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MENSAJES DE IMPOTENCIA

MENSAJES DE IMPOTENCIA

La información que los medios de comunicación difunden sobre el problema de las drogas es bastante estereotipada. Los contenidos son casi siempre los mismos: aspectos delictivos o de defensa institucional y relatos dramáticos sobre casos particulares que buscan conmover al espectador, sin ofrecer mayores elementos críticos. Quedan privilegiados bien el Estado o las instituciones vigilantes responsables de controlar el miedo ciudadano, o los traficantes y drogadictos como actores perversos de la escena. Rasgos pertinentes para el rodaje de una película de vaqueros. Como en todo tipo de narración que polariza la lucha entre el bien y el mal, el mensaje perdedor es aquel que se refiere al contexto, al universo social y cultural, mutilado para acceder a la lógica simplista de la guerra.

La noticia sobre la droga se configura como la típica chiva, en cuyo manejo el quehacer periodístico se muestra fuertemente estereotipado. Fijación que delata la existencia de ciertas estructuras que gobiernan la comprensión y presentación de los acontecimientos informativos. Reconstruyamos la secuencia: en primer lugar, el periodista detecta síntomas de inquietud social ante la droga. Acto seguido, para satisfacer esta inquietud, construye un relato gráfico y comprensible, con pocos signos, que transita un contenido con impacto y fuerza. Dentro de este relato elige como actores al desviado drogadicto o traficante y a un orden institucional que es retado en su estabilidad y capacidad de respuesta. De este enfrentamiento se excluye por lo general la problemática social y cultural que, en el mejor de los casos, aparece como un chivo expiatorio abstracto y despersonalizado. Finalmente, y para rematar, deja latente un llamado voluntarista a la solidaridad, o una denuncia de la insolidaridad y corrupción ciudadanas.

Estas imágenes y discurso, que conceden gran protagonismo al desviado y, por el otro lado, al funcionario tienden a legitimar una actitud represiva frente a la cual el ciudadano permanece a la expectativa. La solución depende del fortalecimiento institucional y de la efectividad del aparato policivo. Sueño autoritario acompañado por una información orientada a cumplir una función puramente ritual, sin presentar alternativas para enfrentar el problema en la vida práctica. Antes que favorecerla, los mensajes se bloquean en realidad la participación ciudadana. Simplificación peligrosa Al tratar esta problemática, los medios revelan un grave proceso de desinformación que se inicia en las propias fuentes que facilitan las noticias y se consuma en el proceso periodístico. Al analizar el fenómeno, queda claro que se torna noticia aquel suceso que convoca el miedo colectivo, despreciándose información que no alimente la corriente de este imaginario social. Comprensible entonces que la información se centre en aquellos aspectos que convocan el horror. Droga es asimilada a delincuencia e inseguridad ciudadana. Los aspectos sicológicos y culturales quedan eclipsados. Atentado, asalto, masacre, mafia, tiroteo, sobredosis, muerte son los contenidos que se evocan.

Esta distorsión tiene que ver también con las fuentes de información. La mayoría de las noticias sobre droga se configuran desde dos fuentes: los organismos de seguridad, o los funcionarios de la rama ejecutiva. Finalmente una intención homegenizadora que quiere hacer llegar de manera simple realidades complejas a un público cada vez más heterogéneo termina dando un barniz definitivo a la producción de una noticia estereotipada. El aparato para la conformación de conciencias que constituyen los medios queda de esta manera casado, desde sus raíces, con la deformación de la realidad. La capacidad crítica, tanto del comunicador como del espectador, desaparecen en medio de esta espectacularidad.

Las imágenes sociales transmitidas por los medios son las que terminan orientando la toma de decisiones, tanto del ciudadano raso como del alto funcionario. De ellas depende la alternativa que se ofrezca al productor, traficante o consumidor, o la censura que caiga sobre ellos. Ellas condicionan la presencia de actitudes solidarias como la represión erradicación, o la comprensión multicausal del problema.

Lo que encontramos, desde la imagen estereotipada que polariza la lucha entre el bien y el mal, es la percepción del problema desde un modelo voluntarista, donde los agentes involucrados en la situación son directamente responsabilizados por su mala conducta, sin atender a los factores desencadenantes del contexto. Los mensajes no se preocupan por crear una conciencia crítica, dejando a un lado la información para conmover y buscar inmediata solidaridad. Genérase así un tipo de percepción social que mitifica el problema y lo tiñe de connotaciones morales que en definitiva sirven para reafirmar prejuicios e impedir la reflexión.

Situación preocupante, si tenemos en cuenta que para la mayoría de los ciudadanos, incluidos los usuarios de drogas, estas se delimitan, definen y causan efectos según lo deciden los medios, siendo a la vez esta seudoinformación la fuente de mayores equívocos. Fetichismo de la sustancia Los medios perpetúan lo que podemos llamar el fetichismo de la sustancia , a la cabeza del cual se colocan los mensajes sobre la heroína. Es la sustancia por si misma, fuera de contexto, la que produce daños irreparables. Frente a ella solo cabe una voluntad férrea y una sólida disciplina. La droga por sí misma es el problema y solo alejándola podemos dar solución al conflicto. Estiércol del diablo con el que nunca debemos entrar en contacto. El modelo del manejo implícito es el de la peligrosidad, reforzado con la visión médica que insiste en considerar la drogadicción una enfermedad similar al cáncer o la apendicitis.

De allí el afán de los comunicadores de la opinión por contar con un esquema definido que ofrezca un remedio rápido y programable. Respuesta penal e intervención terapéutica aparecen como alternativas salvadoras, desconociéndose los complejos fenómenos culturales y de mercado que están asociados con la producción, el tráfico y el consumo. Remedio acotado que termina por simplificar el problema haciendo imposible su apropiación.

Como alternativa consideramos que el primer paso es reinsertar el problema de las drogas en el ámbito de la sociedad y la cultura, contextualizándolo y atendiendo a su particularidad de ser, ante todo, un producto más, una mercancía y un consumo que se articula de manera sutil y efectiva al gran mercado. Entendamos las sustancias sicoactivas como mercancías ubicuas, que excitan de manera especial la imaginación del comprador, por lo que es fundamental atender a las microculturas que dinamizan su consumo. Asumiendo la droga como un producto cultural, se hace necesario resaltar los valores agregados o variables intermedias que condicionan la producción, el mercadeo y el consumo.

Los mensajes aversivos pueden resultar poco creíbles y hasta contraproducentes. Dejando atrás la lógica de sentido común que contrapone muerte a droga, consideramos pertinentes mensajes que accedan a un cambio en los actores del relato, los sujetos de enunciación y los campos temáticos privilegiados. Es necesario poner deliberadamente en entredicho esa ideología periodística de la objetividad que da por natural una presentación estandarizada de los hechos, con un estilo breve e impersonal. El cambio en las reglas de producción del mensaje debe partir de comprender que las actuales estructuras comunicativas enmascaran el conflicto.

En relación con la prevención, es necesario producir contenidos diferentes a los que la identifican con los imaginarios del desorden y el mal social. Por ejemplo, mostrando que el problema droga hace parte de una red de problemas conexos y que el trabajo preventivo se orienta ante todo a una intervención sobre el contexto interhumano.

Prevenir es disminuir vulnerabilidad, mejorando la capacidad de la comunidad para responder ante el conflicto. Se es más vulnerable entre menos capacidad se tenga para interactuar con las situaciones críticas. La vulnerabilidad está por eso relacionada con la capacidad de representarnos las situaciones en que vivimos, con las redes de soporte social con que contamos la flexibilidad organizativa de las comunidades. Favorecer esta representación social del conflicto, debe ser tarea prioritaria de los medios de comunicación y de los productores de noticias.

No es esta una tarea fácil. La construcción del mensaje para los medios masivos impone una tiranía semántica que obliga a cerrar el discurso con un final claro y ejemplarizante. El conflicto queda opacado por la moraleja. Lección dolorosa Hace pocos meses circuló un mensaje televisivo invitando al fortalecimiento de la familia. En la primera escena los padres discuten acaloradamente. De pronto aparecen al fondo los hijos, quienes observan la escena atemorizados. Como por arte de magia, al notar su presencia, la polémica se suspende. El hijo se acerca a la madre que llora y la protege entre sus brazos. El padre no llora, pero es él quien abraza a la niña. La calma y la felicidad han retornado.

El conflicto es acallado con la imagen de la armonía. Moraleja: siempre los problemas de la pareja deben ser resueltos ante la llegada de los hijos, no importa su dimensión ni el desgarramiento que produzcan. Al fin y al cabo lo menos importante es por qué papá y mamá pelean; se trata de mantener la familia unida. Sólo restableciendo de nuevo el orden será posible la solución del problema. Ecos de una ideología de la armonía que no permite la duda ni la representación del conflicto.

Bajo esta tiranía semántica los conflictos resultan imposibles de resolver porque lo impide el bloqueo significativo. Los modelos comunicativos que se utilizan para expresarlos no permiten pensarlos. Nos obligan a resolverlos dándonos la solución sin que hayamos participado en su búsqueda.

El tratamiento que los medios dan a problemas sociales críticos como la droga, contribuye más a consolidar la impotencia que forjar una cultura de prevención. Un claro ejemplo es la forma como se presenta la información acerca de personas afectadas por desastres, en la cual se alimenta el mito de la total incapacidad de la víctima, anonadada para poder ser protagonista de su propia recuperación.

Un caso doloroso que pone de presente la vulnerabilidad favorecida por los modelos comunicativos, es el de Armero. Nunca los ciudadanos tuvieron una clara representación del conflicto. Solamente a raíz de la catástrofe, el Ruiz pasó a ser realidad para Tolima. De hecho tampoco se le llamaba, como ahora, volcán nevado , ni era evidente su presencia como elemento del ecosistema que determinaba la formación de los ríos Lagunilla y Azufrado. Para los colombianos, el Ruiz era el nevado de mostrar a los turistas, donde las reinas se fotografiaban ataviadas a la manera de los mejores refugios alpinos.

Cuando se pensaba en la erupción, venían imágenes transmitidas por el cine de piedras y lava cayendo sobre la ciudad más cercana que, por supuesto, no era Armero. Los colombianos, estupefactos, supimos horas después del desastre que también se puede morir en una avalancha de lodo. La comunidad armerita era vulnerable porque no tenía una representación de su entorno y del peligro. Un ejemplo de ello es suministrado por Miguel Thomas, cuando señala que en los textos de geografía que estudiaban los niños de Armero figuraban como ejemplos de ríos que nacen en glaciares, el Missisipi y el Po.

Algo similar nos ha sucedido con la problemática de las drogas. Haciendo uso de un discurso importado y estereotipado no hemos hecho otra cosa que acrecentar nuestra vulnerabilidad. Ojalá no estemos repitiendo la historia. .

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