BARRIO QUE VIVE DE LOS BOLIS

BARRIO QUE VIVE DE LOS BOLIS

Los habitantes del barrio Villa del Rosario, Barranquilla, son expertos en dos temas: en cómo rebuscarse el sustento diario, y en cómo elaborar un delicioso boli, el congelado de jugo de frutas que se vende, como pan caliente, cuando hace bastante calor.

03 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

Los habitantes del barrio Villa del Rosario, Barranquilla, son expertos en dos temas: en cómo rebuscarse el sustento diario, y en cómo elaborar un delicioso boli, el congelado de jugo de frutas que se vende, como pan caliente, cuando hace bastante calor.

La combinación de esas dos virtudes ha dado los mejores resultados: 50 familias de este sector pobre, clavado en las lomas del sur de la ciudad, se dedican a la elaboración del producto que se vende envasado en bolsas plásticas transparentes de cinco centímetros de diámetro y 12 de largo. Todos los días cerca de 500 personas, también del barrio, bajan por los caminos sin asfaltar a venderlos por toda Barranquilla, a solo 300 pesos cada uno.

Lo singular de la historia es que Villa del Rosario entera se rebusca con este negocio. Además de los productores y los vendedores de los bolis, otras familias proveen el azúcar, otras venden las bolsas plásticas, y algunas más las esencias y anilinas.

Inclusive, hay un grupo que fabrica, en forma artesanal, los triciclos que usan los vendedores para transportar el producto. Es tan masiva la actividad, que un par de familias alquila lavadoras porque la gran mayoría de la gente está tan ocupada en la producción que no queda tiempo para lavar la ropa.

Damar Manjarrés, de 28 años, latonero y electricista, personaliza perfectamente lo que representan los bolis para Villa del Rosario.

El, padre de cuatro hijos, decidió participar en el negocio común hace año y medio. Inicialmente, se dedicó a fabricar los triciclos que llevan en la parte delantera una caja de madera en donde se guarda la pequeña nevera de icopor con capacidad para 200 bolis.

Cuando no se requirieron más bicicletas, el joven, que dice ser el inventor de una maquina eléctrica que ralla el coco, se rebuscó como proveedor de bolis. Hoy cuenta con 8 vendedores e igual número de ciclas.

En este último rebusque le ayuda su hermana Bibiana Manjarrés, de 27 años, que es una de las productoras de bolis. La creatividad es tal que ya tienen identificados 20 sabores.

Un agricultor de Tolú fue el pionero.

La elaboración comienza a las nueve de la mañana y termina a las dos de la tarde. Mientras Bibiana hace los bolis, Damar atiende a los vendedores: les acomoda en la nevera de icopor los bolis hechos el día anterior, les da las servilletas desechables y el agua congelada. Esta última no es para vender, sino para que la beban los vendedores y mitiguen el duro sol currambero. También les empaca sus almuerzos.

La jornada laboral termina a las siete de la noche cuando llega el último vendedor, casi siempre sin ningún boli para devolver.

Nadie en el barrio olvida que quien comenzó la industria de bolis en el barrio fue Argemiro Martínez Verbel, un agricultor que abandonó sus cultivos de ñame en Tolú (Sucre) por culpa de una plaga.

"Cuando llegué al barrio no sabía hacer nada distinto a cultivar; entonces, mis hermanos me dijeron que vendiera jugos naturales en bolsas plásticas, pero la gente se quejaba a veces de que estaban calientes. Así que pensé que si lo hacía más puro, con menos agua y congelados me rendiría".

Argemiro cuenta que en el negocio le ha ido muy bien y muestra de eso es la pequeña casa de materiales que levantó vendiendo bolis. "La clave es que yo mismo vendo los bolis que mi mujer me ayuda a elaborar así que no comparto ganancias, que son muy pocas cuando toca distribuirla", dice.

Hace unos años, Argemiro llegaba a vender hasta 700 bolis a la entrada de las universidades y colegios, con lo que hacía hasta 210 mil pesos. "Ahora las ventas comenzaron a bajar desde que salió el congelado ese que se fabrica industrialmente con saborizantes.

Esa apreciación no la comparte Guillermo Cañas Pulgarín, un antioqueño que llegó de Yolombó al barrio hace siete años y que desde hace cinco es proveedor de bolis. "Esto me deja hasta un millón de pesos mensuales; yo comencé con un vendedor y ahora tengo diez y en la mejor época tuve hasta 17. Así sostengo a mis seis hijos y a mi mujer ", cuenta.

FOTO.

- Un ejército de vendedores de bolis se desprende todas las mañanas de las lomas de Villa del Rosario, una comuna pobre de Barranquilla.

Carlos Capella /EL TIEMPO

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