LA HONORABLE OSCURIDAD

LA HONORABLE OSCURIDAD

A un periódico le resulta prácticamente imposible tener una cobertura completa de las elecciones al Congreso. Las razones saltan a la vista: es tal la cantidad de listas (cerca de 1.227), las combinaciones de candidaturas, la feria de los avales, que cualquier esfuerzo informativo naufraga en medio de ese mar enredado de anzuelos.

10 de marzo 2002 , 12:00 a. m.

A un periódico le resulta prácticamente imposible tener una cobertura completa de las elecciones al Congreso. Las razones saltan a la vista: es tal la cantidad de listas (cerca de 1.227), las combinaciones de candidaturas, la feria de los avales, que cualquier esfuerzo informativo naufraga en medio de ese mar enredado de anzuelos.

Una vez el domingo pasado el editorial de EL TIEMPO publicó una lista de candidatos recomendables, con sus respectivos números de tarjetón, empezaron a llegar protestas. Desde los que afirmaban que el periódico cayó en la reiteración de los mismos con las mismas, olvidando a ciudadanos que se presentaban por primera vez a las elecciones y que exhiben importantes y transparentes hojas de vida, hasta quienes manifestaban que lo mejor que podía haber hecho el periódico era guardar una necesaria neutralidad.

No soy partidario de que los periódicos se pronuncien sobre candidatos, aunque creo que las directivas están en su legítimo derecho de hacerlo.

Siempre y cuando se diferencien, tajante y claramente, los pronunciamientos editoriales del manejo informativo, es decir, que las preferencias que se hacen visibles no contaminen la independencia informativa del periódico. Así lo acepta el Manual de Redacción cuando señala expresamente que EL TIEMPO no servirá de incubadora para candidatos de ninguna naturaleza, ni estará al servicio de intereses personalistas o ajenos al bien de la comunidad. Lo anterior no excluye el ejercicio de la libertad que tiene el periódico de acoger y apoyar, editorialmente, a uno o varios candidatos cuando lo considere conveniente para el bien común . Y, posiblemente, nunca como ahora es tan necesario que los ciudadanos elijamos un Congreso que ayude a superar la gravísima situación que vive el país.

Se debe resaltar que en la lista de candidatos recomendados por el editorial figuran ciudadanos y ciudadanas de diferentes vertientes políticas. Algunos de ellos ubicados en los extremos del espectro político. Lo que está bien y hace honor al Manual de Redacción, que afirma que EL TIEMPO, como diario liberal y demócrata, es independiente de cualquier directiva política y de todo grupo .

En este país, también los columnistas de opinión sienten el deber de comunicarles a sus lectores su intención de voto y, en algunos casos, de hacerlo de forma sospechosamente vehemente. Les asiste un legítimo derecho.

Sin embargo, creo que es mejor cumplirlo en lo privado que pregonarlo en lo público. Parten, probablemente, de la necesidad de "orientar", de "guiar", de ayudar a otros a tomar aquellas decisiones para las que, supuestamente, ya tienen suficiente uso de razón.

Pero el colmo fue la publicación, el domingo pasado, de una caricatura de Grosso en la que invitaba a votar por una lista de candidatos con nombres propios y, según su autor, para no votar en contra de Colombia . Y para que no quedaran dudas de su intención, en vez de la rutinaria publicidad política pagada colocó -sin ningún asomo de humor- el lema publicidad política para propagar .

Esto sí es, como dirían los jóvenes, la tapa . Porque lo que se espera de un caricaturista es que sus trabajos se conviertan en una zona de libertad sin compromisos, de crítica sin ataduras. La caricatura es el aguijón contra todos los poderes, el dardo contra todas las seguridades. La sociedad espera de sus caricaturistas que hagan uso de la ironía, sin contemplaciones; que apliquen las estrategias del humor para quitar máscaras y revelar aquello que muchos prefieren guardar para no incomodar ni incomodarse.

Pero lo que no se espera de un caricaturista es que use su espacio privilegiado de opinión para recomendar a candidatos, así sean supuestamente los mejores o los más capacitados, porque termina comprometiendo lo que es su capital más preciado: la independencia.

Creo que lo que esperamos de los caricaturistas es más la irreverencia que las recomendaciones, las críticas contundentes que los buenos consejos electorales.

Para pasar este trago amargo, voy a uno de mis libros de cabecera, el Diccionario del diablo, del gran periodista e ironista Ambrose Bierce, que define así a un candidato: "Caballero modesto que renuncia a la distinción de la vida privada y busca afanosamente la honorable oscuridad de la función pública".

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