GUY, EL GRINGO DE CACHIPAY

GUY, EL GRINGO DE CACHIPAY

Pueblo chiquito, sorpresa grande: se entiende que Guy Xhonneux haya sido recibido en Cachipay con cierta perplejidad. Hay que devolver la película a 1978, cuando llegó a ese pueblo de Cundinamarca de clima envidiable (22 grados centígrados en promedio) y a solo hora y media de Bogotá. Su ojos claros, su pelo rubio, su español trabado, le delataron. No importaba que fuera belga, nacido en el Congo, hoy Zaire, y que en vez de inglés hablara francés. Para todos no era más que un gringo. Y así se quedó.

21 de junio 1992 , 12:00 a.m.

Un gringo pobre, instalado en un terreno semiárido y poco productivo, con una enramada por casa y una gentileza que nadie le desmiente, no era normal. Tampoco lo era el que construyera su casa poco a poco y que sembrara maleza, la misma que los campesinos cazaban en sus fincas con sus machetes. Ese gringo era raro, de pronto loco.

Nadie se explicaba que se empecinara en volver productivo ese terreno que había comprado con sus economías y un poco de dinero enviado por su padre, un médico belga. Lo cierto es que durante meses transportó tierra y abonos naturales y visitó la región en un viejo carro Renault-4. En cada viaje aumentaba su colección de especies que plantaba en su terreno, sin que nadie entendiera muy bien qué se traía entre manos el gringo.

Con el tiempo se empezó a correr el velo: los campesinos supieron que el gringo que vivía en la finca La María que queda yendo del centro del pueblo hacia el cementerio, era ingeniero agrónomo. Que a Colombia había llegado por casualidad (así no más) y que había trabajado en el Jardín Botánico y en algunos viveros de Bogotá. Que estaba empeñado en conservar las especies naturales de Colombia y que pretendía vivir vendiendo maleza, como dicen los campesinos de la región.

No todo era tan claro para todo el mundo pero nadie le hizo el feo. El Gringo fue adoptado como un habitante más, y hoy en Cachipay cualquiera sabe dónde vive y lo que hace.

De alguna manera, sus vecinos sí tuvieron razón: él no pudo vivir vendiendo árboles nativos, helechos, bromelias, lirios, anturios, begonias, fiques, palmas, orquídeas... En la región no hubo clientela y en Bogotá ese mercado, aunque estrecho, era muy competido. Miró hacia afuera, pero no había infraestructura para exportar. Se resignó.

Pero la obsesión vence lo que la suerte no alcanza. Guy Xhonneux se orientó muy naturalmente hacia la pasión que desde pequeño le había tocado: la de los cactus. Recordó a su abuela, muy distinguida ella, con una colección más bien pequeña de cactus en su casa y en la de sus hijas.

Esas plantas siempre lo habían intrigado. Por sus formas, sobre todo, pues son verdaderas esculturas. Y por el sentimiento que inspiran: Cómo negar que parecen sobrevivientes, solitarios y aislados, venidos de épocas inmemoriales? Cómo no ser sensibles ante su terca insistencia para adaptarse a situaciones y climas cada vez más adversos? Algunos se mimetizan tanto que parecen fósiles o piedras. Otros, en sitios donde llueve muy poco, desarrollan un barba blanca para atrapar al máximo la humedad. Todos tienen un sistema de canales para recoger el agua. Si están en sitios donde llueve poco, desarrollan muchos canales y pocos si llueve mucho: para evitar inundarse . Ahora, cómo no admirar la belleza de sus flores izadas en medio de un mar de espinas? Volvió a arrancar y con la misma pasión se lanzó a recorrer a Colombia para recoger sus especies que suman unas 170. Y aprovechó (lo sigue haciendo) cualquier viaje para traer del extranjero. El resultado lo muestra con un deleite mal disimulado: unas dos mil especies (15 híbridos son de su cosecha) que le convierten en el coleccionista de cactus más importante del país. Y con el vivero más grande: unas 200 especies para la venta.

Su vida gira alrededor de los cactus: libros, lecturas, correo, inversiones, trabajo, proyectos de exportación, amigos, conversaciones... Nada se queda por fuera de esta obsesión que ahora sí le permite vivir decentemente. A él, a Jannette su esposa nacida en el Tolima quien ya es una especialista en cactus y a su hijo de casi cuatro años, quien también se pica.

Es como si el pasado lo persiguiera y eso lo agradece. Su bisabuelo fue jardinero en un castillo. Su abuela tenía excelentes jardines. Su padre tiene un gran vivero... Le tocaba proseguir a él y fue una tarea que asumió desde niño coleccionando, por ejemplo, mariposas: tiene unas 3.500 especies.

Lo que no estaba escrito en el libreto es que construiría su paraíso en Colombia. Es esa la impresión que suscita su pequeña finca atestada de cactus, extraños y bellos, helechos, pinos colombianos, rosas, yedras, bejucos, heliótropos, plátanos, nogales, guayacanes, guayabos, naranjos, limones...

Todavía sonríe recordando que eligió a este país el día que remplazó su servicio militar por un servicio cívico. Un misionero le había hablado de Colombia, pero lo que más le animó fue el precio del pasaje: era el más barato de los destinos posibles.

Vino, vio, se casó y se quedó. El Gringo de Cachipay vive en medio de espinas y es un hombre feliz. Son muy pocos los que pueden decir lo mismo.

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