DENUNCIA DE MERCENARIOS EN VENEZUELA

DENUNCIA DE MERCENARIOS EN VENEZUELA

El escándalo tácticamente provocado por la real o presunta presencia de ochenta mercenarios colombianos en Venezuela, distinguidos allá con el remoquete de paracos , obliga a obrar con suma prudencia, a velar por la vigencia del principio de no intervención y a tramitar el azaroso enredo por estrictos canales diplomáticos. Ni podemos dejarnos contagiar por el lenguaje incendiario, ni debemos incurrir en el craso error de responder a la presunta tolerancia de su gobierno en favor de nuestras guerrillas con simpatías desafiantes por los movimientos organizados para derribarlo abruptamente.

13 de mayo 2004 , 12:00 a.m.

El escándalo tácticamente provocado por la real o presunta presencia de ochenta mercenarios colombianos en Venezuela, distinguidos allá con el remoquete de paracos , obliga a obrar con suma prudencia, a velar por la vigencia del principio de no intervención y a tramitar el azaroso enredo por estrictos canales diplomáticos. Ni podemos dejarnos contagiar por el lenguaje incendiario, ni debemos incurrir en el craso error de responder a la presunta tolerancia de su gobierno en favor de nuestras guerrillas con simpatías desafiantes por los movimientos organizados para derribarlo abruptamente.

Aunque las circunstancias eran entonces muy distintas, aquende y allende la frontera, a la memoria viene el episodio de una presunta fuerza expedicionaria, al parecer financiada por el dictador Leonidas Trujillo, de la República Dominicana, e hipotéticamente emprendida desde Colombia por el año de 1960, mientras se realizaba en Caracas el Congreso Hemisférico Pro Libertad y Democracia. A él asistíamos, en representación de Colombia, Carlos Lleras Restrepo, Gerardo Molina, Belisario Betancur y el autor de esta columna.

De improviso, a la madrugada del día siguiente a nuestra llegada, nos llamó, por encargo del canciller Arcaya, de la República hermana, nuestro prestigioso embajador, Francisco José Chaux, a comunicarnos que, en guarda de nuestra seguridad, el gobierno venezolano ponía un avión a nuestra disposición para trasladarnos de inmediato a Colombia. De común acuerdo nos negamos a hacerlo y manifestamos que correríamos la suerte del pueblo y del gobierno de esa nación, presidido por la sobresaliente figura democrática de Rómulo Betancourt. Así ocurrió.

El ofrecimiento de la oportunidad de nuestro precipitado regreso no era gratuito e irrazonable. La falsa versión de los hechos, difundida profusa e insistentemente por radio, había exacerbado la prevención anticolombiana que suscitara la inmigración masiva de compatriotas, seducidos por el deslumbrante auge del petróleo. Hacia el mediodía las cosas empezaron a aclararse y el origen de la subversión a radicarse en la ciudad de San Cristóbal, donde se había levantado su guarnición militar, al mando del general Castro León.

Es de recordar el alud de improperios radiales que alcanzó a propagarse y que estoicamente escuchamos. El respetuoso silencio y el aplauso final al discurso colombiano, en la manifestación multitudinaria, vendría a compensarnos del sinsabor y a demostrarnos el acierto de no habernos rendido a las primeras impresiones. No menos la solidaridad afectuosa de tantos buenos amigos y la actitud de los integrantes del gobierno del presidente Betancourt, en cuyos espíritus se rendía fraterno tributo a la historia grancolombiana.

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El recelo latente por nuestra nacionalidad, pese a tantos vínculos estrechos, salta a la palestra o se lo explota para distraer la atención de las preocupaciones internas. En todo caso, existe una sensibilidad especial que no conviene ignorar Y, precisamente por ella, es menester evitar prestarnos a que se atribuya a maquinaciones de este lado de la frontera la agudización de los problemas políticos de las autoridades de Venezuela.

Por supuesto, el principio de no intervención es de doble vía. Las explosiones verbales de presidente Chávez no autorizan a facilitar la sospecha de que nos entrometemos en las pugnas intestinas de esa nación soberana. El error de la desatinada proposición en contra suya aprobada por el Senado de Colombia no significa que de Estado a Estado no se mantengan cordiales y respetuosas relaciones.

De la supuesta y pintoresca incursión de ochenta mercenarios colombianos, vestidos con uniformes de fatiga aunque sin armas y calificados de paramilitares, se ha dicho que es un montaje. Todo es posible en medio de la turbulenta situación política venezolana. Pero esta interpretación, fuera cierta o no, no excusa al gobierno colombiano del deber de contribuir a su esclarecimiento ni de impedir que en nuestro suelo se fraguen o inicien torpes aventuras armadas en respuesta a su hospitalidad a nuestras guerrillas y a sus incitaciones a la revolución bolivariana.

Al temperamental, belicoso y populista presidente Chávez no es aconsejable darle pretextos. Además de que es al pueblo venezolano al que le corresponde trazarse sus destinos y ventilar sus disputas, sin intromisiones ajenas. El ex presidente Carlos Andrés Pérez puede, desde su exilio, invitar a sacarlo por la fuerza. Cuando tal incitación formula, le paga en su misma moneda y le cobra la intentona de derrocarlo. El pleito es entre venezolanos.

Desde aquí sólo cabe hacer votos por que encuentren solución civilizada y democrática a sus rudas pugnas. Por que prevalezca la auténtica voluntad popular y haya cauces propicios para manifestarla al amparo de las nociones de libertad, democracia y derecho. Por que haya recíproco respeto, por que no se quiebren las bases del ya largo proceso de integración y por que los contactos diplomáticos reemplacen la peligrosa beligerancia de los micrófonos.

abdesp@cable.net.co

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