QUISIERA DAR UN CONSEJO

QUISIERA DAR UN CONSEJO

Eppie Lederer, mejor conocida como Ann Landers, desempeñó durante largos años el oficio periodístico que yo siempre soñé: consejera sentimental de sus lectores.

26 de junio 2002 , 12:00 a. m.

Eppie Lederer, mejor conocida como Ann Landers, desempeñó durante largos años el oficio periodístico que yo siempre soñé: consejera sentimental de sus lectores.

Desde cuando publicó su primera columna, Ann Landers ofreció a los ciudadanos atribulados mano tendida y pulso firme para ayudarles a tomar decisiones, levantar el ánimo, criar bien a los hijos, educar mal a los nietos, domesticar a la suegra, conquistar al amor renuente o solventar tropiezos matrimoniales. A menudo, sus consejos se extendían a terrenos más sociales: con qué cubierto partir el pescado, qué clase de traje llevar en un bautizo judío, de qué modo comportarse en una playa nudista, cómo dirigirse al capitán de un buque que naufraga.

Más de 1.200 periódicos publicaban su columna de consejos y más de 90 millones de personas la leían. Cada día recibía unas 2.000 cartas, de las cuales alcanzaba a contestar a diario apenas tres o cuatro.

Yo no he aspirado a tanto. Me bastarían los sabios lectores de EL TIEMPO y evacuar media docena de consejos por semana. Cartas no me faltan. Entre las que me insultan pero no mencionan a mi familia, las que ofenden a mi familia pero me salvan a mí y las que me vituperan por igual a mí y a mi familia, supero el volumen de correspondencia de Ann Landers. Y aún quedan otras de estudiantes de periodismo, de compatriotas que quieren conocer el secreto del humor y vivir en España- o aunque sea esto último- y de señoras que no se entienden con sus maridos.

Estas son las únicas que de veras me interesan, y las que primero contesto. Gracias a mis consejos, muchas mujeres casadas lograron salvar su divorcio y hoy son felices con otro.

Colombia tuvo una interesante tradición en materia de columnas sentimentales. Fue pionera en la materia Emilia Pardo Umaña - hermana de Camilo y Santiago, dos estupendos cronistas- , que por los años 40 o 50 sostuvo un consultorio en el que calmaba a angustiados y reencauchaba las ilusiones a desengañados bajo el seudónimo de doctora Kiki, experta en amores .

Inés de Montaña heredó el testigo. El Espectador albergó durante décadas la columna de esta inolvidable señora del periodismo en la sección IM contesta . Por la misma época y en las mismas páginas, aunque de manera efímera, el Runcho Ortega, célebre ingenio bogotano, atendió cuestiones de amores en una columna llena de gracia. Alguna vez una señorita le reveló que la disputaban dos novios: uno era un caballero divinamente vestido, un clubman bogotano cuyo fuerte no era el trabajo; el otro, un tipo de costumbres campechanas dedicado a su finca y a sus vacas. Qué debo hacer - inquiría- , a cuál escojo?.

La respuesta del Runcho fue breve y contundente, como un balín:.

- Es más fácil sacudir una ruana que cepillar un frac.

Así como Ann Landers tuvo fuertes competidoras- entre ellas su propia hermana, Abigaíl Van Buren- , las rivales de IM fueron en EL TIEMPO, sucesivamente, la catalana Toni Llobel y Beatriz La Beata Santos. Ambas tomaban profundamente en serio su alta misión de consejeras, pero Toni lo hacía de manera colegiada, pues consultaba a algunos espíritus selectos que le ayudaban a ofrecer la mejor recomendación posible.

Alguna vez, Enrique Santos Castillo notó que Toni estaba planteando a los redactores más perdularios el caso de una muchacha que no sabía si darle una prueba de amor a su novio, un hombre casado que prometía separarse de su mujer después de haber probado su cariño por la vía horizontal, o conservarse firme en el camino de la pureza. Los crápulas habían votado ampliamente a favor del novio casado, por supuesto, y alguno incluso pidió a Toni el teléfono de la chica para aconsejarle en persona . Fue entonces cuando Enrique, escandalizado, se llevó a Toni a su despacho.

- Cómo se te ocurre pedir a estos calaveras que te asesoren en semejante asunto tan delicado?- protestó el entonces jefe de Redacción.

- No se preocupe, don Enrique - respondió Toni- , que mi consejo será exactamente el opuesto al que me ofrezcan ellos.

La única vez que estuve a punto de gozar una sección de consejos sentimentales fue cuando Hernando Santos inventó una columna llamada Etiqueta , donde, con el seudónimo de Británico , ofrecía pistas sobre protocolo social para clases emergentes. Ya había proscrito el tupé, criticado el pisacorbatas de perla, condenado el palillo de dientes y defendido las tirantas, cuando se aburrió de la columna y me pidió que yo siguiera con ella.

Fue el final. Enrique la canceló, arguyéndole, con plena razón: Le encargaste la columna de etiqueta al más manteco del periódico .

Fue una gran frustración para mí, y escribí a Ann Landers para que me dijera si no había llegado el momento de renunciar al periodismo y volarme con una tiple de la Compañía de Zarzuela de Faustino García que me arrastraba el ala. Pero Ann Landers no me respondió y, dado que falleció el sábado pasado, moriré creyendo que tal vez me equivoqué al no haber huido con la cupletista.

cambalache@mail.ddnet.es

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