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EL RETO DEL CUSIANA

EL RETO DEL CUSIANA

La anunciada bonanza petrolera del Cusiana ha producido reacciones que van desde el eufórico optimismo tropical que solo ve ríos de miel y leche, hasta el extremo catastrofista que presagia el hundimiento de la economía nacional en un negro mar de petróleo. Pero vamos por partes. En el campo del tropicalismo, vale la pena apaciguar desde ahora los delirios de grandeza y no ilusionarnos con que Colombia se ha convertido en una superpotencia petrolera. No hay que ir al Medio Oriente para saber que no es así. Basta compararnos con países vecinos que sí lo son.

Con los nuevos yacimientos del Cusiana, las reservas probadas de Colombia ascienden a cerca de 5 mil millones de barriles. Las reservas de Venezuela pasan de 60 mil millones de barriles y las de México de 50 mil millones. Colombia produce 460.000 barriles diarios y exporta un poco más de 200.000. La producción y exportación venezolanas son de 1.700.000 y 1.200.000 respectivamente, mientras que las de México llegan a 1.200.000 producidos y 800.000 exportados cada día. Estamos, pues, todavía en las ligas menores. Y en el desarrollo de una auténtica infraestructura petrolera nos llevan años luz. Tienen completísimas industrias petroquímicas mientras Colombia importa gasolina. Una increíble paradoja para un país exportador de petróleo. Y costosa: 400 millones de dólares al año gastamos por ese concepto. Casi una tercera parte de lo que nos entra por la exportación de crudo. No me pregunten por qué no se ha construido otra refinería. Los argumentos que se escuchan son casi macondianos: celos regionales; incapacidad para escoger el sitio ideal; temor a ataques aéreos, etc. Lo cierto hoy es que Colombia sigue teniendo que reimportar como producto refinado lo que exporta como crudo. Es de esperar que la proyectada ampliación de la refinería de Barranca alivie esta absurda situación. Más vale tarde que nunca.

Pero volviendo al Cusiana, que pasado mañana entra en su fase productiva, la gran pregunta para muchos la preocupante incógnita es cómo se va a manejar la cantidad de dinero que le comenzará a entrar al país. Se estima que antes de cuatro años los ingresos por exportación de petróleo podrían acercarse a los 4.000 millones de dólares. Más de la mitad de lo que recibe por todas sus exportaciones. Aquí, en lugar del tropicalismo delirante, conviene más una dosis de sano pesimismo. Entendido, claro, como el optimismo bien informado. Las bonanzas petroleras son difíciles de manejar y suelen dejar nocivos efectos en el terreno de la inflación o la corrupción. Para no hablar de otros impactos indirectos en lo social o cultural. Venezuela es un cercano ejemplo de las distorsiones que puede producir la opulencia petrolera. La crisis económica, política y social que hoy vive ese país proviene en gran medida de su excesiva dependencia de un producto que ya no le garantiza el nivel de vida a que estaba acostumbrado. En México, la bonanza del oro negro generó impresionantes fenómenos de despilfarro y corrupción estatal. Países como Nigeria o Indonesia tampoco supieron manejar sus bonanzas petroleras. Mientras menos desarrollado sea un país, más se siente el nuevorriquismo que produce la aparición del codiciado combustible. Pero hay que aprender a evitar sus efectos nocivos y a asimilar las experiencias de otros países. Y también las propias. Analizar, por ejemplo, lo que generó la bonanza de Caño Limón en una Arauca que despilfarró centenares de millones (fuera de lo que se robaron los pillos locales) en velódromos, monumentos al toro y piscinas de olas, en un departamento donde campea el ELN y escasean las carreteras o los hospitales. El Estado, en fin, debe tomar todas las precauciones para que el llamdo pozo de la dicha del Cusiana no se convierte en un pantano de problemas. Para que la economía del país no termine petrolizada del todo. Para que los nuevos ingresos no estimulen la inflación, ni generen una revaluación excesiva del peso, ni se destinen a gastos de funcionamiento, a obras fastuosas o a la importación masiva de toda clase de bienes suntuarios. Para que las presiones políticas y regionales no acaben por clientelizar esta riqueza. O para que tampoco se convierta en una nueva fuente de financiación del cura Pérez y sus muchachos del ELN. El Estado, como ha dicho el economista Jorge Luis Garay, tiene el enorme desafío de manejar creativamente y con cautela estos recursos. De lo contrario, el monto de estos ingresos (cerca de 13.000 millones en los próximos siete años) puede causar problemas estructurales perdurables a la ecomomía del país. La obligación es invertir la bonanza en lugar de consumirla en gastos improductivos.

Creación de un fondo en el exterior para gastar estos recursos poco a poco; inversión social en salud y educación; desarrollo de la infraestructura vial; proyectos de conservación ambiental; rescate del campo; termoeléctricas e hidroeléctricas, son alguans de las propuestas que más se escuchan sobre la destinación que debe dársele al dinero del Cusiana. Todo esto es posible. Lo único que no se puede permitir, lo imperdonable, sería desaprovechar y malgastar esta singular oportunidad de progreso y desarrollo que se le presenta al país. Increíble que fuéramos tan brutos e incapaces.

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