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MÁS GOBIERNOMENOS DISCULPAS

MÁS GOBIERNOMENOS DISCULPAS

No pretendo dibujar el balance del gobierno que presidí. Lo hice de manera exhaustiva al entregar mi libro sobre la ciudad, y veo con satisfacción que el paso del tiempo se ha encargado de reivindicar las obras con que dimos respuesta al encargo popular. Quiero comentar, más bien, las imprecisiones financieras de la administración distrital; ante la ausencia de brújula, el gobierno local pregona a diario el lamento, y lo que es más grave, soporta su queja sistemática en datos que no se compadecen con la realidad. Para concitar apoyos, el gobernante local ha recorrido las oficinas de los directores de los medios y de los jerarcas del Partido, y ha dicho en esos contactos que fue una especie de catástrofe financiera heredada la que provocó la suspensión de los créditos del Banco Mundial y Findeter.

La verdad es bien diferente: los banqueros, en efecto, resolvieron suspender los trámites crediticios a comienzos del 92, pero lo hicieron ante el desconcierto que les produjeran los anuncios del alcalde electo, en el sentido de que no cobraría impuestos como la valorización. A nosotros, al menos, los voceros de la banca multilateral nos manifestaron que querían tomarse un tiempo prudencial mientras se resolvían las vacilaciones fiscales de la nueva administración.

Posesionado el nuevo alcalde, su gobierno aceptó que no podía eludir las nuevas responsabilidades fiscales, y ante ese hecho la banca, claro está, reanudó el trámite de los créditos. No puede afirmarse alegremente, entonces, que la decisión de los banqueros de reactivar su apoyo a Bogotá se debió a una especie de ajuste financiero milagroso, hecho en tiempo relámpago por la nueva administración.

También sorprende que el espejo retrovisor del gobernante sea tan acucioso para mirar los factores negativos heredados y no lo sea, de igual manera, para reconocer los ajustes que se venían haciendo con el propósito de romper graves tendencias financieras: la liquidación de la Empresa de Buses; la privatización de otro 20 por ciento de las basuras; el desmonte del famoso siete por ciento que se sumaba cada año al aumento salarial de la ETB; el haber firmado convenciones por debajo de la inflación en las tres empresas de servicios, que representan el 80 por ciento del presupuesto del Distrito. Acaso estos pasos no despejaron la reducción del gasto? Acaso puede desconocerse el alcance histórico del convenio de gestión suscrito entre nosotros y el Gobienro, para obtener los recursos que permitieron terminar El Guavio a tiempo? En dos gráficas publicadas en el folleto que promociona los bonos distritales, la propia administración Castro reconoce que fue en 1991, es decir durante nuestro mandato, cuando las finanzas de Bogotá empezaron a mostrar signos positivos de recuperación. El descenso de la curva financiera corresponde a períodos anteriores, curiosamente excluidos de los lamentos gubernamentales.

Pero miremos otras realidades que hablan por sí solas, y desvirtúan de plano la tesis de que las herencias malignas provienen del período a nuestro cargo: Según datos de la Contraloría, en el período 90-92 el déficit no se incrementó, sino que por el contrario disminuyó en más del 12 por ciento en términos reales, al pasar de 146.528,7 millones de pesos en junio del 90, a 128.443,5 de pesos en junio del 92. Desvirtuando la tesis de que en el período 90-92 fue sobreendeudada la ciudad, los recursos del crédito disminuyeron seis puntos del total de los ingresos entre junio del 90 y junio del 92. La maximización de los recaudos impuesta por nuestra administración, se comprueba al observar que el superávit de Tesorería pasó de 23.020 millones de pesos en junio del 90 a 25.560.6 millones de pesos en junio del 92.

Somos conscientes, porque las vivimos por dentro, de las dificultades económicas del Distrito. Las sufrimos, y por ello iniciamos el proceso de formación catastral y sugerimos la controvertida figura de la valorización general, que tras las críticas de aquel entonces es reconocida ahora como la panacea financiera. No se recupera la ciudad, entonces, ni se construye su futuro, sobre falsas verdades. Mucho menos, en medio de las insolidaridades de Partido.

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