CALI Y SU SEÑOR ALCALDE

CALI Y SU SEÑOR ALCALDE

Al cumplir un año de posesionado, el alcalde de Cali, John Maro Rodríguez, obtuvo lo que podría considerarse uno de sus mayores logros como gobernante. La semana pasada firmó un acuerdo de pagos con las empresas generadoras de energía eléctrica del país que les representa a las Empresas Municipales de Cali (Emcali) un ahorro por concepto de intereses cercano a los 40 mil millones de pesos sobre una deuda de 117 mil millones. En medio de la crisis de la ciudad, la noticia no tuvoentre la comunidad caleña el impacto que merecería, pues mientras el Alcalde hacía el anuncio simultáneamente trataba de convencer a los miembros del sindicato de Emcali para que desalojaran la torre administrativa que ocupan desde el pasado 25 de diciembre.

23 de enero 2002 , 12:00 a. m.

Al cumplir un año de posesionado, el alcalde de Cali, John Maro Rodríguez, obtuvo lo que podría considerarse uno de sus mayores logros como gobernante. La semana pasada firmó un acuerdo de pagos con las empresas generadoras de energía eléctrica del país que les representa a las Empresas Municipales de Cali (Emcali) un ahorro por concepto de intereses cercano a los 40 mil millones de pesos sobre una deuda de 117 mil millones. En medio de la crisis de la ciudad, la noticia no tuvoentre la comunidad caleña el impacto que merecería, pues mientras el Alcalde hacía el anuncio simultáneamente trataba de convencer a los miembros del sindicato de Emcali para que desalojaran la torre administrativa que ocupan desde el pasado 25 de diciembre.

Pero ni esa noticia, ni el compromiso del Alcalde de renegociar las deudas de 320 mil millones de pesos de Emcali con la banca local, ni el compromiso que le sacó al Gobierno Nacional de no privatizar parcial o totalmente, al menos por ahora, las Empresas Municipales y, por el contrario, levantar en un mes la intervención que comenzó el 4 de abril de 2000, han sido suficientes para que los beligerantes miembros del sindicato evacuen la torre de 16 pisos y permitan la normalización administrativa en la prestación de los servicios públicos a más de 2 200.000 habitantes de la ciudad.

Aunque nadie niega la gran responsabilidad de los miembros del sindicato en este hecho de fuerza, para muy pocos ciudadanos tampoco es un secreto la simpatía, afinidad y cercanía entre el Alcalde y los directivos sindicales. Entonces, la posición renuente de ellos en estos momentos cruciales es quizá el precio que tiene que pagar el Alcalde por una actitud casi complaciente que la sociedad mira con preocupación. De nada ha servido la mediación del Ministro del Trabajo en los diálogos para convencer a los trabajadores de que lo mejor es desalojar. Ya desapareció el motivo inicial de la protesta: la designación de un nuevo gerente interventor que no gozaba de la simpatía del sindicato ni de la del Alcalde.

La Superintendencia de Servicios Públicos reversó el nombramiento y designó a otra persona, pero ahora se aducen nuevos motivos para la protesta y el Alcalde, casi podría decirse víctima de su propio invento, clama por que le permitan sacar unos documentos para finiquitar la negociación de la deuda con los bancos, pues solo tiene 20 días hábiles para ello y el reloj está corriendo desde la semana pasada. De no concretarse el arreglo, la Superintendencia seguirá con la intervención y podría tomar medidas que llevarían a la liquidación de Emcali.

Este es el corolario de un embrollo en el que se metió el mandatario desde el inicio de su administración. Su caballito de batalla de impedir la privatización de Emcali no le ha permitido dedicarles el tiempo suficiente a los problemas de la ciudad, y su talante poco reflexivo y tildado de pendenciero por sus críticos no ha permitido el acercamiento con sectores de la sociedad interesados en ayudarlo a sacar de la crisis a la ciudad y a recuperar la gobernabilidad. Una reforma administrativa que debió hacerse a comienzos del año pasado demoró seis meses, con sobrecostos cercanos a los 30 mil millones de pesos y terminó haciéndose de manera poco técnica.

Muchos de los 2.600 empleados que salieron, denuncian que sus puestos han sido ocupados por otras personas, con lo que se frustró el ahorro que pretendía hacerse. El tránsito es un caos, los semáforos no funcionan, las calles son cráteres lunares, las zonas verdes se convierten en inexpugnables selvas urbanas y la ciudad pierde el encanto que por tantos años fue su sello. No es sino salir de Cali para descubrir el impresionante repunte de ciudades como Bogotá o Medellín, mientras la otrora capital cívica de Colombia languidece en manos de sus dirigentes políticos.

Rodríguez ha evitado hasta ahora la privatización. Pero a qué precio. El Alcalde caleño debe aterrizar, abrir las puertas del diálogo y permitir que distintos sectores de la sociedad participen en la tarea de rescatar a Cali. Debe abandonar esa actitud imperial y distante que lo caracteriza, y darle un viraje a su gestión. La ciudad está necesitada de liderazgo y mira con preocupación que en lugar de disminuirse, el vacío de poder se ha aumentado. Un mal presagio para una ciudad que en el peor momento de su historia no encuentra una dirigencia que esté a la altura del reto.

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