donde los españoles esclavizaron a las naciones indígenas.

Así mismo recorren cascadas cuyas aguas se pueden beber sin temor y además pasan por miradores con panorámicas de la frontera entre Los Andes y el valle del Magdalena. El encuentro de las corrientes de aire de ambos ecosistemas forma los bancos de niebla que caracterizan al parque.

Los farallones también son propios de Chicaque y justo en frente de uno de 400 metros de altura se levanta un refugio construido en madera, con capacidad para 35 huéspedes. Pero si de lo que se trata es de tener más intimidad, en la misma zona, también hay tres cabañas desde donde se puede apreciar el bosque de robles, uno de los pocos que queda en el país, y sentir la tranquilidad que da la naturaleza.

Fotos: 1. El refugio del parque tiene capacidad para 35 personas e incluye servicios de alojamiento y comedor.

2. El farallón, con 400 metros de altura, es una de las bellezas naturales que más impacta a los visitantes, especialmente a los niños.

3. Para quienes quieran mayor intimidad, el parque ofrece el servicio de tres cabañas amobladas.

4. El bosque de robles de Chicaque es uno de los pocos que sobrevive en el país.

5. Desde el mirador El pico del Aguila se aprecia la frontera entre Los Andes y el valle del Magdalena.

Fotos: Martín García / EL TIEMPO

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