LA DAMA DE COLOMBIA

LA DAMA DE COLOMBIA

Cuando murió LENC nos dolía que muchos colombianos, especialmente aquellos menores de 50 años, desconocieran la personalidad y la importancia de Luis Eduardo Nieto Caballero. Hoy, embargados por el dolor y quizá imposibilitados para expresar lo que realmente sentimos, tenemos que referirnos a su esposa, María Calderón de Nieto Caballero. No hay hipérbole al afirmar que la historia política de Colombia hubiera tenido un desarrollo azaroso y pleno de asechanzas, si en ciertos acontecimientos no hubiera estado presente esta nobilísima dama. Con ella muere no solo una parte del pasado nacional, sino otra muy grande: la del partido liberal. El país pierde a un ser incomparable en quien las virtudes espirituales tuvieron altísimo exponente y en cuya personalidad la actividad política y la inteligente interpretación de la patria se vieron enmarcadas por una de las bellezas más diáfanas en el historial de la mujer colombiana. La casa de los Nieto Caballero, donde Marujita imperaba con la so

14 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

Con el aguerrido escritor Luis Eduardo Nieto, su esposo, luchó por el liberalismo, por la democracia, y cuando él murió frente a la dictadura, ella asumió su puesto. Como integrante del grupo de damas llamado Las Policarpas , expuso su propia seguridad física al participar en actos contrarios al interés de ciertos estamentos del mundo electoral. Ellas se encargaron de defender y ayudar a los presos políticos, de impedir vejámenes. Si alguien hubiera podido escribir la gran historia del partido liberal en sus episodios trascendentales y picarescos habría sido Marujita Calderón de Nieto Caballero. Las divisiones del partido la afectaban y con su belleza casi increíble y la dulzura de su voz, volvía a reunir a los jefes para que se reencontraran. En rara ocasión alguien, en el liberalismo, escapaba al encanto de Marujita para deponer sus intereses personales o de grupo y pensar sobre todo en el bien de la colectividad.

Parecía una dama de la tragedia griega , decía Alberto Lleras, cuando ella se enfrentó a las fuerzas de la seguridad que intentaban detener una manifestación de mujeres empeñadas en salvar la libertad de prensa, restringida en los periódicos antirrojistas. Contra ella nada valían los peligros, ni las amenazas a su seguridad personal. Ejerció su influencia en los más altos directivos del liberalismo, y los presidentes y personajes conservadores tuvieron en ella una amiga sincera, incapaz de ceder un ápice en defensa del ideario liberal. Recorrer su casa, ausente ella ya, es revivir en las fotografías y los libros la Colombia del pasado y del presente. Un mensaje de Clemenceau felicita a LENC y a Marujita. Las estampas de Olaya Herrera, Alfonso López, Eduardo Santos, Alberto Lleras, entre los muertos, y de los ex mandatarios que por fortuna viven aún para gloria de Colombia, la acompañan como testigos mudos de la historia vivida por ella. Ahora completa en el más allá la gran tertulia liberal con los que fueron sus amigos y jefes máximos. Ella les contará el triste momento por el que pasa nuestra patria, y desde allí, como buena colombiana llena de fe en el país, no podrá menos de ayudarnos en el rescate de la vieja nación.

El duelo de la familia Nieto Calderón es el nuestro. Se fue sangre de nuestra sangre y Eduardo, María Paulina, Lucy, Clarita, María Mercedes, sus nietos y bisnietos, así lo saben.

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