Y EL TERCER PARTIDO

Y EL TERCER PARTIDO

Necesitamos un tercer partido , expresó Hernando Gómez Buendía a mediados de 1999, cuando volvió a reanimarse una vez más ese tradicional debate colombiano sobre el tema (EL TIEMPO, 13/07/99). Diez meses después, Semana publicaba un informe sobre la aparición de nuevos movimientos políticos, como otra posible señal del tan anhelado ausente de nuestra historia política. Morirá el bipartidismo en Colombia? , se preguntaba el informe al concluir: La lucha apenas comienza (22/05/00).

28 de junio 2002 , 12:00 a. m.

Necesitamos un tercer partido , expresó Hernando Gómez Buendía a mediados de 1999, cuando volvió a reanimarse una vez más ese tradicional debate colombiano sobre el tema (EL TIEMPO, 13/07/99). Diez meses después, Semana publicaba un informe sobre la aparición de nuevos movimientos políticos, como otra posible señal del tan anhelado ausente de nuestra historia política. Morirá el bipartidismo en Colombia? , se preguntaba el informe al concluir: La lucha apenas comienza (22/05/00).

La lucha en verdad comenzó desde los mismos inicios del Frente Nacional (con significativos antecedentes) y, desde entonces, no ha cesado. Pero el embate se recrudeció en las últimas dos décadas, cuando el bipartidismo se fue quedando sin defensores intelectuales, mientras el país se embarcaba en repetidos ejercicios de ingeniería constitucional para destruirlo.

Los resultados están a la vista, aunque el lenguaje obsoleto de muchos analistas no parece apreciarlos: el bipartidismo parece haber dejado de existir hace mucho rato y, en su reemplazo, nos encontramos sumidos en el caos. Dónde está entonces ese tercer redentor? Por qué su presencia sigue siéndonos tan esquiva?.

No es difícil anticipar esa respuesta fácil, convertida en lugar común, que sirve de excusa para evadir cualquier análisis serio: el sistema no lo permite! Valdría la pena explorar otras explicaciones. La experiencia reciente del movimiento Sí Colombia, que lideró Noemí Sanín, es aquí relevante. Temprano en su campaña, Sanín reiteró el carácter de rompimiento de su candidatura de alternativa frente al tradicional bipartidismo colombiano . Tenía a su favor el capital político que le otorgó un 20 por ciento del electorado en 1998. Por qué este apoyo no se tradujo en una tercera fuerza efectiva cuatro años después?.

Este interrogante ha recibido varias respuestas en la prensa. Un informe de El Espectador señaló errores que habría cometido la candidata: el haber salido del país por tanto tiempo tras las elecciones del 98, su rechazo al apoyo del conservatismo, la falta a ratos de consistencia en el discurso, su posición frente al proceso de paz, un programa que le seguía dando prioridad al desempleo en contravía de las demandas ciudadanas por seguridad.

Semana la retrató como víctima de una opinión pública que le habría apostado a la polarización y rechazado entonces su plataforma centrista. También la presentó como víctima de la idiosincrasia machista de los colombianos , haciéndole eco al mismo discurso de Noemí Sanín que fue marcando el final de su campaña.

Válidas o no, las anteriores y otras similares explicaciones se centran en el desempeño individual de la candidata en sus relaciones con el electorado. Pero cualquier esfuerzo para entender por qué ese capital político de 1998 se redujo tan considerablemente en el 2002 tendría que prestar mayor atención a las decisiones de no permitir lo que Pedro Medellín llamara la institucionalización electoral del movimiento Sí Colombia (EL TIEMPO, 01/02/02). Primero, su ausencia en las elecciones de alcaldes del 2000 y, después, las vacilaciones de llevar listas propias en las elecciones de Congreso en marzo de este año, anticipando la derrota.

El mensaje es de Perogrullo: en democracia, grupo político que deja de participar en unas elecciones pierde oportunidades organizativas, se distancia de los votantes y, por último, se suicida.

Adiós o hasta luego? , se preguntaba Cambio sobre el futuro de Noemí Sanín y su movimiento Sí Colombia. Cualquier proyecto político de largo alcance reflexionaría sobre la experiencia de las dos campañas presidenciales y recogería sus valiosas lecciones para seguir adelante. A pesar de los resultados, se puede identificar allí una base electoral significativa, que no debería despreciarse.

Más allá de su suerte particular, un análisis más detenido sobre el movimiento que ha liderado Noemí Sanín serviría adicionalmente para apreciar mejor los límites y posibilidades de los tan anhelados terceros partidos en Colombia y las mismas perspectivas de la modernización de la política nacional.

Tal análisis habría que hacerse, sin embargo, sobre premisas distintas de las que hasta hace poco dominaban la discusión: adiós a las cantaletas sobre el establecimiento y el sistema y bienvenidos los exámenes sobre las campañas, los programas de los candidatos, la organización interna de sus movimientos y las expectativas del electorado.

Esto sugeriría también trasladar el centro del debate sobre la reforma política: en vez de seguir soñando con normas constitucionales mágicas, deberíamos estar discutiendo más sobre lo que sucede en el seno de los distintos partidos. Una discusión que debería comenzar por liberarse de tanto estereotipo sobre la política colombiana que solo invita al inmovilismo.

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