C O N T R A E S C A P E SERÁ POSIBLE

C O N T R A E S C A P E SERÁ POSIBLE

Este es definitivamente el país más imprevisible y cambiante. De una semana a otra se torna irreconocible. El domingo pasado comentaba aquí la complicada situación política y de orden público que afrontaba el Gobierno, con el empantanamiento de la Constituyente, la ofensiva guerrillera y los narco-secuestros. Hoy el panorama es otro. El desconcertante pero estimulante fallo de la Corte Suprema no solo crea un ambiente político totalmente nuevo, sino que debería incidir en la situación de orden público. Siempre y cuando la guerrilla que aún empuña las armas y los narcotraficantes que insisten en el terrorismo, entiendan que se ha abierto un inesperado espacio para la discusión de sus reivindicaciones.

14 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

Y siempre y cuando no pretendan ahora copar ese espacio con sus métodos violentos. En este sentido, la advertencia del presidente Gaviria es tan razonada como oportuna. La Asamblea Constituyente tendrá que deliberar en un clima libre de toda intimidación terrorista. De lo contrario, perdería toda legitimidad. Cómo evitar esta tétrica eventualidad, es tal vez la más preocupante de las múltiples inquietudes que suscita el apabullante revolcón institucional que acaba de producir la Corte. Pero sin ignorar los riesgos que todo esto entraña, por qué no adoptar una actitud optimista? Y no asustarse con el tremendo desafío y la histórica oportunidad que se le ha presentado al país para dar un gran salto adelante. No necesariamente al vacío. Es cierto que un siglo de tradición jurídico-institucional ha quedado súbitamente en suspenso. Pero no es sino mirar allende las fronteras, para ver cómo en todas partes se desploman sistemas anacrónicos y se sacuden instituciones centenarias. Una corriente de acelerados revolcones recorre el mundo entero. Presionados por urgencias económicas o exigencias políticas. En Nicaragua o en Hungría. En la URSS o en la Argentina. Los países de Europa oriental cambian todos de constitución en el lapso de pocos meses. Alemania se reunifica en un abrir y cerrar de ojos. Y las Coreas ya emprendieron el mismo camino.

Si el mundo se transforma a un ritmo de vértigo; si por doquier caen muros geopolíticos y esquemas ideológicos, por qué hemos de andar nosotros a paso de tortuga, timoratos y vacilantes. Hay que superar inseguridades de toda índole para entrar con decisión por la puerta grande que abrió la Corte. Y, para seguir en la vena positiva, hay que preguntarse si ha surgido la posibilidad de que la Constituyente se convierta, ahora sí, en la panacea para nuestros males endémicos. Si esa utopía de la revolución pacífica es por fin una meta realizable. Si una transformación institucional que recoja un consenso social, y que ataque las raíces de la corrupción, la impunidad y la ineficacia del Estado, sienta las bases para una verdadera reconciliación nacional. Será posible? Hay que pensar que sí lo es. Y que se ha presentado una ocasión única para intentarlo. Para saber, además, si tenemos auténticos líderes con visión histórica y concepción del futuro. El talante real de la sociedad colombiana se medirá en esta difícil prueba que nos aguarda. El peso de una tradición republicana de 180 años y de una Constitución que viene de 1886; la solidez de valores esenciales de la nacionalidad que se han conformado durante este período; la escogencia entre lo que hay que conservar y descartar del pasado, todo esto estará en juego en la nueva y decisiva etapa de la historia de Colombia que ahora comienza.

Confiemos, pues, en nosotros mismos. En la tan invocada sensatez del pueblo colombiano. O en el comprobado instinto de supervivencia y de superación que ha demostrado un país que ha pasado por las más horripilantes experiencias autodestructivas sin desplomarse en el caos.

La sentencia de la Corte es un hecho. Aunque preocupe o aterrorice a muchos, se trata de una realidad. Y hay que asumirla como tal. De nada vale dedicarse ahora a la lamentación o al catastrofismo. Meterle el hombro a la Constituyente es la consigna. Para garantizar que esos 70 ciudadanos que han de trazar la faz de la Colombia del siglo XXI sean los más capaces y los más honestos. A esta tarea tiene que consagrarse todo colombiano consciente. Comenzando por los partidos políticos y las agremiaciones sociales de toda índole. Ya no hay lugar para la indiferencia o la neutralidad. La Asamblea Constituyente totalmente libre y soberana que será elegida no permite los términos medios. Solo podrá ser muy buena o desastrosa. Y eso dependerá de todos y cada uno de los colombianos que se sientan involucrados en el futuro de su país.

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