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NOCHES DE PORRO

NOCHES DE PORRO

Desde temprano, mi abuelo Goyo empezó a buscar pareja en el tumulto de la fiesta. El quería demostrar que sabía bailar el Porro Pelayero , así como lo bailaban los viejos de Cacaotal. De pronto, en medio de mesas de fritos, carritos de guarapo, vendedores de pirulíes y juegos de ruletas, se dio de boca con María Tapia, más conocida como María Varilla, la mejor bailadora de porro de que se tenga noticia en San Pelayo y sus alrededores. La fama le venía desde niña cuando dejaba a la gente con la boca abierta, admirada por su movimiento de cintura. Aquel día se encontraron esos dos bailadores en la rueda del fandango. Estaba tocando la banda 19 de Marzo de Laguneta y estrenaba el porro Río Sinú, como palitiao, y Luna de Mocarí, como porro tapao. Cuando entró esa pareja al ruedo del fandango, los demás bailadores retrocedieron y los dejaron solos. María Varilla empezó a mover la cadera y la pollera se le movía como quien espanta mosquitos; y al Goyo, la cintura le galopaba en un caba

Rafael Eduardo Sáenz, el bombardinero de la banda, ya estaba en el currucuteo, ya su bombardino de oro tejía un encaje de armonía por encima de los clarinetes. Esto lo aprovechó el viejo Goyo para azuzar los perros de su cintura, y lo que vimos esa noche fue un movimiento de palote sancochero atizando los fogones del fandango.

María supo entonces que su parejo no era cosa común. Movía el esqueleto más que su difunto marido, el chino Varilla. Era algo muy especial. Entonces ella hizo un movimiento brusco y se le fue de frente y el hombre le sacó un trapazo como manteando un toro. Enseguida desató los nudos de su cintura, aflojó las caderas, encrespó sus pechos y así esperó que su parejo le pusiera en las manos un paquete entero de velas encendidas. El compae Goyo sacó del bolsillo un pañuelo rabo e gallo de seda que le habían traído de Panamá y le amarró las velas. Esto la hizo relamerse de gusto. Como respuesta hizo un giro violento con su cabeza y sus cabellos como una mano abierta abofetearon la cara del hombre. La gente alrededor gritaba, aplaudía, se reía.

Se enfrentó de nuevo y se acercó con un movimiento provocador de hombros y de senos que querían salirse de su corpiño como dos piquitos de paloma. El Goyo le respondió con un arrastrón de brazos, así como los gallos viejos arrastran las alas detrás de las pollonas. Guapirrió, pegó un salto, se quitó el sombrero, se agachó y le limpió un camino imaginario para que sus pasos no se tropezaran. La mujer, que parecía bailar en el aire, se le quedó mirando la cintura, sus ojos resbalaron y se clavaron en la bragueta. Ya no los pudo apartar de ahí. Era el embrujo del porro, el torbellino del fandango, el bambuqueo del ritmo que la tenían alucinada. Ni una palabra dijo. La mujer fue del hombre porque así lo quiso el fandango. Porque en los movimientos de la danza el hombre habla con los gestos, tejiendo la red con la telaraña de sus movimientos. Y es que el porro es eso: una declaración de amor y una conquista.

Memoria colectiva Encuentros de bailadores como el anterior los volveremos a ver el 2 de julio a partir de la 5 de la mañana cuando retumben los clarinetes, el bombo y los bombardinos, en San Pelayo, un pueblo oloroso a flor de amor, en la orilla derecha del río Sinú. Los huesos de los difuntos Alejandro Ramírez, Pablo Garcés y Primo Paternina, viejos músicos llegados a San Pelayo a comienzos de siglo, se moverán en sus tumbas esa madrugada cuando la Gran Banda, integrada por más de trescientos músicos llegados de toda Colombia, interprete los legendarios porros: María VarillaSoy pelayero, La mona Carolina, EL pájaro, El binde, El ratón y El sapo viejo. Este es el momento en que a los adoradores del porro se les escurren las lágrimas de la emoción.

Desde hace 17 años, para el veranillo de San Juan Pelayo, nuestros campesinos-músicos guardan sus machetes y sus calabazos, para desempolvar las trompetas, los clarinetes, bombardinos, trombones, bombos, cajas y platillos, y a decirle al mundo que el Porro Pelayero está vivo, actuante y vigoroso. Viejos, como el abuelo Goyo, cuentan que todo comenzó cuando un grupo de quijotes, entre los que estaban Guillermo Valencia Salgado, William Fortich Díaz, Bladimiro Angulo, Franzo Espitia Junco y el Kiko Mausa, en vista del fracaso del Festival del Río en Montería, decidieron en una fiesta de corraleja en San Pelayo poner a piqueriar las cuatro bandas que amenizan los actos de este año.

Mira, mijo decía el abuelo, nosotros nos bajamos del palco después de que mantearon el último toro y reunimos las bandas que tocaron ese día, en la casa de Lango Angulo. Eso llovía Ron Blanco por todas partes; con decirte que hasta una emisora transmitió la vaina. Ahí amanecimos. La banda ganadora era la que más aguantara, la que estuviera rodeada del mayor número de personas. A las 8 de la mañana se acabó la piqueria porque a las bandas se les caían los músicos del sueño y de la borrachera. Hubo una que apenas le quedó el bombo y los platillos y los malditos tocaban dormidos, para no perder .

Estimulados por esta parranda, años más tarde se organizó en firme el Primer Festival del Porro, para conmemorar los doscientos años de la fundación de San Pelayo, el 26 de junio de 1977. Colaboraron con mucho entusiasmo los jóvenes pelayeros y el sacerdote Telmo Padilla. Se invitó a pocas bandas y al final llegaron nueve: La Banda Bajera , la A Número Cuatro , la 26 de Junio , la Banda de Ayapel , la Banda Aires de la Madera , la de Colomboy , la Ecos de la Candelaria , la Número Uno de Manguelito y la 19 de Marzo de Laguneta . Ganó esta última.

Cuenta William Fortich que esa primera madrugada, después de que las bandas recorrieron el poblado y se reunieron en la plaza principal, el Chucho Hernández gritó: Vamos a reunir todas las bandas para que toquen unos porros al mismo tiempo . Así se hizo, y aunque aquello era un sancocho musical, dio origen al Alba, acto inicial de todos los festivales. Los ritmos que se interpretaron y que se continúan interpretando fueron porros, fandangos, puyas y mapalés.

El Festival se creó para rescatar el porro, que ante la avalancha de música foránea y el desapego de algunos programadores de radio por nuestra música, ya estaba desapareciendo y olvidando de la memoria colectiva. Por eso se creó el Festival, para ir en su auxilio, sacarlo de su marasmo, volverlo a conformar, así como lo hicieron los abuelos y ya con una presencia renovada y digna entregársela a la juventud y motivar a las empresas disqueras para su divulgación. Yo creo continuó el abuelo que se deben invitar orquestas como principales intérpretes del porro. Este aire musical, tenemos que reconocerlo, no se rescata a través de las bandas. El porro de banda no es comercial. En cambio, la orquesta toma esa música, la evoluciona, la moderniza y la divulga. O actualicemos las bandas. Ahí están los últimos discos de la Juvenil de Chochó , la Superbanda de Colomboy y La 19 de Marzo , interpretando merecumbés, porros y gaitas como la orquesta de Lucho Bermúdez .

Origen del porro Debido al tráfico de esclavos desde Africa, estos trajeron su cultura a América. Trajeron sus cultos: el vudú, la santería y otros, los cuales por allá en el siglo 19, especialmente en Cuba, comienzan a generar ritmos, danzas, tonadas y comparsas. De estos ritmos viejos eran la Calenda y la Yuka, de la época de la esclavitud. Estos ritos africanos se irán a transformar poco a poco, enriqueciendo así el cancionero latinoamericano. La cultura africana influyó en la formación de nuestros ritmos negros como el bullerengue, el baile macho, el mapalé y el fandango cantado.

Posteriormente, de Cuba llegaron a Colombia unos expertos cultivadores de caña, entre quienes venían unos que sabían música. En San Antero (Córdoba), fundaron una escuela a donde asistieron jóvenes llevados por sus padres. De aquí nacen los futuros músicos pelayeros. Los viejos mulatos y mestizos, artistas espontáneos del tambor y de la gaita, cuentan que el porro es un ritmo muy antiguo y que lo vieron tocar con tambores y guaches acompañado de palmadas y que los cantadores se tiraban versos en son de piqueria, así como también interpretado por conjuntos de gaitas (pito largo cabeza cera) y pitos atravesados.

El porro, pues, no se origina en las bandas de viento. Viene de los tocadores de gaitas. Por eso, el abuelo afirma que el porro no es pelayero. El porro es costeño. Se da en toda la Costa, lo que pasa es que va cambiando según la interpretación de cada región. En el caso de Córdoba, el porro no tiene letra. Es instrumental. Y esto es así porque las bandas amenizan las fiestas al aire libre, como carreras de caballo, fandangos, corralejas, y la voz de un cantante no se oirá jamás a 50 metros, y, además, no puede competir con el sonido de un bombardino.

La invención de porro palitiao es totalmente pelayera. Esta palabra fue usada por primera vez en una conferencia dictada por el doctor Guillermo Valencia Salgado y el Kiko Mausa en Bogotá. Es una forma simbólica para que los jóvenes vean la diferencia entre un porro sabanero que es tapao y un porro pelayero que es palitiao. En el porro palitiao el hombre del bombo deja de golpear con la porra, para palitiar con el mango de la porra en uno de los bordes del bombo, para que pueda oírse con toda claridad el concierto de clarinetes. En el tapao no ocurre esto.

El porro tiene varias partes muy bien definidas: un danzón inicial que recuerda los bailes cortesanos de la vieja España; una segunda parte o diálogo, donde las trompetas preguntan y clarinetes y bombardino responden. En esta parte, el bombo impone el ritmo africano que lo y lo domina; una tercera parte o nexo preparatorio, que desemboca en la parte final o bozá, donde se decanta el porro. Es la parte más sabrosa. Es el recital de los clarinetes que nos recuerda el añorante canto de las gaitas indígenas. Es así como entran en el porro el español, el africano y el americano indígena. Otro aire colombiano no tiene tan equilibrados los elementos raciales de nuestra cultura.

Bandas pelayeras Hablando de los orígenes de las bandas en la Costa Atlántica, dicen los viejos que estas agrupaciones son culturalmente europeas o inicialmente solo interpretaban música española, como pasodobles, mazurcas, valses e himnos marciales. Estas bandas llegaron a Cartagena a amenizar las fiestas de la nobleza española. Se supone que la presencia de ellas era una moda. Entonces todos los pueblos importantes de la Costa querían tener bandas. Además, según estudiosos pelayeros, a un músico empírico que tocara pito largo o atravesao no le era difícil hacer el tránsito hacia los clarinetes, a través de un corto aprendizaje. Lo mismo sucedió con el tamborero, que aprendió fácilmente a tocar el bombo, y el tocador de guaches y maracas, a utilizar los platillos.

Después, estas bandas van a ser solicitadas para amenizar fiestas de corralejas. Y muchas de ellas subían a los palcos llevando sus atriles y partituras ya que algunos de ellos sabían leer el pentagrama. Luego, se radicaron en toda la Costa. Han perdido vigencia en algunos departamentos, pero en Córdoba y Sucre han persistido por la costumbre popular de hacer sus fiestas al aire libre. Cinco tardes de toros con sus respectivas recepciones por la mañana y el fandango por la noche hasta amanecer es trabajo para hombres acostumbrados a las actividades fuertes. Por eso, nuestros campesinos, con grandes sacrificios, se apropiaron de las bandas. Miguel Emiro Naranjo dice que los mejores músicos que él tiene son los de rasgos indígenas. Por algo será.

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