PURGAR LA CORRUPCIÓN UNIFORMADA

PURGAR LA CORRUPCIÓN UNIFORMADA

Grave, de toda gravedad, en esta crítica coyuntura que atraviesa Colombia, que en las instituciones encargadas de la seguridad nacional se instale el cáncer de la corrupción. Son de veras alarmantes las revelaciones que salpican a la Policía Nacional y a sectores de las Fuerzas Militares en momentos en que la comunidad internacional y, en especial, Estados Unidos tienen concentrada su atención en la conducta de estos cuerpos, con el fin de definir la ayuda que darán al país para combatir el narcotráfico y el terrorismo. Y, sobre todo, cuando las Fuerzas Armadas concitan hoy, como nunca antes, la confianza y la esperanza de un pueblo agobiado por la violencia, el terrorismo y el secuestro. Así lo confirman todas las encuestas de opinión de los últimos tres años, que señalan unos topes sin precedentes en la imagen positiva que estas suscitan entre el público.

18 de junio 2002 , 12:00 a. m.

Grave, de toda gravedad, en esta crítica coyuntura que atraviesa Colombia, que en las instituciones encargadas de la seguridad nacional se instale el cáncer de la corrupción. Son de veras alarmantes las revelaciones que salpican a la Policía Nacional y a sectores de las Fuerzas Militares en momentos en que la comunidad internacional y, en especial, Estados Unidos tienen concentrada su atención en la conducta de estos cuerpos, con el fin de definir la ayuda que darán al país para combatir el narcotráfico y el terrorismo. Y, sobre todo, cuando las Fuerzas Armadas concitan hoy, como nunca antes, la confianza y la esperanza de un pueblo agobiado por la violencia, el terrorismo y el secuestro. Así lo confirman todas las encuestas de opinión de los últimos tres años, que señalan unos topes sin precedentes en la imagen positiva que estas suscitan entre el público.

Por eso, los síntomas de corrupción resultan tan preocupantes, como desconcertante el silencio del presidente Andrés Pastrana frente a la avalancha de denuncias. Y aunque las investigaciones no han concluido ni se puede prejuzgar, los indicios son desoladores. En un lapso muy corto, en tres de las cuatro armas de la fuerza pública han estallado escándalos cuyo significado no debe subestimarse. La Fiscalía, la Procuraduría y el DAS investigan a un alto número de civiles y uniformados, incluyendo a oficiales activos del Ejército, la Armada y la Policía, por acusaciones que van desde la malversación de fondos y la complicidad con el contrabando de armas, hasta participación en bandas de secuestradores y la existencia de insólitas conexiones entre un alto oficial de la Policía y un jefe de las Farc de Cundinamarca.

Un destacado mayor y 17 civiles al servicio del Comando del Ejército están implicados en la introducción clandestina de 7.640 fusiles, que fueron a parar a manos de las Auc. En la Armada Nacional, nueve oficiales podrían terminar en prisión por el manejo irregular de casi 800 millones de pesos en contrataciones, adquisición de bienes, servicios y obras, girados al Fondo Rotatorio de esa fuerza.

En la Policía continúa ampliándose el círculo de los implicados en la malversación de fondos donados por Estados Unidos para la lucha antidrogas, con la vinculación a la investigación que lleva a cabo la Procuraduría de 60 miembros de esta institución. Entre otros, del ex secretario privado del director de la Policía, coronel Edgar Guillermo Bejarano, sobre quien también hay indicios de una extraña relación con las Farc. A lo anterior se agrega la investigación iniciada por la Fiscalía, tras las graves revelaciones de la revista Cambio sobre multimillonarias inversiones del jefe de seguridad personal del presidente Pastrana, coronel Royne Elías Chaves, a quien le fue aceptada su renuncia a ese cargo.

Por otra parte, en el interior de la Policía Nacional parece existir una pugna de facciones, que se expresa en una sórdida guerra de anónimos y en periódicas amenazas, también anónimas, a los periodistas que se ocupan de estos temas. Todos estos factores contribuyen a la desmoralización de los elementos más honestos y capaces de la institución, que son la gran mayoría. Y si a esto se suma el desgaste que significan las permanentes fricciones y prevenciones con el Ejército, se hace necesario pensar seriamente en la conveniencia de que la Policía vuelva a depender del Ministerio del Interior.

Es evidente que, además de resultados más contundentes y convincentes en la lucha contra la guerrilla y los paramilitares, en la lista de prioridades de la fuerza pública debe figurar la drástica limpieza de sus propias filas. La institución armada es la primera que debe dar ejemplo de probidad en un país desgarrado por una guerra interna como la nuestra, en la que todos los días mueren decenas de jóvenes, soldados y policías. Ni el Gobierno, ni la ciudadanía, ni los uniformados que son fieles a su deber pueden tolerar que las Fuerzas Armadas defrauden la confianza que la nación ha depositado en ellas.

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