PEREGRINACIÓN PREPARATORIA

PEREGRINACIÓN PREPARATORIA

La peregrinación del Presidente electo a Nueva York, capital del mundo, y a Washington, capital de la superpotencia, se ha relacionado con los dos más agudos problemas colombianos: el de la guerra terrorista y antiterrorista y el de su postrada y endeudada economía.

20 de junio 2002 , 12:00 a. m.

La peregrinación del Presidente electo a Nueva York, capital del mundo, y a Washington, capital de la superpotencia, se ha relacionado con los dos más agudos problemas colombianos: el de la guerra terrorista y antiterrorista y el de su postrada y endeudada economía.

Sobre lo primero, se ha corrido una cautelosa y explicable cortina de hermetismo, especialmente respecto de las conversaciones con el secretario general de la ONU, cuyo concurso iba a solicitarse a fin de abrirle nuevos espacios y perspectivas a la paz. Misterio y discreción que se omiten en lo tocante a las realizadas con las altas autoridades norteamericanas, habida cuenta de la existencia del Plan Colombia, de la batalla en común contra el narcotráfico y de la autorización de utilizar equipos estadounidenses en acciones defensivas contra los grupos reconocidos como terroristas.

El secreto se irá develando en la medida en que se concreten las políticas del nuevo gobierno frente a la subversión armada. A nadie se escapa, sin embargo, que la seguridad interior, tan de moda hoy en el mundo, fue uno de los objetivos de tales gestiones, junto con el remozamiento de los planes contra la economía ilícita de los narcóticos. No solo los actos terroristas preocupan ahora a las naciones, sino el florecimiento de las circunstancias delictivas, que hacen menos seguras las vidas humanas y menos estables sus derechos. Periódicamente, la inseguridad se erige en factor de perturbación y, por contragolpe, en elemento determinante de las posiciones políticas. Igual el desempleo. De ahí la oscilación del péndulo.

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El antecedente de Argentina, el deterioro de las economías latinoamericanas y las aflicciones de la nuestra hacen aconsejable despejar incógnitas con los organismos financieros internacionales.

Después de una década de recurrir a la deuda sin mayor miramiento por su finalidad y condiciones, es menester evitar, según lo señaló el Presidente electo, que se vuelvan negativos los flujos de crédito con dichos organismos, por la superioridad de los reembolsos sobre los desembolsos. Era y es lo primero. Pero, además, se requiere el aporte a la reanudación del desarrollo y la comprensión de las circunstancias singulares de Colombia.

En el inmediato pasado, el mecanismo de la deuda se usó para imponer a los pueblos en desarrollo determinados derroteros y para encauzar los recursos del crédito a objetos no reproductivos sino de consumo. Paradójicamente, les correspondió financiar con ellos la apertura hacia adentro y, prevalidos de su facilidad, los aprovecharon para saldar cuentas internas y externas. Grande hazaña se consideraban los grandes empréstitos, sin reparar en su costo ni en su destino.

Desde viejos tiempos, la idoneidad de los funcionarios ha tendido a juzgarse según el monto de los dineros conseguidos en el exterior. Nadie parecía preocuparse por la carga presupuestaria de su servicio. Menos por verificar si se creaban nuevos valores con los cuales pagar su amortización o por medir las consecuencias de la estipulación vejatoria de políticas reñidas con los intereses nacionales.

La deuda interna fue el mecanismo complementario y presuntamente indoloro para asimilar los gastos decretados a ciegas, sin advertir de dónde habrían de provenir los recursos con los cuales podrían financiarse. Desde cuando sus tasas de interés fueron las del mercado, se tornaron insoportablemente costosos, como los mismos préstamos hipotecarios. Peor aún, la carga fiscal de su servicio se elevó tanto que fue indispensable endeudarse en el interior y en el exterior para atenderla. Oídos sordos se pusieron a la iniciativa de justipreciarla e impedir que acabara devorándose el presupuesto nacional.

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La nueva onda recesiva en América Latina obliga a refinar los criterios aptos para sortearla y, por supuesto, para manejar en forma adecuada el problema de la deuda. Por lo pronto, Colombia ha introducido dos nuevos puntos de referencia: el del empleo y el de la deuda social, ambos esenciales en la batalla contra el narcotráfico y el terrorismo. Por descontado se da que se corregirá o se prevendrá el fenómeno de los flujos negativos con los organismos internacionales.

Ante la ola recesiva y ante su subsistencia en Colombia, qué hacer? El escarmiento de las lecciones asiáticas y australes debiera servir para abrir los ojos y para no resignarse a la adversidad. La solución de las dificultades exige fórmulas novedosas, imaginativas y pragmáticas, más que fallidos caminos tecnocráticos.

Caso de Dragacol.

Llega al autor de esta columna carta del ex ministro Mauricio Cárdenas, cuyo texto no cabe en su limitado espacio. A su juicio, el problema de la conciliación se originó en la información fraudulenta de Dragacol y en los errores y omisiones del jefe de la oficina jurídica del Ministerio. A su turno, el representante de la Procuraduría avaló el acuerdo final. El ex ministro cree haber actuado de manera ética y responsable, conforme lo han corroborado la Procuraduría y la Fiscalía al exonerarlo de culpa.

abdesp@cable.net.co

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