LA COCINA DE LAS PALABRAS

LA COCINA DE LAS PALABRAS

En febrero del 2000, la palabra changua , acopiada en los papeles del escritor colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, zarpó de Bogotá rumbo a una cita, definitiva para su destino, en la calle Academia, 1, en el centro de Madrid (España). Lo que habría de sucederle, según la interpretación del lector, sería algo equiparable a la conquista de la eternidad o un encuentro con la muerte.

21 de abril 2002 , 12:00 a.m.

En febrero del 2000, la palabra changua , acopiada en los papeles del escritor colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, zarpó de Bogotá rumbo a una cita, definitiva para su destino, en la calle Academia, 1, en el centro de Madrid (España). Lo que habría de sucederle, según la interpretación del lector, sería algo equiparable a la conquista de la eternidad o un encuentro con la muerte.

La Academia Colombiana de la Lengua consideró oportuno que el caso de changua fuera conocido por la Real Academia Española (RAE). En ésta quedaba la decisión de darle un espacio en ese libro gordo y famoso, que se cree siempre tiene la última palabra, llamado Diccionario de la Real Academia Española (DRAE). Es decir, en ese mamotreto que para algunos es el cofre protector y para otros, el cementerio de las palabras.

Changua. f. Col. Caldo preparado con cebolla, cilantro, leche y sal, que se toma antes del desayuno o con él .

Así terminó el periplo de este plato en la vigésima segunda edición del DRAE, que salió a la luz a finales del año pasado. Pero para llegar a ese punto fueron precisos correos electrónicos de ida y vuelta; lecturas y relecturas de textos donde aparece la palabra; encuestas en las regiones donde se utiliza; decisiones sobre si había que ponerle al lado la abreviatura de los colombianismos (col.) o de los americanismos (amer.) o de otra región; fue necesaria la redacción de una acepción, la consulta de los ingredientes, la investigación sobre sus usos a lo largo del tiempo y la geografía.

Para llevar una palabra al Diccionario tenemos que confirmar que está bien cocida , explica el linguista Guillermo Rojo, miembro de la Academia. No existe una receta única para ver servidos los vocablos en el famoso libro, pero un paso ineludible es que sea conocida, según el tema, por alguna de las 13 comisiones de la Academia.

Las decisiones finales son tomadas por los llamados académicos de número, unos señores muy serios, provenientes de diversas disciplinas pero unidos por su fama de conservadores, cuyo nombre en los documentos de la institución generalmente está precedido por las palabras Excelentísimo Señor Don . Son 46, uno por cada letra del alfabeto en mayúscula y minúscula, aunque algunas todavía no tienen su silla.

Para ocupar el puesto es necesario haber sido postulado por otros tres miembros y ser aprobado por el pleno. El cargo, reservado para españoles -aunque tardíos, como Mario Vargas Llosa, quien ocupa la silla L-, es vitalicio y simbólicamente remunerado. No es requisito ser hombre para pertenecer al grupo, aunque en los casi tres siglos de existencia de la RAE apenas tres mujeres han ocupado una silla.

Estos señores y señoras son los que los que aprueban, en última instancia, la aparición de una definición, las enmiendas y las reglas del lenguaje. Las juntas son los jueves, tardan una hora, se realizan en una sala de luz lúgubre, en la primera planta del edificio, y son vigiladas por los genios de las letras hispánicas: Góngora, Quevedo, Lope de Vega y otros siete, cuyos retratos cuelgan de las paredes.

Lo que allí se conversa es secreto. Los estatutos establecen que a las reuniones sólo pueden asistir las personas relacionadas con la institución. Dicen que en una oportunidad, hace unos 20 años, el rey Juan Carlos quiso estar presente en una sesión. Aquello no estaba contemplado. Para salir del aprieto, fue necesario hacerle un quiebre a las normas para complacer a su mismísima Majestad.

Ese halo de logia secreta resulta normal para Guillermo Rojo: Las reuniones son como las de cualquier grupo de académicos de una universidad , explica. Pero la escritora Ana María Matute (silla K), parece contradecirlo. El mes pasado, en tono de broma, describió la institución como un nido de carcamales (viejos decrépitos y achacosos). Para rematar, mezclando las historias de Alí Babá y Los Siete Enanitos, dijo que allí se sentía como Blancanieves y los 40 ladrones .

Método flexible.

Que los señores de la Academia sean tan formales no significa que los vocablos deban seguir un procedimiento radicalmente riguroso para hacerse a un puesto en el Diccionario. La cuestión tiene algo de tribunal o de parlamento, pero los académicos no deciden como un juez emite un fallo de tutela o como un congresista en el último día de la legislatura. En caso de duda, se hacen más consultas; si no hay quórum, la decisión se aplaza; si la cuestión no es tan seria, la propuesta pasa sin rodeos. A las palabras hay que respetarles todos sus derechos , dice Rojo.

Prácticamente las 88.431 palabras que figuran en la última edición del libro tienen su historial. Los ficheros, localizados en el sótano -y hoy también en la memoria de un computador-, contienen más de 270 millones de registros que dan cuenta de los pasos de las palabras en su existencia.

La garantía no es total, pues las 21 academias asociadas en Hispanoamérica y Filipinas trabajan con una disciplina dispar. Por eso a veces no todos los que consultan el Diccionario se sienten conformes con lo que dice.

Y cómo se sabe que una palabra está en su punto para ser servida? La norma actual, establecida en 1997, dice que cuando tenga suficientes testimonios literarios que la respalden y cuando sea utilizada en un ámbito territorial extenso o muy significativo en cuanto a su número de hablantes.

En buena medida, las palabras necesitan de abogados que las defiendan. Como el simple hecho de existir no justifica una entrada en aquellas páginas, la inclusión debe estar respaldada por la información que alleguen los académicos españoles o sus correspondientes en otras latitudes.

El Instituto Caro y Cuervo es proveedor confiable de los colombianismos. Muchas palabras que Cobo presentó en Madrid, como y changua , chacho , chulo y lulo , habían sido revisadas por esa institución en Yerbabuena, cerca de Bogotá.

Más allá de validad la palabra hay que verificar su procedencia y componerles su aceptación. En los orígenes de la Academia, era una de las cuestiones más apasionantes, pues los académicos aprovechaban para verter, a veces, no poco de poesía o ideología.

Por ejemplo, mal en 1734 era: Aquello que carece de la perfección debida a su género, y es adverso a la voluntad, que siempre apetece el bien, ya sea verdadero o aparente . Y en el 2001: Lo contrario al bien, lo que.

Hoy, se procuara que haya más ciencia de pasión y que el significado satisfaga a la mayor cantidad posible de hablantes.

Consuelo Tovar, la lexicógrafa que coordinó los americanismos de la más reciente edición del Diccionario, sale de su oficina y cuenta que acaba de componer la definición de un chilenismo: Chaucheo: conjunto de monedas de poco valor . El plato puede estar listo para pasar a la mesa. O, claramente, la palabra está a un paso de ser publicada en el boletín de la RAE y posiblemente en la próxima edición del Diccionario.

Pero hay que estar preparados para los cambios. Nosotros decimos que una definición debe ser como un corsé -explica la lexicógrafa-: que dé forma, pero que le permita a la palabra moverse y respirar .

FOTO.

1- En el centro de la sala, la bañera , la gran mesa diseñada a mediados del siglo XIX por el escritor madrileño Juan Eugenio Hartzenbuch. En ella, los académicos toman sus decisiones.

2- La sede de la institución tiene más de museo o de templo que de lugar de trabajo. El vestíbulo y las salas del edificio están llenos de columnas, mármoles, alfombras, esculturas y retratos que miran con solemnidad.

3- Actualmente, la Academia Española tiene poco idealismo y mucha técnica , dice Guillermo Rojo, quien ocupa la silla N, al referirse al proceso de renovación de la institución.

4- En este fichero, situado en el sótano, se les siguen los pasos a las palabras que aparecen el el Diccionario de la Real Academia Española.

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