UNA ESTRATEGIA EQUIVOCADA

UNA ESTRATEGIA EQUIVOCADA

El anuncio de que la campaña de aspersión aérea de cultivos de coca y amapola está en sus máximos niveles y el informe del Departamento de Estado al Congreso de los Estados Unidos, en el que la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA) de ese país certifica que la fumigación no es nociva, vuelven a poner sobre el tapete un debate capital para Colombia.

10 de septiembre 2002 , 12:00 a.m.

El anuncio de que la campaña de aspersión aérea de cultivos de coca y amapola está en sus máximos niveles y el informe del Departamento de Estado al Congreso de los Estados Unidos, en el que la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA) de ese país certifica que la fumigación no es nociva, vuelven a poner sobre el tapete un debate capital para Colombia.

El gobierno de Estados Unidos, que considera la aspersión aérea piedra angular del Plan Colombia, sólo esperaba esta certificación -exigida por el Congreso- para reanudar la ayuda para fumigación. El presidente Uribe, por su parte, ha insistido en que se va a fumigar a como dé lugar. Nos espera, pues, una verdadera lluvia de glifosato.

Es nocivo hacerlo? Si bien el debate entre expertos no tiene fin, sí hay amplia evidencia de que se destruyen cultivos de pancoger de un campesinado al que la globalización y los subsidios a la agricultura en los países ricos han echado en brazos del negocio agrario moderno más rentable: los cultivos ilícitos. Por recomendación de la EPA, el químico empleado en nuestro país va a ser sustituido por otro de menor toxicidad. El lobo, pues, no sería tan bueno como lo pintan.

Sirve fumigar? Visto a escala de un país aislado, puede parecerlo. Según los norteamericanos y el consejero de seguridad del pasado gobierno, una vez que la dinámica de erradicación supere a la de siembra, cosa que espera lograrse con esta redoblada campaña de aspersión y varias nuevas bases para ampliarla, sería cuestión de unos años acabar la coca.

El problema es que en los ámbitos regional y global las políticas de erradicación forzosa de los Estados Unidos (sólo Colombia permite la fumigación) simplemente han redistribuido la producción. El mercado y la demanda siguen siendo del mismo tamaño; sólo cambian los proveedores. Con la erradicación en Perú y Bolivia, la coca migró a Colombia, y el desplazamiento de las mafias del Triángulo de Oro asiático hoy tiene a nuestro país abasteciendo buena parte de la demanda de opio y heroína en Estados Unidos.

La campaña fumigadora ha reducido los cultivos en Putumayo. Pero hay serios indicios de que estos se han desplazado hacia Nariño, Arauca, Guaviare y otras zonas (sin contar con que crecen de nuevo en Perú y Bolivia). La ONU, que recientemente anunció, con datos de noviembre de 2001, una ligera disminución en las hectáreas de coca en Colombia, acepta que, pese a ello, el número de toneladas de cocaína producidas es el mismo, es decir, que la productividad ha aumentado. Y los proyectos de desarrollo alternativo, en su mayoría difíciles de implementar en zonas dominadas por grupos armados, arrojan magros resultados -cuando no se ven, por accidente, fumigados-, como acaba de suceder en varias veredas de Orito (Putumayo).

Más que si es dañina, la cuestión de fondo es que la aspersión aérea no es sino una táctica en el marco de la equivocada estrategia estadounidense de guerra contra las drogas. La evidencia internacional así lo sugiere. El problema de las drogas ilícitas es mundial, no nacional; es de demanda, no de producción. Se fumiga aquí y aparece en otro lado. Eso es lo que está pasando dentro de Colombia, dentro de la región andina y, a nivel global, entre zonas productoras.

Revelador de las fallas de esta estrategia es que, mientras se afectan cultivos, campesinos y entorno, se descuidan mecanismos como la interdicción aérea y la extinción de dominio, que atacan el corazón de los narcos : su capacidad de transporte y su bolsillo. A Washington parece importarle más la pareja de misioneros que murió en una avioneta accidentalmente abatida en Perú, lo que llevó a suspender la interdicción aérea, que la suerte de millones de campesinos latinoamericanos (la Contraloría calcula que en el 2000 la coca generaba más de una quinta parte del empleo agrario en Colombia).

Está bien que el Gobierno agilice la extinción de dominio. Pero lo clave no son los trámites sino el destino de esos bienes: con la tierra de los narcotraficantes (la mitad de las mejores tierras del país) se podría hacer una reforma agraria que cambiaría a Colombia. Perú tuvo el valor de suspender la erradicación forzosa en su territorio. Aquí podríamos, al menos, revaluar la fumigación.

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