LAS GAFAS DEL PRESIDENTE

LAS GAFAS DEL PRESIDENTE

Como las decisiones del destino son inescrutables, a Germán Santamaría, Carlos Duque y Alvaro Uribe Vélez el destino se les cruzó un día con la figura más inesperada de este mundo: disfrazado de anteojos para miope en la esquina de un parque.

16 de junio 2002 , 12:00 a. m.

Como las decisiones del destino son inescrutables, a Germán Santamaría, Carlos Duque y Alvaro Uribe Vélez el destino se les cruzó un día con la figura más inesperada de este mundo: disfrazado de anteojos para miope en la esquina de un parque.

Santamaría es un prestigioso periodista que dirige la revista Diners, Duque tiene una agencia de publicidad y asesorías para disimular su verdadera vocación de fotógrafo, y Uribe Vélez, como ya se sabe, acaba de ganar las elecciones para la Presidencia de Colombia. El parque, por su parte, queda en el norte de Bogotá, rodeado de árboles y restaurantes.

Los hechos que componen la trama de esta historia, con la cual el destino los revolvió a los tres como si fueran un crucigrama, empezaron a desencadenarse una tarde lluviosa de septiembre, hace casi dos años, y era jueves, que desde los tiempos de los alquimistas es el día preferido del destino para hacer sus travesuras.

A las tres de la tarde de ese jueves, Santamaría decidió hacer la digestión del almuerzo y atravesó caminando el parque de la calle 93 para visitar a Duque, que tiene su oficina en esas inmediaciones, tomada en arriendo a Fabio Echeverri Correa. En la mitad del camino se encontró a Uribe Vélez, que venía en sentido contrario. El periodista recuerda ahora que el antiguo gobernador de Antioquía andaba solo. Tal vez iba con un amigo suyo dice Santamaría porque en esa época no había ninguna amenaza. Ni siquiera la amenaza de que ganara .

Se saludaron. Se habían visto una o dos veces en la vida. El destino, que no descansa ni pierde el tiempo haciendo digestiones, empezó en ese preciso momento a tejer la urdimbre del futuro. No importa que en ese entonces Uribe tuviera entre los ciudadanos tres raquíticos puntos de simpatía, que apenas eran comparables con el margen de error de las encuestas.

-Ayúdeme- le suplicó Uribe al periodista-, porque estoy muy solo. Quiero ser candidato, pero por fuera del Partido Liberal, y necesito mucha ayuda.

Uribe Vélez, que siempre ha tenido la virtud de parecer más joven de lo que es, ahora parecía un hombre humilde y desamparado. Se despidieron y Santamaría siguió su camino.

Media hora después, le contó a su amigo el episodio completo. Duque, que ya había trabajado con varios candidatos y en varias elecciones diferentes, se puso a pensar con seriedad en el asunto. Si el proceso de paz no funciona dijo , este hombre puede ser Presidente . Se entusiasmaron con la idea y una semana después lo llamaron por teléfono. Dijeron que querían entrevistarlo en su casa campestre de Medellín para la siguiente edición de Diners. La cita quedó concertada para el lunes.

Duque, que tiene merecida fama de ser quisquilloso y perfeccionista en su trabajo, se rascó la cabeza.

-Lo que pasa-le explicó a Santamaría- es que a mí no me gustan las gafas que usa Uribe. Parece el odontólogo de un pueblo antioqueño. Hay que cambiárselas para las fotos, porque esas gafas le hacen daño a él y a la revista.

Santamaría pensó que Duque le estaba tomando el pelo, hasta que se vio arrastrado a una óptica que queda en cercanías del parque. Los espejuelos que venden en ese establecimiento son de lujo: Armani, Gucci, Christian Dior y otros aparatos del mismo calibre. Mostrando cédulas y credenciales, echando labia y haciendo promesas, convencieron al dueño para que les permitiera llevarse tres pares con el propósito de probarlos. El señor dijo que sí me cuenta Santamaría , pero con dos condiciones: que le dejáramos un depósito de un millón de pesos, que era el precio de cada una de las gafas, y que al final del cuento le compráramos por lo menos un par .

Santamaría, atacado por los nervios, sacó su chequera, a la que él llama mi chequerita , no sé si con ternura o con dolor. Con ambas cosas , aclara él. Firmó el cheque de la garantía con mano temblorosa.

El lunes, cargados de gafas y de entusiasmo, a las siete de la mañana desayunaron con la familia Uribe en su casa de las afueras de Medellín: arepas antioqueñas, chocolate humeante, queso blanco y huevos revueltos con cebolla y tomate. De repente dijo, como al desgaire:.

-Germán: cuéntele al doctor Uribe lo que hemos pensado de sus gafas.

Santamaría, que es un hombre muy excitable, se atragantó con el queso. Más tartamudo que de costumbre, miró a Uribe con piedad, y le dijo: Es que Duque dice que sus gafas son muy feas, muy grandes y muy anticuadas. Queremos probarle otras .

Al principio, Uribe estaba reacio. El fotógrafo sacó su cámara instantánea, la de hacer las pruebas, y le propuso que se sometiera a ellas. La víctima aceptó. Primero lo retrataron con sus anteojos propios y luego con las muestras de la óptica de Bogotá. Pusieron las fotos sobre la mesa, como en una exposición. En ese momento, la señora de Uribe, Lina María Moreno, aceptó servir de árbitro y escogió las que mejor le quedaban: las de Armani.

Uribe, montado a caballo, y con su interminable colección de sombreros de todas las formas y colores, fue retratado de frente, por arriba y por debajo con las famosas gafas. Volvieron a la casa para el almuerzo. Fue en ese instante, agarrando indefenso a su compañero, cuando Duque, que es un bromista de las grandes ligas, le dijo a Uribe con absoluta seriedad:.

-Esas gafas le quedan tan bien, que son para siempre. La revista Diners, a través de su director aquí presente, don Germán Santamaría, se las regala con mucho gusto.

Santamaría sintió que los huevos del desayuno se le revolvían en el esófago con los fríjoles del almuerzo, sintió que le faltaba el aire, que se estaba poniendo pálido, pensó en la chequerita e intentó darle una patada a Duque por debajo de la mesa, pero él, que la vio venir, ya había puesto la espinilla a buen recaudo.

El destino, que los estaba siguiendo sigilosamente desde que los vio aquel jueves en el parque de Bogotá, apareció otra vez cuando se estaban despidiendo en el aeropuerto de Medellín.

-Yo recuerdo mucho el célebre afiche que usted le hizo a Luis Carlos Galán-le dijo Uribe a Duque . No se comprometa con otra campaña y después hablamos.

La entrevista y las fotos fueron publicadas en la edición de octubre del 2000. Dos años después, en mayo del 2002, Uribe había ganado la Presidencia, además de las gafas, que son las mismas que todavía usa. Duque, en su condición de jefe publicitario, había ganado otra contienda electoral y Fabio Echeverri Correa-el hombre que le alquilaba aquella oficina en el parque- también ganó, como director general de la campaña. El único que perdió fue Santamaría: perdió un millón de pesos en una óptica.

El presidente electo Alvaro Uribe, con las gafas del cuento (Foto, cortesía Carlos Duque / Revista Diners).

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