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LA LETRA CON SANGRE...

LA LETRA CON SANGRE...

La noticia llegó a oídos de la profesora una mañana cualquiera. Maestra le dijo uno de sus alumnos en voz baja, hable con Piraña porque lo tienen sentenciado .

Piraña no tenía más de 15 años. Era delgado, rubio, de ojos verdes y cabello ondulado. Era muy noble dice su profesora, aunque en el barrio tenía fama de tropelero , y de ser muy vivo. Tal vez porque desde los 12 años trabajaba de ayudante, hasta la una o dos de la mañana, en los colectivos que transportan pasajeros de los cerros al centro de la ciudad.

La profesora habló con la familia, y a los pocos días Piraña , su mamá y las escasas pertenencias que éstos tenían, bajaron en un carro de trasteos de uno de los cerros del sur de Bogotá. Pero dos meses después el muchacho regresó a su antiguo barrio a visitar a sus amigos y se encontró con la muerte.

Un muchacho de unos 18 años , le disparó tres tiros a Piraña en una cancha de fútbol donde otros adolescentes lo entretuvieron mientras llegaba el asesino.

Y unos meses después, en la misma escuela donde Piraña había terminado su primaria, un primo suyo llegó donde la profesora con cara de felicidad.

Profe, estoy contento le dijo, por fin mataron al man que mató a mi primo .

La historia de Piraña es la de cientos de estudiantes y muchachos de zonas marginales. Allí, los muros de la escuela sólo los protegen por unas cinco horas diarias de la violencia que viven en sus hogares y en las calles, y de la que a veces ellos mismos son protagonistas. Y, últimamente, ni siquiera dentro de la escuela pueden escapar a esas condiciones. El cuatro de octubre de 1992 un estudiante de 18 años fue asesinado por las Milicias Populares en un centro de educación nocturno en el barrio Belén-Rincón. No es es único caso.

Hace dos semanas en el Instituto Nacional de Enseñanza Media, Inem, del barrio El Tunal, en el sur de Bogotá, un muchacho murió al dispararse una pistola que otro alumno llevaba en el morral, junto con los libros y cuadernos. El arma pertenecía a un adolescente de 15 años, cuyo paradero se desconoce.

Para el rector de ese centro, Edilberto Castellanos, el portador del arma era un joven común y corriente, igual a los demás estudiantes.

Según el rector, no existe ningún antecedente de porte de armas dentro del establecimiento. Un alumno del Inem, sin embargo, afirma que aquí se mueven armas a la lata; lo que pasa es que las llevan encaletadas . Hay mucho man que carga patecabra (navaja) .

Este adolescente justifica el uso de las armas como medio de autodefensa ante las pandillas que rondan en los alrededores del colegio y que hace una semana apuñalaron por la espalda a un alumno. Aquí los atracos son a diario. Son pandillas de muchachos de 15 a 20 años. Algunos andan con revólver. Y en el colegio también hay muchachos que pertenecen a parches duros .

Libros y patecabra Las escuelas de estos sectores no son impermeables al medio. En opinión de Mireya Valdés, docente e investigadora de este fenómeno, en la escuela se reproducen las violencias externas, alimentadas por el sistema vertical de autoridad, que ejerce la mayoría de profesores . Para ella, que ha desempeñado once de sus doce años de docencia en sectores considerados críticos, la violencia comienza en el hogar. Los más violentados en sus derechos son, generalmente, los más violentos .

Hemos visto las planchas calientes dibujadas sobre la piel de los niños dice la investigadora, sus cabezas abiertas de un golpe y las heridas causadas con cables o cinturones mojados sobre las espaldas .

Fuera de su hogar, la situación no es muy diferente. A partir de los seis o siete años los menores ingresan a la economía del rebusque . Los niños necesitan una alta dosis de agresividad para defenderse de los adultos en las colas del cocinol, o para que no les roben lo que han ganado trabajando o pidiendo .

Antes de aprender a leer, muchos de estos niños aprenden a sobrevivir en la calle, conocen sus códigos y sus normas, han trabajado en la rusa , en las ventas ambulantes, en los colectivos, en los paraderos limpiando buses y en pequeños locales, de celadores.

Un funcionario de la Secretaría de Educación, que pidió no ser identificado, dice que los muchachos comienzan a ejercer algunas formas de rebusque dentro de los centros educativos. En algunas escuelas de Ciudad Bolívar dice hay muchachos que les cobran a sus compañeros veinte pesos diarios por protegerlos y se han dado varios casos de muchachos heridos a puñal por sus propios compañeros .

Según él, los programas oficiales para combatir este fenómeno son muy precarios e inconsistentes . Para Bárbara García, coordinadora de los Núcleos de Educación Familiar, de la Secretaría de Educación, no existen políticas oficiales encaminadas a combatir el fenómeno de la violencia en los escolares de zonas marginales. La Secretaría dice tiene otros problemas como la falta de recursos y la situación laboral de los profesores .

Los Núcleos de Educación Familiar funcionan sólo en el suroriente de Bogotá y en ellos están inscritos unos cuatro mil de los casi treinta mil padres de familia que existen en esa zona. Trabajan con las uñas: el presupuesto para este año es de 800 mil pesos. Los programas oficiales no se ven en estas escuelas, dice Armando Ramírez, docente de un colegio del barrio La Flora e investigador del fenómeno de violencia en los jóvenes. Los intentos de buscar alternativas pedagógicas son a nivel individual. La mayor parte de los profesores no tienen expectativas intelectuales y utilizan el regaño como discurso pedagógico .

Las difíciles condiciones que afrontan los muchachos de La Flora, Juan Rey, Nueva Esperanza y otros barrios del sector se observa en las casas a medio terminar que se levantan muy cerca de los picos cubiertos de neblina, y en las calles de tierra negra, recubiertas con cascajo, sobre el que corren las aguas negras, y que son recorridas por hombres y mujeres de piel sonrosada, agrietada por el viento frío que baja de la montaña.

Por esas mismas calles los profesores han visto pasar a sus antiguas alumnas llorando, con tres chinos y un tipo borracho dándoles patadas . Este año, en un colegio de La Flora, han resultado embarazadas cuatro alumnas entre los 14 y 17 años. Algunas niñas dice una maestra se hacen novias de los jefes de pandillas para sentirse protegidas . En esas mismas calles se oye hablar de encapuchados que dice una profesora del sector han matado a cuatro muchachos entre 17 y 20 años desde octubre del año pasado. En otros colegios de esa zona los profesores han sorprendido a dos alumnos, de unos 15 años, armados en clase con el revólver del papá. Historias similares se escuchan entre los alumnos de varios colegios de San Francisco, Juan Pablo II y Jerusalem, en Ciudad Bolívar.

Allí, la realidad que viven sus alumnos golpea todos los días a los profesores: Nosotros le dijo un niño a su maestro nos vamos a bajar (robar) zapatillas a la ciclovía. No ve profe que a ellos se las compran al otro día y a mí me duran seis meses? . Rambos de cinco años La proliferación de pandillas en estos barrios son otro ingrediente de violencia que se refleja en las escuelas. Los muchachos dice Mireya Valdés se meten en los parches para sobrevivir, y en estos, para hacerse a un prestigio, deben probar que son machos . De aquí a la delincuencia hay sólo un paso .

Los pelaos de las pandillas dice un estudiante de Ciudad Bolívar se portan bien dentro del colegio, pero cuando salen son otros. Yo estudié con un muchacho que era apartamentero por las tardes y otro que salía de clase y se iba al centro a vender basuco. Y cuando uno es sano se la montan, le dicen que busque las faldas de la mamá o que aprenda a ser varón .

Es tal vez por esto que la mayor parte de las personas con los cuales habló el cronista piden que no se mencione su nombre. Es que yo camino mucho por esos lados dijo un profesor y podría ser peligroso . Muchos de los profesores, generalmente los que sólo se limitan a dictar su clase sin estudiar posibles salidas, quieren abandonar la zona lo más pronto posible. De unos 1.500 profesores que hay en Ciudad Bolívar, casi la tercera parte pide traslado al finalizar el año. En opinión de un maestro, los modelos que imponen los medios de comunicación también tienen mucho que ver con la agresividad de los estudiantes. En mi salón dice todos quieren ser Rambos. Y he visto a niños de cinco años que hacen berrinche porque no les compran un vestido camuflado .

Pero no se puede generalizar. En un salón de octavo grado, en el barrio Juan Rey, se les preguntó a unos 25 niños a quién admiran. En las respuestas aparece Jesús, mi mamá , Asprilla, Rigoberta Menchú, Jean Claude Van Damme, Proyecto M, Sor Teresa de Calcuta, Hitler y Pablo Escobar, entre otros.

La mayor parte de ellos dijeron conocer pandilleros y sentirse afectados por la violencia de sus barrios.

En estos sectores las historias se cuentan por montones, como la de un profesor que lo atracaron en el centro y en una reunión de padres de familia reconoció al ladrón y éste le pidió disculpas; una profesora que ojeando un periódico amarillista vio a uno de sus alumnos en una foto de atracadores capturados por la policía; una profesora de preescolar que sorprendió a un alumno de seis años armado con un chuzo fabricado por el papá para que no se la monten ; una niña que recuperó el reloj que un tío suyo le había robado al profesor; una estudiante del barrio Quirigua que contrató a un tipo con fama de matón para que chuzara en las piernas a un compañero de clase... la lista es casi interminable.

Los problemas parecen una avalancha, y no han sepultado por completo a estudiantes y docentes debido a la silenciosa y casi titánica labor que desarrollan algunos profesores, quienes, sin apoyo estatal, se inventan carnavales, talleres de pintura, teatro y danza y otros mecanismos para generar nuevos espacios de convivencia.

Mientras, historias como las de Piraña y su familia se siguen repitiendo en las calles, en las esquinas y en las escuelas. Otro amigo de Piraña ya se retiró de estudiar y trabaja de ayudante en una zapatería de la Plaza España, en uno de los sectores bravos de Bogotá. El y otros pelaos le prometieron a su maestra, durante el velorio de Piraña , que se iban a cuidar, porque no valía perder la vida por tres pesos . Pero ella todavía teme que un día llegue uno de los pelaos y le anuncie, como es su costumbre: Oiga profe, le tengo una noticia bien fea... .

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