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LA YERBA BUENA

LA YERBA BUENA

Conserve la droga viva , es el título que trae en la carátula The Village Voice, el periódico más importante de la generación del 68 en Nueva York. Cinco intelectuales cuentan sus experiencias con la marihuana y hacen, a lo largo de ocho páginas, la defensa de lo que para ellos es una droga más, como el alcohol, el tabaco o el café: drogas poderosas que han entrado en nuestra economía . No es un simple glosario de anécdotas sino un análisis pormenorizado de una generación que ha convertido la marihuana en el emblema de una profunda epidemia cultural . Usamos drogas escribe Richard Golstein y escogemos lo que nos place, por muchas razones. El modelo de nuestra opción nos hace más difícil leer esto como progreso en germen .

Goldstein responde a David Musto, un historiador a quien acusa de no haber entendido, en su libro Mi amigo drogado, que la marihuana es un estilo de vida y una manera de ver el mundo. Hasta The New York Times reconoció que la marihuana y otras sustancias son una tendencia autorizada y The Economist reclamó recientemente, su legalización.

De ahí que, con gran ironía, Goldstein le recuerda a Musto que, en el mejor de los casos, esta epidemia sólo terminará en el próximo milenio y, de paso, cuestiona la política antidrogas de Estados Unidos.

Con un argumento de peso: ésta no cambiará hasta que contadores, astronautas, jugadores de béisbol, profesores, etc. reporten exactamente lo que sienten cuando están trabados y cómo funcionan cuando no lo están. Y hasta que la legislación y los ciudadanos comunes y corrientes marchen al mismo paso y se deje de considerar la marihuana como una droga peligrosa y de llenar las cárceles con pequeños vendedores.

Lo novedoso de este discurso radica, por un lado, en que, públicamente, confiesan que son consumidores permanentes de la yerba mágica y, por otro, en que la deslindan de la cocaína. La coca dice Golstein es la perfecta compañera de una cultura que promueve la muerte rápida y las victorias militares fáciles; sadismo y espectáculo en nombre de la libertad y la tradición . En los años de Reagan los yuppies quienes deben su estatus al boom de la economía habrían incitado al uso masivo de esa sustancia.

Muerte en el botiquín La coca es producto de una generación formada para competir. Es verdad que están conectados a la técnica pero pero se les ha negado la sensación tribal . Eso significa tener vínculos y solidaridades de raza, de género y de sexo. Son experiencias que no permiten ni el alcohol ni la cocaína. El alcohol dice Goldstein torna a una tribu en una masa. La cocaína en una colmena de abejas matonas. La yerba destapa el genio de la comunión .

Algo está cambiando en Estados Unidos con respecto al consumo de las drogas? La respuesta del Village Voice es que sí. Que a partir de la elección de Bill Clinton, quien reconoció haber fumado marihuana (pero sin inhalarla), hay aires que podrían restablecer el interés por drogas como la marihuana. Hay signos? Sí, el auge de hojas de marihuana estampadas en gorras, camisetas, bermudas...

Después de doce años de coca se lee en el Village estamos listos a volver a la contemplación y a la conexión .

No sólo hay nostalgia en estos textos por todo lo que se vivió en los años sesenta cuando se instaló la cultura del yo y se cuestionaron las relaciones de autoridad en la familia, la escuela y frente al Estado. Hay un claro señalamiento a la administración por haber estigmatizado todas las drogas; salvo, eso sí, el alcohol, el tabaco, los tranquilizantes y otros químicos que millones de estadounideses mantienen en sus neveras o botiquines.

Eso ha costado. Ha habido cientos de muertos y millones de dólares repartidos en doce planes de lucha contra la droga, todos ineficaces. Y si algunos hablan de éxitos obtenidos es porque mucha gente miente, al parecer durante los sondeos.

Paralelamente, millones de personas en Estados Unidos fuman marihuana todos los días como parte de su rutina. Con ella desayunan, trabajan o duermen. Y así estimulan logrando efectos que otros buscan, en salones privados y oficiales, con un par de wiskies. La marihuana no es para ellos sinónimo de rebeldía o ansia de cambio social. Es una droga que necesitan.

Estos intelectuales recuerdan que cada generación escoge sus drogas y las bautiza. Son inevitables, dicen mostrando lo que ha pasado históricamente. Lo que cuenta es, como sucede con las otras incluyendo el café, saberlas utilizar. Abusar es perderse.

Con este artículo se abre de nuevo el debate sobre la política de Bill Clinton frente a las drogas. Es un capítulo que la administración, preocupada por la reducción de los grandes déficits económicos, tiene por ahora archivado.

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