LA SALVEDAD ANTE LA CPI REVELA NUESTRO DESPELOTE

LA SALVEDAD ANTE LA CPI REVELA NUESTRO DESPELOTE

Se le ponen a uno los pelos de punta cuando extiende sobre la mesa el escándalo de la salvedad colombiana al tratado que crea la Corte Penal Internacional (CPI) e intenta averiguar qué ha pasado.

11 de septiembre 2002 , 12:00 a.m.

Se le ponen a uno los pelos de punta cuando extiende sobre la mesa el escándalo de la salvedad colombiana al tratado que crea la Corte Penal Internacional (CPI) e intenta averiguar qué ha pasado.

Es incomprensible el escaso juicio que rodea todo este asunto. No se entiende cómo los gobiernos de Pastrana y Uribe pudieron pensar que podían plantear semejante medida -buena o mala- sin contar antes con un intachable ejercicio de transparencia y una sólida labor de convencimiento de los demás poderes y de la opinión pública. Tampoco se entiende cómo un detalle tan gordo se les pasó por entre las piernas al Congreso de la República, la Corte Constitucional y la prensa. Ni se comprende la renuencia del gobierno anterior a convocar la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, que le habría ahorrado este dolor de cabeza si hubiera podido conocerlo en el momento oportuno.

Una vez revelada la salvedad suscrita por Colombia durante siete años a llevar ante la CPI ciertos crímenes de guerra (secuestros, ataques a población civil, reclutamiento menores, torturas, etc.), me parece que buena parte de las reacciones han sido emotivas y excesivas. Desde un senador que acusa al gobierno de otorgar con la salvedad "patente de corso" a las Farc, el Eln y las Auc, hasta una corresponsal española según la cual se trata de "una bajada de pantalones ante los violentos". En medio, protesta el Procurador -aunque reconoce que las relaciones internacionales no son competencia suya-, protestan las ONG, protesta la Corte Constitucional -que no logró ver el bicho a tiempo-, protestan los editoriales, protestan los columnistas y, para acabar de completar el desconcierto, protestan incluso las agrupaciones en cuyo beneficio se hizo la salvedad. Las Farc dicen que con esta excepción se quiere "dejar en la impunidad los crímenes del Estado Terrorista de Colombia", mientras que la extrema derecha considera que se le ha hecho una insólita venia a las atrocidades de la guerrilla.

La manera como los dos gobiernos manejaron la excepción no tiene excusa. Lo hicieron torpemente, a escondidas de la opinión pública, y han salido a defenderla mal y tarde. Ha sido clave la actitud embozada de las dos cancillerías y del embajador en la ONU para que la gente desconfíe de lo que se hizo con sana intención.

El ex canciller de Pastrana y el consejero de paz de Uribe han dicho que intentaban "dejar abiertas las puertas para manejar una posible negociación de paz".

Debo decir con humilde sinceridad que estoy con ellos. No me parece un error conservar esa carta de negociación que la salvedad confiere. Quienes creemos que la situación colombiana debe tener una salida política deberíamos valorar con más serenidad lo que implica el instrumento firmado por Uribe. Revela, primero, que el gobierno no está tan convencido de la guerra como fórmula final para nuestros problemas. Y acepta, además, que, como aconsejaba Robert Kennedy, una confrontación necesita preservar salidas decorosas para los rivales. De no haber consignado la excepción en el momento e instrumento que lo hizo, se habría perdido esta posible baza. No tiene nada de terrible haberla guardado, sobre todo a sabiendas de que es sencillísmo renunciar a ella.

Si de algún defecto adolece esta carta es que se trata de una opción mucho menos importante de lo que suponen sus escandalizados opositores. El camino hasta la CPI es absolutamente excepcional, largo y erizado de condiciones. Quien crea que todo el que cometa un crimen de guerra será llevado en un avión a La Haya para que lo juzguen unos magistrados ante la televisión fue que leyó la versión Walt Disney del tratado de Roma. La CPI no es una panacea ni un recurso de fácil acceso. Es preciso agotar una serie de instancias de la justicia doméstica e incluso acudir a otros tratados binacionales antes de una hipotética acusación ante ese tribunal.

La salvedad no aparta a la CPI para conocer delitos como genocidio y lesa humanidad. Tampoco inhibe a la justicia colombiana para actuar contra quienes incurran en los delitos que el artículo 124 autoriza a excluir como parte de un período de transición. Pero unos cuantos personajes violentos pueden pensar que, al crearse el TPI, ya es inútil dejar las armas de manera negociada, porque La Haya será su destino final. Al guardar el gobierno la facultad de desmontar o no esta expectativa, tiene un elemento más para una negociación. Si sirve para acercarse eventualmente a la paz, para qué quemarlo?.

Muchos ven en la salvedad un mensaje estimulante para los violentos. Yo lo interpreto como un mensaje estimulante sobre el hecho de que, en el fondo del baúl, y diga lo que diga, el gobierno piensa que esto no se arregla a punta de plomo.

* * *.

Cuando una repasa los terribles sucesos que ocurrieron hoy hace un año en Nueva York y Washington y ve la capacidad de hacer daño que puede tener una manotada delirante de fanáticos, percibe la fragilidad del entramado mundial: elefantes que bailan sobre telarañas.

cambalache@mail.ddnet.es

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