VOLVER ERA LA VIDA DE SATURNINO

VOLVER ERA LA VIDA DE SATURNINO

Para Saturnino Ramírez, el pintor socorrano que alcanzó la fama con sus obras de prostitutas ojerosas y hombres oscuros en los billares, volver era la obsesión de su vida.

12 de junio 2002 , 12:00 a.m.

Para Saturnino Ramírez, el pintor socorrano que alcanzó la fama con sus obras de prostitutas ojerosas y hombres oscuros en los billares, volver era la obsesión de su vida.

Quienes lo conocieron aseguran que nunca, ni siquiera mientras recorría el mundo exponiendo su arte, perdió de vista que quería regresar a su tierra y, como el viajero del tango, detener su andar.

Sin embargo, al final, volver fue lo único que Saturnino Ramírez no logró hacer. El jueves pasado, un día antes de su programado regreso a la finca que había convertido en su hogar, Ramírez falleció en Bucaramanga, víctima de una cirrosis hepática.

Los amigos del pintor habían acordado encontrarlo en su finca, pero él no pudo cumplir la cita. Por eso, sentados junto a la mesa en la que sostuvieron incontables chicos de billar, aceptaron remover sus recuerdos y pintar ellos, a través de sus palabras, un retrato- más que del artista del hombre que no dudaba a la hora de convencer a sus compañeros para que estudiaran, o de cubrir con un cheque en blanco los apuros económicos de un amigo.

Los tangos de Carlos Gardel, en particular Volver, fueron, junto con las mujeres, el aguardiente y el billar, las pasiones que marcaron la vida de Ramírez.

Félix Chiappe, quien asistió con el artista a la escuela y luego a la universidad, dice: Era imposible reunirse con él sin escuchar, al menos una vez, Volver. Incluso bautizó así a su finca y pintó la imagen de Gardel a la entrada y en un mural de la casa .

La finca Volver, a 15 minutos del casco urbano de Socorro, está ubicada en un terreno de dos hectáreas de la vereda Barirí que Ramírez compró hace 15 años.

Allí, el pintor acondicionó hace tres años un estudio para trabajar en sus obras y una sala equipada con un piano, un bar, una rocola y una mesa de billar.

Víctor Vásquez, otro amigo de toda la vida, afirma que esa finca era para Ramírez su refugio, al que acudió para pasar los últimos meses de su vida, luego de vivir por casi dos décadas en París. El volvió a sus raíces y volvió a vivir , sostiene.

Pedro Ramírez, el hermano, dice que no le extraña que haya cambiado los cafés parisienses por los billares socorranos que conoció en su adolescencia: El era oriundo de aquí. Aquí tenía su familia y sus amigos. Quería mucho a su tierra. Incluso se la pasaba descalzo en la finca porque, en el fondo, Saturnino nunca dejó de ser un hombre arraigado al campo .

Reencontrado con la naturaleza, Ramírez solía dedicarse a jugar con sus perros y a alimentar a las aves. Por eso no era raro verlo soltar los pinceles para irse a sembrar un arbolito o a consentir a los animales. La finca se convirtió en su última pintura , dice su hermano.

Chiappe agrega: Pienso que los mejores meses de Saturnino fueron los dos últimos, en los que adquirió una mirada totalmente nueva acerca de lo que fue su vida. Empezó a hablar del Socio de arriba y quiso comulgar regularmente hasta que murió. Cada crisis le traía nuevos cambios a su vida. Era como si quisiera ocuparse de sus asuntos pendientes .

Vásquez sostiene: Mucha gente se le acercaba en el propósito de la parranda desbocada, pero al final él sabía que no podía seguir así. Tal vez tengo el triste honor de haberme tomado el último trago con él, el Domingo de Ramos, un día antes de que dijera no más .

En su estudio quedaron varios lienzos y esculturas sin concluir, así como propósitos sociales para los estudiantes de la vereda Barirí.

Y aunque no faltaron las lágrimas a la hora de contar sus recuerdos y confirmar que es un soplo la vida , los seres queridos de Saturnino Ramírez dicen que recordarlo sin tristezas es el mejor homenaje que pueden rendirle al amigo que no pudo volver.

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