LA TAREA DE SER MAESTRO

LA TAREA DE SER MAESTRO

Maritza Romero tiene cinco horas para convencer a Camilo de que su mamá lo va a seguir queriendo, a pesar del nacimiento de su hermanita Laura. Cinco horas para que Johan no le pegue a ningún compañero, para que Natalia entienda que no es su culpa que sus padres no tengan empleo, para que Jaime sonría y se olvide de la última palmada del abuelo. Cinco horas para que sus 31 alumnos de jardín aprendan sobre granos de fríjol que se transforman en plantas, sobre manecillas que marcan la hora, sobre flores que brotan con un poco de agua y mucha paciencia.

02 de junio 2002 , 12:00 a. m.

Maritza Romero tiene cinco horas para convencer a Camilo de que su mamá lo va a seguir queriendo, a pesar del nacimiento de su hermanita Laura. Cinco horas para que Johan no le pegue a ningún compañero, para que Natalia entienda que no es su culpa que sus padres no tengan empleo, para que Jaime sonría y se olvide de la última palmada del abuelo. Cinco horas para que sus 31 alumnos de jardín aprendan sobre granos de fríjol que se transforman en plantas, sobre manecillas que marcan la hora, sobre flores que brotan con un poco de agua y mucha paciencia.

Son cinco horas por día en las que se enfunda en un delantal rosado con dibujos de Hello Kitty y se pierde en un mundo de muñecos, cuentos, canciones, dientes de leche, inocencia, semillas y peces. Un mundo cargado muchas veces de violencia, hambre, soledad y desamparo. Un mundo en el que se sumergen los cerca de 48 mil maestros que trabajan en los 3.600 colegios públicos y privados de Bogotá.

De alumna a maestra.

Maritza ha sido maestra desde los 16 años, tan solo unos meses después de dejar de ser estudiante en la normal Nuestra Señora de la Sabiduría, donde las mejores alumnas eran integradas a la planta de docentes cuando recibían su cartón de bachiller. Acababa de aprobar los últimos exámenes de trigonometría y ya estaba enseñándoles divisiones y poemas a los niños de tercero de primaria.

Lleva 20 años en la docencia y siempre había trabajado en el sector privado -colegio Nuestra Señora de la Sabiduría, Nuestra Señora del Pilar y Universidad Antonio Nariño-, hasta que hace siete años llegó al jardín preescolar Santo Domingo Savio de la Parroquia del barrio Egipto. Un barrio con mendigos en sus calles, con atracadores que merodean pero que respetan a las maestras, con una plaza de mercado cargada de olores y colores, con unas casas caídas por la miseria y otras hermosas que podrían ser un atractivo turístico del centro de la ciudad. Un barrio al que Maritza llega antes de las 7 de la mañana, desde su casa en La Perseverancia después de un cuarto de hora de recorrido en la buseta de ruta Muzú-Germania y 10 minutos en el colectivo Dorado-El Guavio.

Un maestro no cumple solamente con una labor pedagógica -explica Maritza-. Estamos metidos en la vida del niño, en su nutrición, en su salud, en su familia. La mayoría de mis estudiantes, hijos de vendedores ambulantes y empleadas domésticas, carga con una violencia heredada. Muchos son maltratados, sufren el desempleo de sus padres y la pobreza. El concepto de familia en Bogotá ha cambiado; no hay espacios de encuentro, los padres que trabajan nunca tienen tiempo o ganas para estar con los niños, la televisión disgrega y ya ni siquiera se comparte la hora de la comida, cuando hay plata para comer. La labor del maestro contempla entonces otros ejes, más allá del pedagógico .

Una labor que, según Maritza, no logra que en Bogotá se reconozca en toda su dimensión.

Lo más difícil de ser maestro en esta ciudad es obtener el reconocimiento social -asegura la docente-. Es complicado que la gente reconozca que este trabajo es tan importante como el de un médico o un ingeniero. Necesitamos que la comunidad vuelva a encontrar en el maestro a la persona que apoya a la familia, que genera procesos, que dinamiza la ciudad .

Maritza, con sus dos décadas de experiencia, dos libros publicados y una especialización en edumática, está en el grado más alto en el escalafón docente. La categoría 14, a la que pertenecen 10 mil docentes del sector oficial en Bogotá, le da derecho a un salario mensual de un millón 500 mil pesos, engordado con el sueldo de profesora en la Fundación Universitaria Monserrate, donde por las tardes les dicta clases a los alumnos de licenciatura en educación preescolar. Sus colegas, los otros 17 mil maestros oficiales, tienen salarios entre 300 mil y un millón 300 mil pesos mensuales.

Colegas que dan miedo porque rajan, son estrictos o regañan. Colegas que son admirados porque saben mucho, porque las cosas les salen bien o porque siempre tienen la palabra justa. Colegas amados porque le enseñaron a algún futuro escritor a apasionarse por los versos de Verlaine. Colegas que montan en bus, que se cuadran con horas extras y trabajos múltiples, que marchan y protestan, como los 1.083 maestros de Bogotá que según la Secretaría de Educación participaron en el paro del año pasado, entre el 15 de mayo y el 20 de junio. Fueron 35 días en los que los docentes protestaron contra el acto legislativo 01 que modifica las leyes de transferencias para la salud y la educación.

Desde que estoy en el sector oficial, nunca he participado en un cese de actividades -asegura Maritza-. Y no es que crea que todo está bien y que no hay cosas por exigir, pero sería muy irresponsable si participo en algún paro. El día que no haya jardín, los niños, que no tienen más de 5 años, se quedarán encerrados en sus casas, solos o a cargo de un hermano unos años mayor. Exijo y protesto, mostrando mi trabajo .

Un trabajo que empieza a las 7:30 de la mañana, atendiendo a los padres que preguntan por qué la niña llegó rasguñada o que insisten en un cuidado especial porque al niño le duele la panza. Un trabajo que consiste en que 31 pequeños que gritan, ríen, se empujan, se caen y pelean logren interesarse por la historia de Paco-Eco, un joven campesino amante de la ecología. Un trabajo de rondas y canciones, desayunos, galletas y siestas compartidas.

La tarea de enseñar, una historia distinta para cada uno de los miles de maestros de Bogotá.

FOTO/Mauricio Moreno EL TIEPO.

1- Maritza Romero es maestra de 31 niños de jardn en el preescolar Santo Domingo Savio, del barrio Egipto.

2- 6:30 a.m., sale de su casa en La Perseverancia. Tendr que coger dos buses para llegar a trabajar.

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