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CABALLERO E INTELECTUAL

CABALLERO E INTELECTUAL

No hay una imagen más precisa que la del hombre encerrado en su torre de marfil, para describir la vida que llevaba C. S. Lewis en Oxford hacia 1950. Ensayista, novelista, autor de libros para niños, Lewis era por esta época un admirado, austero, orgulloso y feliz profesor en Oxford, que da tanto valor a la palabra como a la magia que ella describe. En Tierra de sombras, la disputa entre conocimiento y experiencia interroga la vida del propio Lewis (Anthony Hopkins). Es posible escribir sobre lo que no se ha vivido? Al tiempo que la pregunta se va planteando al espectador, en el medio académico se expresa la supremacía del intelecto. Entre experiencia e intelecto, los libros aparecen entonces como el elemento que articula los dos mundos. Y la conclusión, leemos para saber que no estamos solos , llega como una frágil tabla de salvación en el embravecido mar de esta disputa: síntesis entre emoción e intelecto.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
12 de junio 1994 , 12:00 a. m.

Como quiera que sea, C. S. Lewis era un hombre que, con su recto carácter, argumentación sólida e inteligente y enorme sensatez, se sentía inmensamente cómodo en la cátedra de Oxford. Era de un carácter vigoroso y fácilmente pasaba de la clase a la conferencia y de esta al refectorio del campus, y lo hacía con igual gracia crítica y suspicaz moral estoica. Un hombre encantador, sin duda, dueño de sí mismo y de su mundo. Un hombre que habiendo eludido el matrimonio, predicaba la intrigante perfección del amor, y que intuía el amor apasionado unido en forma inextricable al sufrimiento. Lo que nos impulsa hacia los otros es el sufrimiento , solía afirmar. Y aunque C. S. Lewis no eludía en sus clases el tema amoroso, no le daba a este más que una significación puramente ideal. El verdadero amor se le oía decir en clase , el amor perfecto es aquel que es inalcanzable .

Richard Attenborough, director de la película, presenta con estos trazos generales a este pecular intelectual y, a la vez, típico caballero británico. Luego vendrá el vehemente desarrollo del argumento que va enlazando las dificultades recíprocas que relacionan conocimiento y experiencia, al tiempo que se dibuja un retrato, sobrio, elegante, atento, emotivo y delicado del autor de El León, la bruja y el guardarropa.

Dolor y felicidad Pocas películas en su título como Tierra de sombras pueden ofrecer tantas posibilidades de penetrar en la imagen del mundo subyacente en la historia relatada: es un indicio acerca del mito de la caverna de Platón. Allí solo vemos la sombra de las cosas, pues su esencia nos es inalcanzable; lejos, en otro lugar, brilla la luz del conocimiento.

Pero, cómo llega a esta convicción Lewis, quien solo tardíamente se convierte en un autor agnóstico? La forma como su fe se transforma en puro escepticismo es precisamente el tema que desarrolla la película de Attenborough, que no reclama para sí ninguna otra virtud más que la de servir de ilustración de este tránsito en la vida del autor inglés.

Abstraído en un desbordante amor por la madre, a quien había perdido a los nuevos años, Lewis se hizo durante su vida reticente ante el sentimiento amoroso, aislamiento en el que encuentra un impulso religioso que convierte en sobrias prédicas de fe cristiana. Sin embargo, en 1952, cuando recibe una carta de una escritora americana, fiel lectora de su obra, quien quiere conocerlo, aún no comprende que se prepara un cambio radical en su existencia. Aunque francos y amistosos, los encuentros entre el autor británico y la poeta norteamericana Joy Greshman (Debra Winer), Lewis jamás dejará de comportarse ante ella como un hombre reservado, inhibido y siempre sorprendido. De Lewis podía decirse lo que un personaje de Henry James opinaba sobre los ingleses: todos ellos pagan con su timidez, su paso por la vida sacrificando pequeños trozos de sí mismos. Aquí quizá la imagen de Lewis como hombre sobrepuja la del pensador y escritor. Alguien que a partir de su encuentro con una mujer, comprenderá no ya de una manera teórica los hechos de la vida, puesto que ellos fueron transformados en un torrente de sentimientos que lanzan al autor de La imagen del mundo a un confuso mar de sensaciones, cuya profundidad desconocía. Alguien a quien se le abre un mundo nuevo a través del sentimiento amoroso y ante el cual su resistencia no admitió por mucho tiempo tantas defensas. Alguien, en fin, que comprendió junto a la mujer que amó, que el dolor es parte de la felicidad de ayer , pero también que la felicidad de hoy es parte del dolor de ayer.

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