GABRIELA CLAVO Y CANELA

GABRIELA CLAVO Y CANELA

Ilhéus, 1925. Esta ciudad en crecimiento competía con la de Salvador de Bahía en materia de exportación de Cacao. La palabra progreso estaba de moda ahora que habían terminado las guerras por la tierra en la que se habían impuesto como dueños de las haciendas aquellos más sanguinarios. Ahora, los ricos terratenientes, algunos hasta analfabetas, eran llamados Coroneles y aún añoraban la ley de honor y armas que había imperado durante la formación de Ilhéus.

19 de junio 2002 , 12:00 a. m.

Ilhéus, 1925. Esta ciudad en crecimiento competía con la de Salvador de Bahía en materia de exportación de Cacao. La palabra progreso estaba de moda ahora que habían terminado las guerras por la tierra en la que se habían impuesto como dueños de las haciendas aquellos más sanguinarios. Ahora, los ricos terratenientes, algunos hasta analfabetas, eran llamados Coroneles y aún añoraban la ley de honor y armas que había imperado durante la formación de Ilhéus.

La ciudad, cuyo centro cultural era apenas la papelería Modelo y su único diario, el Diario de Ilheús apenas publicaba sus primeros números. Era la tierra prometida de muchos inmigrantes que se acercaban en busca de trabajo en las plantaciones de cacao, a sabiendas de que los primeros que llegaron con una mano adelante y la otra atrás se llenaron de dinero en poco tiempo. Allí vivía el árabe Nacib, que se quedó sin cocinera a la víspera de la cena de fundación de la nueva compañía transportadora.

También allí vivían: el coronel Ramiro Bastos, el mandamás de la zona, ya anciano, que veía temblar su poder ante la sangre joven del exportador Mundiño Falcao; las hermanas Dos Reis, dos ancianas solteronas sin más fin en la vida que armar un gigantesco pesebre cada Navidad; la bella Glória, manceba de otro coronel, instalada siempre en la ventana de una de las calles principales que ofendía con sus atributos la mirada de la gente decente; el profesor Josue, enamorado de Malvina, la hija del coronel Melk Tavares, que desviaba siempre sus ojos hacia la ventana; Tonico Bastos, el hijo del coronel Bastos, que cautivaba a las mujeres con su apostura y, sin embargo, temía los celos de su mujer.

Nacib se quedó sin cocinera el mismo día en el que el Coronel Jesuino Mendoza mató a su mujer, doña Sinhy a su amante, el odontólogo Osmundo. Fue ese mismo día, al atardecer, cuando encontró a Gabriela en el mercado de esclavos , entre los recién llegados que buscaban mejor fortuna en Illhéus. Inicialmente, Nacib dudó de contratar a Gabriela, cuya belleza, oculta por la suciedad del viaje, solo fue descubierta por él cuando la muchacha ya estaba en su casa. No pasaron dos noches sin que la hiciera suya, ni tres meses sin que los demás hombres de Ilhéus rondaran a la nueva cocinera del árabe con intenciones de usarla para su propio beneficio.

En esos mismos meses, Nacib, que comenzó a acostarse con Gabriela solo por no tener más que hacer, se dio cuenta de que no podría vivir sin ella. Y la muchacha, aconsejada por una sabia vecina supo que estaba en su poder convertirse en la esposa de Nacib. El romance entre el árabe y la cocinera se fue dando, como sin querer, en medio de las luchas políticas que se daban mediadas por discursos políticos y por quema de ediciones del periódico. Pero con el matrimonio llegó el desencanto, la infidelidad de Gabriela con el atractivo Tonico, el descasamiento del árabe y la congoja.

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