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LA URGENCIA DE LOS TRANQUILIZANTES

LA URGENCIA DE LOS TRANQUILIZANTES

Que cinco millones de colombianos sean adictos a los tranquilizantes es una novedad que no sorprende, si se tiene en cuenta la situación de violencia, inestabilidad y angustia que vive la sociedad nuestra. Por lo menos esa es la conclusión que uno saca después de leer el libro Las subculturas del narcotráfico, escrito por Alfonso Salazar y Ana María Jaramillo dentro de la colección Sociedad y conflicto y publicado por el Cinep.

En esta obra se analiza el ethos sociocultural antioqueño; el trabajo material como regenerador de las costumbres y como vía para el enriquecimiento individual y la riqueza colectiva; la familia como paradigma del orden social y como espacio para inculcar hábitos morales.

Los autores --periodistas y sociólogos-- hacen un recuento del desenvolvimiento de la sociedad antioqueña a partir de los 50 cuando se producen las grandes migraciones de la provincia hacia Medellín, ya no de elites provincianas sino de pobladores pobres que comenzaron a ocupar espacios marginales. Como consecuencia de esta invasión y de la instauración de barrios piratas se formaron dos ciudades paralelas y opuestas en posibilidades y hábitos.

La encrucijada en que se debate Medellín, entonces, arranca de una fuerte recesión económica, del incremento de la economía informal, de la pérdida de autoridad de la Iglesia católica, de los partidos tradicionales y del sindicalismo patronal en los barrios. O sea que entraba en crisis el modelo de la antioqueñidad , que comportaba un marco tradicional de la familia unida, los descuajadores de montaña, héroes de tres colonizaciones, la del café, la de la minería y la del Magdalena Medio; gentes con profundo espíritu religioso, emprendedoras, machistas, guapas y controvertidas.

Hay un seguimiento de la formación de las bandas de la raza pionera que, según los autores, llegan a 153 en el Valle de Aburrá, de las cuales solo un 30 porciento parece tener nexos claros con el narcotráfico , según Salazar y Jaramillo; o sea que el resto funciona con asaltos a entidades comerciales, secuestros y robo de carros. Estas bandas de sicarios estarían integradas por 3.000 jóvenes entre los 12 y los 17 años.

Afirman los autores que entre enero y junio de 1990 Medellín vivió los seis meses más duros de su historia , con 40 masacres. Pero es que al leer detenidamente este libro, al dar alaridos por las cifras que presentan los autores, uno se está mirando no solo en el espejo de la sociedad antioqueña, sino, en cierta medida, en el de la patria. La violencia no es genética sino el producto de un proceso social específico.

Se analiza el patrón de la sociedad machista que siguen los jóvenes: el traqueto, el sicario, el camaján, que solo persiguen el vellocino de oro. Para ser alguien se necesita ser o rico o peligroso. La ausencia de una ética como sentido de la vida y de la relación social se ha hecho evidente , afirman Salazar y Jaramillo.

Lo curioso es que el francés Carlos Saffray describía ya en 1860 al antioqueño: El término único de comparación es el dinero: si un hombre se enriquece por la usura u otros medios por el estilo, se dice de él: es muy ingenioso. Si debe su fortuna a las estafas o a las trampas de juego, solo le dicen: sabe mucho. Pero si piden informe sobre una persona que nada tenga que echarse en cara sobre este punto, contéstase invariablemente: es buen sujeto, pero muy pobre .

Pero no es solo el extranjero quien percibe así a la sociedad paisa. El nadaísta Gonzalo Arango, de raigambre antioqueña, dice de su ciudad en Medellín a solas contigo: Eres endemoniadamente astuta para conservar la vigencia de tus estúpidas tradiciones. No admites cambios en tu poderosa alma encementada. Si te apasiona la pasión del dinero y aforar bultos de cosas para colmar con sus mercancías los supermercados... esto no estaría mal si con tus excesos y tus delirios te acordaras de que tienes alma .

Y es que el mito paisa comporta trabajo, tenacidad, familia, religión. A propósito del mundo religioso dicen los autores: Esa esquizofrenia entre lo religioso y las prácticas de la vida es la que explica la pervivencia de la tradición católica asociada a la violencia en el caso del narcotráfico y las bandas juveniles. Lo religioso ocupa la función de talismán; de algo que protege pero que está totalmente distanciado de un compromiso de vida .

Sobre la madre y el macho, los autores recuerdan los adagios populares la mujer manda de puertas pa dentro y el hombre de puertas para afuera , la calle es de los hombres y la casa de las mujeres . Estos aforismos me recuerdan uno mexicano que sacó a colación Antonieta Figueroa, esposa del cineasta Gabriel Figueroa, en charla en su casa de Coyoacán: La mujer es como la escopeta: hay que tenerla cargada y detrás de la puerta .

Valioso documento escrito este de Alfonso Salazar y Ana María Jaramillo, que seguramente dará para análisis profundos y amplios de sicólogos, sociólogos, etnólogos, pensadores, administradores y políticos. Y que debiera ser aprovechado para diseñar políticas serias, adecuadas para conjurar esta plaga de la violencia que tiene a cinco millones de colombianos sumidos en el mar de los tranquilizantes, como único escape inmediato.

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