UN INVENTO AUSTRALIANO HA CONVERTIDO EL LIBRO EN UNA TARJETA DE CRÉDITO EL PANTALLAZO DEL LIBRO

UN INVENTO AUSTRALIANO HA CONVERTIDO EL LIBRO EN UNA TARJETA DE CRÉDITO EL PANTALLAZO DEL LIBRO

Ha llegado la hora de una revolución del libro. La primera en 16 siglos. Un cambio solo en su apariencia. Pues el propósito esencial del libro no ha cambiado en cinco milenios, y no lo hará en un futuro predecible. Nada puede sustituir a la palabra escrita, en cierta forma portátil y permanente, que permite que pase de mano en mano.

13 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

Se oye decir una ilustración vale por mil palabras , pero no hay que creerlo. Solo ocasionalmente --para quien sea analfabeto, o cuando alguien trata de describir algo complicado-- pero no por regla general. El monólogo de Hamlet tiene 260 palabras: sería posible explicarlo con una ilustración, o, llegado el caso, con 260 ilustraciones? No, la palabra es lo que vale, pero la forma de presentarla ha cambiado. Los escritos más antiguos (listas de impuestos, actas, cartas, historias que por su extensión son libros ) fueron producidos por los sumerios hace unos 5.000 años.

Los símbolos eran impresos con un punzón en tabletas de greda que se cocían para darles apariencia de piedra artificial. La epopeya más antigua del mundo que haya sobrevivido, la de Gilgamés, apareció así.

Otras escrituras sobre superficies duras (con un instrumento puntiagudo sobre una tableta encerrada, tiza sobre un fragmento de pizarra) son útiles, pero no permanentes como libros. Y las tallas en columnas de piedra son permanentes, pero no portátiles como libros.

Los antiguos egipcios fueron los primeros en escribir palabras en una superficie delgada y flexible, utilizando tinta sobre papiro (la parte medular de un tallo de caña). Ese principio aún se utiliza con tintas y escritura mejoradas. Antiguamente, los amanuenses escribían en pergamino o corteza de árboles. Hoy el papel se consigue a menor precio del que pudo tener el papiro, y es más abundante. Los egipcios aplicaban la tinta con pinceles finos, pero a partir de entonces se han utilizado plumas de aves con el cañón recortado, plumas de acero, estilográficas, bolígros... Todo dentro de la categoría general de tinta sobre papel.

Estas hojas de papiro eran pegadas en los extremos para formar un pliego ininterrumpido y enrollado en una espiral apretada, lo que permitía trasladarlo como un libro bastante extenso.

Para leerlo bastaba desenrollarlo con una mano y enrollarlo nuevamente con la otra, mientras se dejaba a la vista una sola página. La palabra volumen viene de la palabra latina enrollar, y se refiere al viejo rollo de papiro.

Pero en el siglo IV apareció el códice . En él, las hojas separadas de papiro (de pergamino o de papel) se colocaban unas sobre otras y se encuadernaban por un extremo, dando por resultado el tipo de libro de hoy.

El códice es más práctico que el rollo; permite pasar varias páginas a la vez y puede contener mayor información, sin que esto dificulte su manejo. Además, pueden utilizarse así ambos lados de la página.

Es obvio que cuando los libros se escribían a mano su producción era pequeña, y mucho menor el número de copias de uno en particular. Por eso gran parte de los libros antiguos están irremediablemente perdidos.

En el siglo XV, no obstante, se introdujo la impresión con tipos móviles y los libros se multiplicaron. Con adelantos en la impresión se han producido rápidamente millones de copias de libros individuales.

Pero estamos en la era de la electrónica y podemos comprimir palabras en áreas diminutas de circuitos microintegrados en un computador. Un libro completo, inclusive del tamaño de la Biblia, puede ser reducido al tamaño de una tarjeta de crédito. Adelantos de esta naturaleza son los que ya puede hacer una compañía australiana.

Como es apenas natural, para poder leer un libro comprimido electrónicamente se necesita un instrumento con una pantalla en que aparezcan las palabras del libro, para adelantar y retroceder, para encontrar rápidamente una página en particular... Este instrumento también existe y tiene el tamaño aproximado de un libro ordinario.

El scanner, o unidad exploradora, puede transportarse fácilmente junto con una cajita que contiene una docena de tarjetas que representan varias semanas de lectura. Cuando estas cosas se consigan en el mercado, es indudable que serán más costosas que los libros ordinarios, pero a la larga el precio debe rebajar. Además, en una estantería más bien pequeña podrá acomodarse una enorme biblioteca.

La unidad exploradora necesitará la energía de pequeñas baterías nucleares capaces de resistir años de uso frecuente. Estos libros se convertirán en nueva fuente de fatiga visual? No, porque el brillo de la pantalla puede ser ajustado o amortiguado.

El libro electrónico no se parecerá mucho a un rollo de pergamino. No podremos desenrollarlo --u hojearlo-- pero tampoco se le doblarán las puntas.

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