DEUDA AL FUEGO

En los últimos días se han dado a conocer dos excelentes trabajos que amplían nuestra visión del tema fiscal en varias direcciones. El primero, del doctor Carlos Caballero, llama la atención sobre una arista crucial que tiene el endeudamiento reciente: parte sustancial de la deuda pública fue adquirida por el sistema financiero. El segundo, de los asesores del Confis, se pregunta si el Gobierno va a poder o no va a poder pagar lo que debe.

20 de marzo 2002 , 12:00 a. m.

En los últimos días se han dado a conocer dos excelentes trabajos que amplían nuestra visión del tema fiscal en varias direcciones. El primero, del doctor Carlos Caballero, llama la atención sobre una arista crucial que tiene el endeudamiento reciente: parte sustancial de la deuda pública fue adquirida por el sistema financiero. El segundo, de los asesores del Confis, se pregunta si el Gobierno va a poder o no va a poder pagar lo que debe.

El análisis de Caballero es muy interesante y sugestivo. Muestra que, en el espacio de tres años, la naturaleza del negocio bancario, y la fuente más dinámica de sus ingresos, cambió sustancialmente. De ser entidades que captan dinero y luego lo prestan, se convirtieron en entidades que siguen captando dinero y, como no hay a quien prestarle, compran papelitos del Gobierno. Las cosas más o menos cuadran por dos razones. Primero, porque de una manera muy particular internacionalmente, la tasa de interés que reciben por tener dichos papelitos (de presunto riesgo cero) es superior a la tasa de interés que pagan por la plata que financia el grueso de dichas compras. Segundo, porque los depositantes siguen poniendo pesos, a tasas bajas, en el sistema. Con toda la razón, Caballero se muestra preocupado por esta atípica exposición del sistema (cabría sumar los fondos de pensiones) al riesgo fiscal.

Y digo que Caballero se preocupa con razón, en virtud de resultados como los que nos ofrece el Confis sobre sostenibilidad. Haciendo unas sumas y unas restas algunos malvados las llaman economía a la Mickey Mouseel trabajo muestra que para estabilizar nuestra relación de endeudamiento, necesitamos generar superávit primarios de entre 1 por ciento y 3,5 por ciento del PIB y, además, crecer decentemente. Grave la cosa, porque ni estamos creciendo, ni el Gobierno está generando superávit primario. Por lo tanto, la respuesta es que, si seguimos como vamos, ni de vainas hay con qué pagar y toca echarle más deuda al fuego.

De otra parte, si empezamos a crecer, y los bancos encuentran a quién prestarle plata, van a ir bajando más rápido entre más fuerte crezcamos la porción de sus pasivos que invierten en papelitos públicos. Al final del proceso de ajuste, lo esperable es que los bancos vuelvan a tener más o menos la misma estructura financiera de toda la vida, la economía tenga más crédito y el fisco encuentre más complicado encontrar clientes para la deuda que habría que echarle al fuego, a menos que nos llegue plata del exterior.

El debate sobre las finanzas públicas colombianas, me parece, se está poniendo serio al fin y oscila en torno de dos posiciones sobre lo que es prioritario: (a) aquellos que creemos que el lío fiscal solo se elimina si la economía crece y (b) aquellos que creen que se trata de un desmadre que requiere elevar impuestos (máxime en tiempos de guerra). Las implicaciones del debate para el oído del Gobierno entrante son muy claras.

La primera opción es apostarle al crecimiento económico, aceptando que hacerlo puede implicar, a corto plazo, alguito de déficit. Al fin y al cabo, conlleva cerrar burocracias, y eso vale una plata. E implica también eliminar los desincentivos al trabajo formal y a la inversión que tiene ese berenjenal que es nuestro sistema tributario. Y no va a ser, necesariamente, cierto que una reforma tributaria que le apueste al futuro vaya a levantar platica fácil para el fisco, porque ese no es su objetivo. Valga recordar, a propósito, que querer levantar plata a toda costa el objetivo único de las últimas nueve reformas no implica poder levantar más plata, como lo muestran las cifras.

La segunda opción, obvio, es seguir insistiendo en el viejo cuento esgrimido con miradita circunspecta que la responsabilidad fiscal implica clavar más impuestos. No obstante el hecho de que la última vez que nos dio por ahí, en el 2000, nos tiramos el modesto rebote económico que experimentamos tras la recesión de 1998-99.

actiempo@aol.com

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