UNA REFORMA SIN TRANSACCIONES

UNA REFORMA SIN TRANSACCIONES

Ha sido costumbre inveterada que los gobiernos consigan que el legislativo les apruebe leyes y reformas tributarias hasta dos y tres en un cuatrienio a cambio de sobornos en forma de gabelas, puestos y contratos a los congresistas. La aprobación por el Concejo de Bogotá de un alza de impuestos en un momento tan difícil como el actual y con las relaciones entre el alcalde Antanas Mockus y la corporación en su peor nivel deja unas importantes lecciones para la ciudad.

28 de junio 2002 , 12:00 a. m.

Ha sido costumbre inveterada que los gobiernos consigan que el legislativo les apruebe leyes y reformas tributarias hasta dos y tres en un cuatrienio a cambio de sobornos en forma de gabelas, puestos y contratos a los congresistas. La aprobación por el Concejo de Bogotá de un alza de impuestos en un momento tan difícil como el actual y con las relaciones entre el alcalde Antanas Mockus y la corporación en su peor nivel deja unas importantes lecciones para la ciudad.

Insistir seis veces en la presentación del proyecto de reforma tributaria hasta conseguir su aprobación es un hecho que no puede pasar inadvertido. Sobra señalar lo difícil que resultaba para un gobierno tramitar un incremento tributario en un Concejo en su mayoría abiertamente opuesto al Alcalde. Más increíble aún fue haber conseguido su aprobación sin que hubieran mediado entre el Ejecutivo y el cabildo ofrecimientos o presiones indebidas. Este es un hecho digno de resaltar y, así las cosas, vale la pena analizar el proceso.

Quienes atribuyen el suceso a los escándalos recientes que han desprestigiado aún más al Concejo están equivocados, pues antes de conocerse las denuncias la Comisión de Presupuesto ya había aprobado la reforma en primer debate. Es posible que algo hubiera ayudado la tozudez de Mockus, aunque fue más decisivo el papel que jugó un grupo de concejales sensatos. Que, a pesar de las andanadas de algunos de sus colegas y de los gremios y de los torpedos de un sector extremista del gobierno distrital, le fue abriendo camino a la reforma. Al lograr reducir sustancialmente las tarifas propuestas por el Gobierno de 76 a 35 por ciento se dejó sin argumentos a los gremios, que sostenían que no podrían pagarla, y se fue aislando al sector más hirsuto del Concejo. Pesó mucho el intenso trabajo de persuasión del sector pro reforma que, a pesar de no ser mockusista, logró construir una mayoría que terminó actuando de manera responsable con los intereses de la ciudad. También jugó un papel importante el peñalosismo, que se plegó a la defensa que hizo el ex alcalde de las bondades de la reforma y la votó favorablemente en las seis ocasiones en que fue presentada.

Quizás el más sólido respaldo provino del apoyo ciudadano al modelo de ciudad que se ha ido levantando en la última década. Ejemplo de ese espíritu son los más de 40 mil contribuyentes que voluntariamente pagaron un 10 por ciento adicional a sus impuestos locales. Ello es, además, un reflejo del abrumador anhelo de millones de bogotanos por sostener la construcción de una ciudad más igualitaria y justa. Fue lo que entendieron finalmente muchos de los concejales, que a lo mejor no querían ver que uno de los mejores antídotos contra la exclusión social y el terrorismo es la inversión de los recursos públicos en los barrios más pobres.

Una de las lecciones de este episodio es que el Concejo puede desempeñar un papel positivo en la ciudad. Para ello debe desligarse de las vergonzosas prácticas que lo han puesto en la picota pública y que hacen inaplazable su autorreforma. Acometerla con decisión y franqueza neutralizaría la profunda insatisfacción ciudadana con su gestión.

El alcalde Mockus no puede reclamar la victoria. Tozudez no es liderazgo y esta cualidad le hizo mucha falta al Alcalde. Jamás respaldó al sector moderno del Concejo que apoyaba la reforma. No pocas veces dio la impresión de que, con tal de pulir un falso axioma moralista, estaba dispuesto a verla hundirse. Y permitió que un sector puritano y extremista de sus colaboradores se atravesara al trabajo del Secretario de Hacienda. Podría decirse que la reforma se aprobó a pesar del Alcalde y de sus más íntimos colaboradores.

El papel de los gremios merece una reflexión final: no estuvieron a la altura de las expectativas de la ciudad. Sometieron la reforma a una campaña de desprestigio, sin proponer alternativas viables para conseguir recursos. Ojalá entiendan que la paz social que se construye en Bogotá ha sido edificada con recursos públicos y que para fortalecer la seguridad, así como para aclimatar la equidad, es necesario meterse la mano al bolsillo.

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