ADIÓS A LAS ARMAS

ADIÓS A LAS ARMAS

En una columna reciente propuse la adopción de una consigna respecto de la confrontación armada. Decía que si la guerra es inevitable, que sea entre uniformados. Días después, Malcolm Deas, con su agudeza reconocida, afirmó que dejar a los civiles por fuera del conflicto es una ilusión. La posibilidad de ver exclusivamente a dos ejércitos uniformados enfrentándose es algo irreal . Y remataba con su proverbial humor: Es una inocentada colombiana (Semana, No. 1042). Aunque las frustrantes experiencias de la India, Aguachica y Mogotes, entre otras, y los recientes episodios de Bojayá parecerían darle razón al profesor Deas, al mismo tiempo están mostrando la imperiosa necesidad de que los civiles reclamemos con mayor fuerza la vigencia de la consigna.

02 de junio 2002 , 12:00 a. m.

En una columna reciente propuse la adopción de una consigna respecto de la confrontación armada. Decía que si la guerra es inevitable, que sea entre uniformados. Días después, Malcolm Deas, con su agudeza reconocida, afirmó que dejar a los civiles por fuera del conflicto es una ilusión. La posibilidad de ver exclusivamente a dos ejércitos uniformados enfrentándose es algo irreal . Y remataba con su proverbial humor: Es una inocentada colombiana (Semana, No. 1042). Aunque las frustrantes experiencias de la India, Aguachica y Mogotes, entre otras, y los recientes episodios de Bojayá parecerían darle razón al profesor Deas, al mismo tiempo están mostrando la imperiosa necesidad de que los civiles reclamemos con mayor fuerza la vigencia de la consigna.

Aunque se puede objetar también que las organizaciones alzadas en armas son máquinas de guerra impermeables a las voces de la sociedad civil, la consigna es una invitación a ejercer mayor presión sobre los alzados en armas y a deslegitimar más aún la vía armada como alternativa al debate y las prácticas de la democracia.

Es un hecho que si bien hay experiencias fallidas y frustraciones, no es menos cierto que en Colombia hay iniciativas que muestran que sí existen posibilidades de alternativas a la confrontación armada. Los esfuerzos del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, sus réplicas en el oriente antioqueño y el piedemonte llanero, el Programa Nueva Sociedad de la Región Nororiental, el Programa del Secretariado Diocesano de Pastoral Social, el Programa Participativo de Desarrollo Humano Sostenible, entre otros, son evidencias de que sí hay notables esfuerzos para enfrentar los retos del desarrollo y la democracia por vías civiles desarmadas. A ellas se agregan las iniciativas de resistencia civil que impulsa la Alcaldía de Bogotá y otro gran número de casos similares a lo largo y ancho del país. Estos son intentos también de buscar que los civiles sean dejados por fuera de la confrontación armada.

Es claro que no es fácil oponer las armas de la razón a la razón de las armas, pero no por eso es ético omitir un juicio radical de repudio al hecho de que un bando de la contienda se refugie en una iglesia al lado de civiles inocentes y que el contendor bombardee el recinto, mate a esos civiles y después arguya que fue un error, y lo adjudique a una deficiencia técnica en el uso de armas que, además, están prohibidas por el DIH. Más que un error técnico, es una derivación lógica del tipo de confrontación desregulada y degradada en que están enfrascadas las máquinas de guerra colombianas. Y arguir que se trata de un error sí es una verdadera y cruel inocentada.

Además, sostener, como justificación de los excesos contra la población civil, que el DIH no obliga a algunos de los contendores porque la organización no firmó los pactos respectivos, es algo más que una inocentada: es un exabrupto, que desconoce que la vigencia del DIH es vinculante para los países, y que además puede jugar a su favor. Y frente a esta argumentación, también cabe una crítica radical desde la civilidad y la democracia.

En fin, a pesar de las doctas opiniones del profesor Deas, sigo creyendo que la consigna, además de ser una crítica simbólica que se inspira en un civilismo radical, estimula ante todo un deber ser, y que por tanto es más que un juicio de realidad. Y que propugnar por que los civiles no sean la carne de cañón, y las máquinas de guerra decidan hacerle el honor a su pretensión de representar los anhelos populares y ser el pueblo en armas, no es una simple inocentada.

Puede ser un exceso de optimismo, pero es necesario confrontarlo con el pesimismo que naturalmente surge cuando se desarrollan actos de barbarie como los que hemos atestiguado en estas últimas semanas. Sí, creo que sí es necesario insistir en que si la guerra es inevitable, que sea entre uniformados.

* Politólogo y profesor de la Universidad de los Andes

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