EL SOMBRERO PERDIÓ LA CABEZA

EL SOMBRERO PERDIÓ LA CABEZA

Aquí, los más tristes regresan risueños. Han abandonado su loca tristeza y alistan el alma para los ensueños, porque lujos llevan sobre la cabeza . Este verso fue declamado por uno de los poetas bohemios de los años cuarenta, Gustavo Castillo, cuando una señora llegó a una de las sombrerías de la Plaza de Bolívar para que le arreglaran su sombrero. Ocurrió en el almacén de Francisco Emilio Nates, uno de los primeros vendedores de sombreros en Bogotá y testigo de la importancia que tuvo la prenda de vestir entre los capitalinos en los primeros cincuenta años de este siglo.

23 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Cuando veíamos pasar a un joven por la calle sin sombrero --recuerda Nates--, inmediatamente pensábamos que estaba haciendo un mandado . En esa época, el sombrero tuvo la misma importancia que los zapatos. La gente se lo quitaba en pocas ocasiones y lo limpiaba, planchaba y mandaba a reparar.

Otros hombres dedicados hace mucho tiempo a vender la prenda cuentan que los primeros sombreros de la capital fueron importados de Gran Bretaña, Francia e Italia, con marcas tan conocidas como el Borsalino, Lock y el Batturby, y que se vendían entre tres y seis pesos.

La gente más distinguida compraba el de fieltro e importado. Los más pobres adquirían el de paja, conocido en esa época como sombrero de jipa y de uso muy generalizado en el país.

Los extranjeros fueron quienes introdujeron la moda en la capital. Las familias Richard y Touchet empezaron a importar artículos de cacería y luego se dedicaron a la venta de los sombreros.

El negocio de Guillermo Richard, fundado en 1870, exhibía sus artículos en tres locales a un costado de la Plaza de Bolívar --lugar donde hoy se construye el Palacio de Justicia--, y la familia Touchet en uno, en el edificio Liévano, en la Alcaldía Mayor de Bogotá. Las dos ya desaparecieron.

Más tarde, varios bogotanos y un italiano aprendieron la labor y abrieron sombrererías tan famosas como la Nates, la Stella y la Brando, que cubrieron la gran demanda de los años treinta y cuarenta, y con nuevos servicios: planchado y reparación.

Nadie se quedaba atrás en la moda, especialmente las familias de la alta sociedad bogotana como los Pombo, los Avila, los Holguín y los Vargas, así como los presidentes de la República de la época: Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos.

Francisco Nates, de 85 años, cuenta que cuando Enrique Olaya Herrera asumió la Presidencia hizo un trato con su almacén para arreglar sus sombreros durante los cuatro años del mandato.

En ese tiempo --recuerda Nates-- el Presidente envió unos cinco sombreros por mes, así que los planchábamos, los arreglábamos y luego los regresábamos. Tres días antes de salir de su cargo, el Presidente envió un cheque y canceló la cuenta .

Estas personalidades de la política, como también Jorge Eliécer Gaitán, Alberto Lleras Camargo y el general Gustavo Rojas Pinilla, siempre mantenían entre cuatro y cinco sombreros. Eran impecables. Les gustaban con el ala un poco doblada y no agachada, como se usa ahora .

Un vendedor de la sombrería Stella recuerda que Guillermo León Valencia era el más cabezón de los ex presidentes y personalidades de la política. Su sombrero era número 62.

En los momentos especiales, como un matrimonio, un entierro o la posesión de un presidente, entre otros, los bogotanos alquilaban en las sastrerías un sombrero de cubilete que lo lucían con el frac.

El artículo fue tan apetecido por los capitalinos en esa época que las sombrererías tuvieron que ingeniar técnicas publicitarias muy precarias para atrapar a sus clientes.

Por ejemplo, la sombrería Nates contrató al Cuchuco , uno de los personajes típicos de Bogotá, para que fijara avisos en las esquinas de la Plaza de Bolívar. Estos decían: Fíjese usted en su sombrero, todo el mundo lo hace . O también: Con su sombrero sea exigente, porque lo mira toda la gente .

Pero así como el sombrero alcanzó su mayor auge en Bogotá en la primera mitad del siglo, también empezó a decaer su uso en los años sesenta y setenta. Ahora poca gente lo usa.

Vendedores de sombreros de hace treinta años, como Jorge Acosta, quien alcanzó a trabajar con la familia Richard, opina que hechos como El Bogotazo , el 9 de abril de 1948, cambiaron los patrones del vestir en la capital. Tal vez, porque empeoró la situación económica.

Otros expertos aducen que el sombrero dejó de ser atractivo porque la ciudad se fue calentando, aparte de que mucha gente ahora no se desplaza a pie, sino en vehículo.

A pesar de que ese gran mercado desapareció entre la gente de la ciudad, hoy existen 18 sombrerías en el centro de Bogotá que cubren la demanda de los campesinos, choferes y los botones en los hoteles, entre otros.

Los estilos también cambiaron. La gente no volvió a usar los sombreros de cubilete que acompañaban al sacoleva y los guantes de cabritilla. Ahora prefieren los llaneros, los gardelianos, o los José Luis Guerra.

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