LA MADRE DE LOS ABANDONADOS

LA MADRE DE LOS ABANDONADOS

Solidarios y Dedicados Como si fueran pocos siete hijos para atender, Ligia Velásquez Alzate acostumbraba recoger en las calles de Calarcá (Quindío) a niños, ancianos, indigentes, enfermos y discapacitados para cuidarlos en su casa.

02 de agosto 2002 , 12:00 a. m.

Solidarios y Dedicados.

Como si fueran pocos siete hijos para atender, Ligia Velásquez Alzate acostumbraba recoger en las calles de Calarcá (Quindío) a niños, ancianos, indigentes, enfermos y discapacitados para cuidarlos en su casa.

A ella solo le importaba hacer el bien, a pesar de los reclamos de su esposo y de las incomodidades que se originaban en la rutina del hogar.

Así comenzó una labor humanitaria, que ha desarrollado durante 32 años en este municipio quindiano, donde todos la llaman `madre o, como más le gusta, `nenita .

Hace siete años, cuando su esposo murió, Ligia fundó un centro de asistencia para personas necesitadas, conocido como Hogar Madre de la Esperanza. Allí llegaban en busca de albergue niños de la calle, personas enfermas y ancianos abandonados. Sin embargo, desde 1998, Ligia decidió dedicarse exclusivamente a cuidar y acompañar a pacientes afectados por el VIH.

El Hogar funciona en su propia casa. Allí vive Ligia con una de sus hijas y siete jóvenes portadores del sida.

Desde el amanecer, ella está pendiente de los alimentos y las medicinas para sus pacientes y lo primero que hace después del desayuno es reunirlos para rezar junto a ellos. A estas personas, aisladas por sus propias familias, Ligia les brinda, además de medicamentos y cuidado, el amor de una mamá. Este hogar es hecho por el amor a Dios, dice.

Recalca que no le gusta vender empanadas, organizar bingos o pedir ayuda a gente de la calle. Su trabajo humanitario lo ha adelantado con la ayuda de personas pudientes de la localidad y el producido de un parqueadero, tres locales comerciales y el arriendo de la casa de uno de sus hijos.

Su hogar tiene espacio suficiente para siete dormitorios, baños, dos cocinas, un gran patio y varios altares. "Yo le debo todo esto a Dios y al amor que me regala, dice.

La decisión de ayudar a los portadores del sida la tomó hace cuatro años, cuando sufrió los rigores del mal de Guillán Barré y milagrosamente se recuperó. Entendí que esta era una prueba para amar más a Dios y no alejarme de él. Al recuperarme, decidí que tenía que ayudar a quienes más lo necesitaban, afirma.

Hasta hoy, ha atendido a más de un centenar de personas, de las cuales han fallecido 45. Son momentos difíciles, pero seguimos adelante porque lo indispensable es que la gente esté en paz espiritualmente y comprenda que el amor lo puede todo, concluye.

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