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MURINDÓ LE HACE QUITES A LA GUERRA

MURINDÓ LE HACE QUITES A LA GUERRA

El aviso es de vida o muerte. Es el más importante de las emisoras y los periódicos del Chocó y sale cada mes, sagradamente.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
15 de septiembre 2002 , 12:00 a. m.

El aviso es de vida o muerte. Es el más importante de las emisoras y los periódicos del Chocó y sale cada mes, sagradamente.

Justo, cuando Olmes Quejada, el tesorero de la tienda comunitaria de Murindó, anuncia en Quibdó que ya está comprado el surtido para el granero y lista la lancha que lo llevará en el recorrido de cuatro horas y media por el río Atrato .

La embarcación, que no puede estar cargada con más de 22 millones de pesos en mercado, solo prende motores en el puerto de la capital chocoana cuando los locutores han pasado el aviso las suficientes veces para garantizar que guerrilleros, paramilitares y Ejército quedaron enterados del viaje.

Delegados del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) se embarcan con Olmes. El tesorero jamás viaja sin la compañía del organismo internacional, que da fe, ante cualquiera de los grupos armados, de que la sal, la panela, el azúcar, el café, el jabón, las pastillas... van para la tienda comunitaria de Murindó.

Es la única con licencia de los insurgentes y las autodefensas para comprar, desde cuando a los unos y a las otras se les ocurrió que al bloquear los mercados de los 1.400 habitantes del pueblo matarían de hambre a los enemigos.

La tienda fue la salida del Comité Todos Unidos por la Vida y la Paz que, en una reacción temprana, se conformó para superar el bloqueo alimentario.

Para que nadie acapare, tenemos un reglamento. Ninguna familia puede comprar más de 60.000 pesos, dice Edson Jaír Quejada, secretario del juzgado y uno de los creadores del Comité.

No se incluyen en ese tope la crema dental, el jabón y el papel higiénico.

El límite es justo , se adelanta a decir Edson, antes de que alguien haga de abogado del diablo.

En esa población de pescadores y sembradores que le pertenece a Antioquia, pero que tiene el corazón chocoano, no hay familia, por grande que sea, que pueda hacer un mercado quincenal de más de 60.000 pesos.

Por suerte, es el pescado lo pone el Atrato, y el arroz, lo que más comen, se los está dando la tierra.

Ahora tenemos problemas porque la tienda fue pensada para los 1.400 del casco urbano, y nos está tocando venderle a casi 4.000, con los que vienen del campo , sigue explicando Edson. Ya no les permiten surtir las tiendas veredales.

Lo que viene es conseguir que el público más importante del aviso mensual, guerrilleros y paramilitares, entiendan la necesidad de sobrepasar el límite de 22 millones de pesos.

Convencer, acordar, pactar. A los murindoseños no les importa definir de manera precisa el verbo que llevan practicando con dueños de los fusiles desde finales de 1997, cuando las autodefensas llegaron a la población y las Farc y el Eln dejaron de ser los únicos en imponer.

Tocó acomodarse, y acomodar y neutralizar a guerrilleros y paramilitares, para que no repitieran las 30 muertes selectivas que provocaron, precisamente en 1997, cuando recién se encontraron.

Para comenzar, los habitantes de Murindó los convencieron de no entrar uniformados y armados al pueblo.

Hicieron las solicitudes formales ante el Alemán , un jefe de las autodefensas, y ante Trujillo , uno de las Farc.

Fue la alternativa ante la imposibilidad de impedir que los hombres de cada uno entraran a la localidad.

Poca cosa, aparentemente, pero el asunto era evitar que se identificaran y se enfrentaran en las calles de la población.

El 2000 y el 2001 dejaron ver los resultados de la gestión. No hubo un solo muerto por el conflicto armado.

El logro no fue de unos, sino de todos: del cantinero, las panaderas, los toderos...

Cada quien puso su silencio cuando reconoció entre los clientes a un armado, y sacrificó su curiosidad cuando tuvo la tentación de preguntar.

No informar, no preguntar, fueron normas para toda la gente. Cuando hicimos la reunión para contar que habíamos logrado el compromiso de que no entraran en traje de combate, pedimos que quien no se sintiera capaz de mantener la discreción, mejor se fuera de Murindó .

Nadie se fue. De hecho, nadie quiso irse cuando la violencia embistió por primera vez.

Negarse a ser desplazados, resistirse a morir de hambre aunque haya que encarar a hombres armados de mente dura, les valió a los murindoseños el premio que la Pastoral Social de la Conferencia Episcopal entregó esta Semana por la paz , que termina hoy.

Para la Iglesia, es el mejor trabajo comunitario entre 16 que analizó.

Edson Jaír y Luz Mary Maquilón, auxiliar de facturación en el hospital de Murindó, recibieron el reconocimiento en nombre de su pueblo.

Los dos, les dijo el sacerdote Rubén Darío Ospina, coordinador de la Sección de Vida, Justicia y Paz, se van para Centroamérica a conocer cómo allí, en su momento, esquivaron la violencia.

Van a aprender, pero también a enseñar. No poco ha hecho su pueblo para hacerles el quite a los daños de la guerra.

Murindó se quedó bloqueado en el azaroso comienzo de mayo pasado, cuando todo el Medio Atrato se estremeció por el cilindro de gas que las Farc lanzaron en Bojayá y que provocó la muerte de 119 personas.

Nadie pudo pasar a Quibdó y tampoco nadie pudo llegar a Vigía del Fuerte, de donde están a hora y media por el río, y a donde usualmente van los murindoseños a tomar la avioneta para ir a Medellín.

Bueno, le dijimos al alcalde, aquí toca construir una pista para que pueda aterrizar algo que nos traiga comida , Cuentan Edson y Luz Mary.

En convite, rozaron 400 metros de terreno con el cuidado de mantener una dirección recta, emparejaron y vaciaron arena.

Nadie olvida el nombre de Diego Aguilar, el primer capitán loco que se le midió a la artesanal pista.

Le hace falta tierra aquí, échenle tierra allá y cambien esa arena tan menudita que se levanta y me daña las turbinas , les recomendó el piloto después del aterrizaje, en junio pasado.

En la misma pista aterrizó después, lleno de provisiones, uno de los helicópteros que con frecuencia le sirve de apoyo al Ejército.

Habíamos comprometido a la guerrilla para que no se metiera con el aparato, pero, de todas maneras, preparamos una cuadrilla para bajar los alimentos y otra para proteger el helicóptero .

En Murindó no hay policía ni militares y, como se ve, lo han hecho todo para evitarse una tragedia.

Entienden que no están completamente a salvo porque la dinámica de la guerra puede cualquier día transformarlo todo, pero tienen fe para imaginar siempre segura, por el río Atrato, la lancha que les lleva parte de la vida cuando han cumplido con el aviso reglamentario en la prensa local.

FOTOS.

- Edson Jaír y Luz María recibieron, en nombre de Murindó, el premio con el que la Pastoral Social reconoció la tenacidad de este pueblo.

- Muriendo, población del Medio Atrato, a mitad de camino entre Vigía del Fuerte (Antioquia) y Riosucio (Chocó), no hay policías ni militares.

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