LLEGARON LOS RECIBOS!

LLEGARON LOS RECIBOS!

Hace quince días escribí, medio en serio medio en broma, sobre la necesidad de constituir el M-456 (Movimiento de los estratos 4, 5 y 6) como mecanismo de defensa de las clases medias contra las tarifas confiscatorias que les ha fijado a los servicios públicos la Administración. Decía entonces que es tal el castigo a que están siendo sometidos esos sectores en materia de tributos, impuestos, tarifas y, por supuesto, precios, que algo hay que hacer para que se le ponga fin a esa manifestación velada, y por lo tanto más escandalosa y abusiva que si fuera abierta, del Estado expoliador. Ahora, al conocer el monto de las últimas facturas de la Empresa de Energía Eléctrica de Bogotá, considero que lo del M-456 empieza ya a dejar de ser una broma para convertirse en algo muy cercano a una apremiante necesidad. En efecto, los aumentos que registran las tarifas son de tal magnitud, que quienes se han visto obligados a pagarlas sienten que deben organizarse casi con la misma angustiosa dilig

23 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Todas esas personas, y sus familias, han llegado ya al límite mismo de la paciencia y su ejemplar y disciplinado comportamiento de buenos ciudadanos empieza a ser sustituido por la exasperación. He hablado en los últimos días con muchos de ellos y por eso sé que consideran, desolados, que trabajar dura y honestamente es algo que el Estado penaliza como un delito y que intentar superarse se ha convertido en el equivalente a una ofensa a la sociedad.

Sienten que se los discrimina en nombre de la demagogia elevada a principio de gobierno y que maliciosamente se los hace pasar por culpables de las dificultades por las que pueden estar atravesando los estratos 1, 2 y 3. Con la más grande falta de equidad, se los presenta ante sus conciudadanos como un sórdido conjunto de oligarcas insensibles y codiciosos a quienes hay que hacer pagar por su voracidad. Son, en pocas palabras, los chivos expiatorios de un Estado que descarga en ellos los obvios desastrosos resultados de su incompetencia o de su corrupción.

Se comprende, entonces, que todas estas gentes se sientan mal tratadas y que empiecen a manifestar su indignación. En un país en donde todo se indulta y se condona, y el Gobierno acaba subsidiando generosa y abundantemente a quienes, en desafiante violación de la ley, se han alzado en armas contra él, a esos otros ciudadanos, a los que se dedican a ejercer lícitamente su profesión o a desempeñar su oficio sin lastimar a nadie ni perturbar la paz, se los trata con el más grande rigor, como si tener éxito fuera una fechoría o, en el mejor de los casos, una imperdonable contravención.

Pero, además, lo que está ocurriendo con los estratos 4, 5 y 6 es característico de ese modelo de gobierno, ya repudiado en todas partes, que considera que la justicia social se logra no dando empleo, ni produciendo más, ni convirtiendo en propietarios y en consumidores a quienes no lo son, sino empobreciendo sistemáticamente a quienes han logrado sobresalir. Es la pauperización de las clases medias convertida en programa político y la nivelación por lo bajo, que tanto seduce a los populistas latinoamericanos, que han decidido hacer del rencor una bandera y cuya principal característica, como se sabe, es la falta absoluta de imaginación. Razón por la cual, dicho sea de paso, América Latina es un Continente que va de mal en peor.

Pero volviendo a la expoliación de las tarifas: gracias a los datos que me han suministrado algunos amigos que viven en los estratos 4, 5 y 6, se puede apreciar, muy claramente, la enorme diferencia entre lo que ellos --y quienes vivimos en en los mismos sectores malditos -- pagaban por el servicio de energía hace dos meses y lo que deben pagar hoy. Estas son las cifras: apartamento en el barrio La Cabrera (estrato 4): antes del aumento pagaba 22.000 pesos, después del aumento $ 59.000; casa en el barrio Ginebra (estrato 4): antes del aumento $ 18.000, después $ 32.000; casa en el barrio Alhambra (estrato 5): antes del aumento $ 14.000, después $ 32.000; casa en el barrio Bella Suiza (estrato 5): antes del aumento $ 30.000, después $ 66.000; casa en el barrio La Calleja (estrato 6): antes del aumento, $ 35.000, después $ 93.000; casa en el barrio Santa Bárbara Alta (estrato 6): antes del aumento $ 53.000, después $ 109.000.

Ahora bien: como conozco a todas esas personas, sé que pertenecen a familias de la pura clase media económica, cuyos ingresos provienen de sueldos o de honorarios profesionales que les permiten vivir con una muy apretada comodidad. No forman parte, por lo tanto, del jet-set , entre otras cosas porque, si así fuera, probablemente estarían residiendo en el exterior por miedo al secuestro o a la extorsión.

Se trata, en consecuencia, de gentes comunes y corrientes que trabajan duro y que viven sin ninguna ostentación. Pero el Estado les prescribe a todas esas familias el mismo tratamiento que les daría a potentados como los ávidos y crapulosos que describe ayer en su espantado artículo el ex presidente Betancur, o a dinastías tan opulentas y poderosas como las de los Rockefeller o los Morgan, los duques de Westminster, los Polanco en España, los Thyssen o los Rothschild.

Y todo no exactamente para asistir a los más pobres, como el Gobierno demagógicamente lo suele decir, sino para financiar a empresas que ni siquiera saben qué tienen, qué deben, qué gastan, qué firman o para dónde van. Como la de Energía Eléctrica de Bogotá --la de los cobros atrás reseñados, precisamente-- que en un caso típico respecto a lo que es ese desabarajuste ruinoso (y que terminan pagando, inevitablemente, los maltratados ciudadanos que viven en los estratos 4, 5 y 6), acaba de dirigirse al Consejo de Estado para preguntarle -- atérrense ustedes!-- si los contratos firmados por ella misma hace diez años para la construcción de la represa de El Guavio (que ya va costando más de 135 millones de dólares) estuvieron o no ajustados a la ley.

A todo esto, naturalmente, hay que ponerle fin. El país no puede seguir permitiendo que se entre casi a saco en el patrimonio de la gente, para sostener a un Estado malversador o ladrón. Aumentos como los de la Energía o como los igualmente escandalosos detallados por el señor Hugo Muñoz Cano en una carta que EL TIEMPO, muy oportunamente, publicó ayer, no tienen como objeto distribuir la riqueza. Su verdadero propósito es concentrarla cada vez más en las manos de una burocracia que es, en realidad, la única verdadera oligarquía que queda en Colombia. Porque a la otra, aquella en realidad inofensiva y modesta de que hablaba Gaitán, hace rato la acabó la guerrilla o la arruinó la extorsión.

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