DESERTORES

DESERTORES

Carlos Pizarro, a mucho honor, fue un desertor de las Farc. Como muchos jóvenes de ese entonces, estamos hablando de los años setenta, ingresó a esa guerrilla buscando al hombre nuevo , el imaginario paradigma descrito con profético acento por el Che Guevara. A los pocos meses de trillar monte, de hacer trochas que no conducían a ninguna parte, de soportar con estoicismo los rigores de una vida de campamento inútil, de aceptar pacientemente una rutina y una disciplina para idiotas, decidió irse. Desertar. En los códigos guerrilleros, un delito capital equiparable con la traición.

01 de septiembre 2002 , 12:00 a.m.

Carlos Pizarro, a mucho honor, fue un desertor de las Farc. Como muchos jóvenes de ese entonces, estamos hablando de los años setenta, ingresó a esa guerrilla buscando al hombre nuevo , el imaginario paradigma descrito con profético acento por el Che Guevara. A los pocos meses de trillar monte, de hacer trochas que no conducían a ninguna parte, de soportar con estoicismo los rigores de una vida de campamento inútil, de aceptar pacientemente una rutina y una disciplina para idiotas, decidió irse. Desertar. En los códigos guerrilleros, un delito capital equiparable con la traición.

Es muy probable que cuando Pizarro abandonó las filas de las Farc simplemente estaba desencantado y jarto . No les podía echar la culpa a las Farc de haberse equivocado. Tampoco culparse a sí mismo por ello. Lo que tenía que hacer era encontrar su camino. Y así lo hizo. Ayudó a forjar otra organización revolucionaria más acorde con su espíritu libertario y aventurero. Y, veinte años después, cuando supo que el tiempo de las armas como instrumento transformador en Colombia había llegado al límite, abandonó la guerra, rompió el círculo de nuestras violencias eternas, abrió la trocha de la paz.

Por esa trocha ha transitado mucha gente. Al principio en grupos organizados, firmando acuerdos formales con el Gobierno Nacional, haciendo procesos de paz, intentando crear nuevas agrupaciones políticas, disputando con los tradicionales el favor popular del voto, construyendo familias, colonizando nuevos espacios sociales.

Salirse de la guerra se convirtió, entonces, en un acto legítimo. Tan legítimo que el Gobierno dictó un decreto, el 1385, que permitió la desvinculación individual de los guerrilleros, esto es, sin que medien acuerdos de paz, poder recibir los beneficios jurídicos. Más de 3.000 combatientes, en los últimos cuatro años han llegado a la civilidad mediante este derecho. En un comienzo se trató de gente rendida al Ejército. Después, se permitió que la desvinculación guerrillera no tuviese el penoso tránsito de un sometimiento a las Fuerzas Militares. Ello hizo que el número de ex combatientes aumentase considerablemente.

Hoy veo, con preocupación, que corren vientos negativos contra los procesos de desvinculación individual de la guerra. La revista Cambio, en su último número, de manera brutal y desconsiderada, presenta el acto voluntario, muchas veces digno, de abandonar las filas guerrilleras, como un negocio y como una estrategia de guerra. Un desertor vale ocho millones. Se empieza a imponer una nueva concepción de que todo tiene su precio, su tarifa? También he oído que la reinserción de estos ex combatientes la va a manejar el Ministerio de Defensa. Si esto es cierto, dicha puerta a la paz quedaría sellada. La única oferta de este Gobierno sería un cambio de bando. De bandola, como decía Salomón.

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