UNA DECISIÓN SALOMÓNICA

UNA DECISIÓN SALOMÓNICA

En las elecciones del domingo, el voto de opinión siguió dos direcciones distintas. Después de años de ridículas negociaciones, la mayoría de los colombianos quieren un gobierno con autoridad, capaz de responder con fuerza a la guerrilla, pero que esté dispuesto, si ésta muestra voluntad de paz, a negociar con seriedad. Por esto, votaron por los candidatos de Uribe, en anticipo de una elección anunciada, en la que hasta la primera vuelta sobra.

12 de marzo 2002 , 12:00 a. m.

En las elecciones del domingo, el voto de opinión siguió dos direcciones distintas. Después de años de ridículas negociaciones, la mayoría de los colombianos quieren un gobierno con autoridad, capaz de responder con fuerza a la guerrilla, pero que esté dispuesto, si ésta muestra voluntad de paz, a negociar con seriedad. Por esto, votaron por los candidatos de Uribe, en anticipo de una elección anunciada, en la que hasta la primera vuelta sobra.

De otro lado, el voto por Antonio Navarro, Carlos Gaviria, Jesús Piñacué o Jorge Robledo, muestra la inquietud frente a unos gobiernos que no han sido capaces de enfrentar los problemas producidos por las crisis económicas, el desempleo y la miseria, y han dejado de pensar que valga la pena buscar una sociedad justa.

Todos estos electores tienen otra cosa en común: desean con impaciencia una reforma que acabe la corrupción y ponga en cintura a los políticos que todavía controlan un Estado que funciona para servirles a ellos y a sus amigos, y no para resolver los problemas del país.

Pero en las elecciones hay que escoger. Por eso, puestos a votar entre unos candidatos que representaban un Estado con autoridad, capaz de responder con firmeza a los causantes de la violencia, y los defensores del cambio social, muchos colombianos, aunque esperan una política social audaz, vieron más urgente enfrentar la violencia. Pero la mayoría quiere las dos cosas: orden y autoridad frente a la violencia, y un Estado comprometido con las soluciones sociales.

Tradicionalmente, ambas cosas han ido por aparte. Se piensa que la seguridad sólo interesa a los oligarcas, y que es cosa de izquierdistas reducir la desigualdad y la miseria. Pero la mayoría de la población apoya ambas cosas, y no porque esté esquizofrénica. Es porque trabajar en paz, sin los sobresaltos de que son víctimas todos los colombianos, es una necesidad urgente hasta para los más pobres de los pobres. Y todos quieren un Estado que proteja de la pobreza, y que garantice educación y salud.

Por eso valdría la pena, en un país tragado de la tierra, olvidar divisiones aparentes y unir a los que estén dispuestos a echar para adelante. Nada sería mejor que un gobierno con una promesa creíble de orden, de firmeza frente a la guerrilla y la delincuencia, y un compromiso sólido de atención a los asuntos sociales. Un gobierno que crea, como casi todos los colombianos, que los problemas necesitan solución militar, pero también política y social.

Sería bueno, entonces, poder votar por la Presidencia de Alvaro Uribe y la Vicepresidencia de Luis Eduardo Garzón, que nació entre los trabajadores y los pobres y los ha defendido con convicción, sensatez e inteligencia. Pero eso sí, que no los apoyen ni los paramilitares ni la guerrilla.

Clarita de Melo.

www.geocities/colombiaeneldivan

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