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RAMÓN J.

RAMÓN J.

A veces, milagrosamente, cierto instinto de conservación salva a los países. Cuando bordeaba un peligroso vacío de poder, con tumultuosos desórdenes en la calle, ásperos debates en el congreso y una grave crisis fiscal como telón de fondo, Venezuela supo encontrar al hombre que más le convenía. Ramón J. Velásquez, su nuevo presidente, es tal vez el político más fino que tiene el vecino país. Lo conozco desde hace más de 40 años. Soy su amigo. Ramón, Ramón J. o Ramoncito, como lo llamábamos cuando era un abogado y periodista muy pobre que conspiraba contra la dictadura de Pérez Jiménez, tiene las calidades de astucia y sagacidad de un político andino, las mismas que fueron claves en la carrera de tantos caudillos dictadores o demócratas del Táchira, su tierra natal: de Cipriano Castro, de Gómez, de López Contreras, de Medina Angarita, de Pérez Jiménez o de Carlos Andrés Pérez. Tal vez en él estas condiciones son aún más destiladas. A ellas debería añadirse la cultura de un intelectua

De los personajes de su país y del nuestro lo sabe todo: hasta los chismes más traviesos, que evoca de pronto con un brillo socarrón en las pupilas, tras de sus gruesos lentes. Poetas, pintores, escritores tienen con él una eterna deuda: sabe descubrirlos y ayudarlos. Al revés de Carlos Andrés Pérez, cuya vocación de liderazgo y cierto voluntarismo le hacen subestimar riesgos, Ramón J. mide cada paso con suma cautela. Conoce a los hombres. Sabe de sus intereses, ambiciones y debilidades. Los escucha, los observa, se forma sobre ellos agudos juicios como debía hacerlo Gómez, su paisano del Táchira. Solo que es un verdadero demócrata integral, sin un pelo de dogmatismo ni de autoritarismo: un hombre de compromiso, todo hecho de matices y sutilezas, en un país cuyo mundo político tiende, por vehemencia temperamental, a la polarización.

Como tantos venezolanos de frontera, tiene nexos con nuestro país. Su bisabuelo, que era venezolano, emigró a Colombia. Fundó aquí una familia. De ahí que el abuelo de Ramón haya sido un boyacense, de Sogamoso. Su padre nació en Girón, la tierra de Galán. Don Ramón, hombre muy católico y tradicional, se reintegró a la tierra de sus antepasados, dirigió un diario en San Cristóbal y se casó con una maestra de escuela, doña Regina Mújica. De modo que Ramón J. nació en el Táchira, una región que todavía respiraba la polvareda de las huestes de Castro y de Gómez en su marcha hacia Caracas y el poder. Ramón J. y sus amigos tachirenses crecieron en aquel país asfixiado por la dictadura, donde solo en voz baja se hablaba del gobierno, oyendo por radio los debates parlamentarios de Colombia y leyendo la prensa democrática del país vecino. Le quedó la costumbre. Ramón recibe y lee todos los días este diario.

De ahí que puede hablar de uno de Los Leopardos, de Olaya, Santos o López Pumarejo con la coloquial familiaridad de un Abelardo Forero Benavides. Conociendo tan bien a Colombia, no era extraño que se convirtiese en el contertulio favorito de mi padre. Los dos eran grandes conversadores. Ramón J. era una figura de la casa. Igual que hacía con los jóvenes periodistas o escritores venezolanos, se ocupó de encontrarme trabajo cuando yo era un muchacho de 20 años recién llegado de París. Recuerdo su casita de El Conde, un barrio modesto de Caracas; recuerdo las colaboraciones que me daba para el suplemento de La Esfera y el billete de 100 bolívares que yo le llevaba en un sobre como pago de su artículo.

Escribía con toda suerte de seudónimos, vetado por la dictadura. Mi papá, un excelente catador de prosa, vivía fascinado con los perfiles políticos que escribía en una revista llamada Signo. Tenían la misma calidad de los que había hecho Alberto Lleras en Semana. Nunca he podido olvidar la mañana en que cayó preso. El era el director de la revista Elite y yo su secretario de redacción. No vino a la oficina, y nadie se atrevía a comentar lo que había pasado. Al fin, el propietario de aquella cadena de diarios y revistas, Miguel Angel Capriles, me llamó a su despacho. A través del humo del cigarro que fumaba, me dijo que Pedro Estrada, jefe de la Seguridad Nacional, había detenido en su casa a Ramón, a las cinco de la mañana. Se lo llevaban para un penal de Ciudad Bolívar. Tú lo vas a reemplazar , me dijo.

En cuanto salió libre, tres años después, nos dio hospitalidad en el periódico El Mundo a García Márquez y a mí. No recuerdo cuántos artículos, editoriales e informes políticos escribíamos en aquel primer año de democracia. Más tarde, de regreso ya en Colombia, lo encontré convertido en Secretario de la Presidencia de Rómulo Betancourt. Fue una pieza clave de su gobierno. Y nunca dejé de verlo. Cada vez que voy a Caracas y voy dos o tres veces por año nos sentamos a almorzar en un restaurante del Este. Es una delicia oírle decir finas maldades con los ojos llenos de suspicacia. Sí, es la esencia refinada del hombre de los Andes. La noticia de su designación me llegó hace 15 días a París, donde me encontraba de nuevo. La recibí, comunicada desde mi oficina, en una cabina de teléfonos en plena calle. Estaba en la Place de l Alma al final de un día muy cálido. No sirvo para escribir telegramas. Odio las frases convencionales, y no hay manera de poner tanta alegría y otros sentimientos tan sinceros en unas pocas líneas. Es muy bueno saber que en un país tan cercano a mis afectos el nuevo presidente es un viejo amigo nuestro, sin dejar por ello de ser un venezolano integral. Me pareció una medida oportuna y sagaz la de congelar, provisionalmente, durante el tiempo de su gobierno, las negociaciones sobre el Golfo. Nada puede lograrse sobre este tema en época preelectoral. Es el momento de poner énfasis en la integración y no en la que pueda ser motivo de asperezas. Ojalá lo entendamos así en Colombia, en vez de formular propuestas o debates inconvenientes.

Que esta columna sirva, pues, de telegrama. Solo admite una posdata: suerte, presidente, mucha suerte. Venezuela está en buenas manos.

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