SANTIDAD HASTA PARA NO CATÓLICOS

SANTIDAD HASTA PARA NO CATÓLICOS

Podemos considerar al beato Josemaría como un verdadero impulsor de los cambios que introdujo el Concilio Vaticano II. La percepción de la realidad en que vivía y su reflexión le permitieron no solo apreciar adecuadamente el mundo que lo rodeaba, sino que, como un visionario, pudo proyectar el desarrollo de la sociedad y de sus necesidades con muchos decenios de anticipación. Su propuesta, por cierto muy revolucionaria en el buen sentido, se basaba en que todo hombre está llamado a santificarse por intermedio de su trabajo diario y en las condiciones ordinarias.

24 de marzo 2002 , 12:00 a. m.

Podemos considerar al beato Josemaría como un verdadero impulsor de los cambios que introdujo el Concilio Vaticano II. La percepción de la realidad en que vivía y su reflexión le permitieron no solo apreciar adecuadamente el mundo que lo rodeaba, sino que, como un visionario, pudo proyectar el desarrollo de la sociedad y de sus necesidades con muchos decenios de anticipación. Su propuesta, por cierto muy revolucionaria en el buen sentido, se basaba en que todo hombre está llamado a santificarse por intermedio de su trabajo diario y en las condiciones ordinarias.

La idea de que un laico de cualquier profesión u oficio, de cualquier origen, de cualquier nacionalidad, sin importar su convicción, pudiera tomar en serio su fe y buscar la santidad, parecía imposible, cuando la expuso. Escrivá consideraba que el pluralismo es legítimo y necesario en la cultura e igualmente en la Iglesia. Todos somos distintos, pero cada cristiano puede reflejar algún aspecto del Salvador. Aún más, todo hombre, también de religión no católica, puede comprender su mensaje. En el Opus Dei pueden cooperar personas que profesan distintas religiones. Pero también es verdad que la doctrina que empezó a divulgar no fue al comienzo bien interpretada por todos y la cruz que llevaba, con mucho amor, a veces se hacía sentir pesada.

Empezó sus actividades en Madrid y luego en otras ciudades de España. Pero su misión le exigía más. Aun durante su vida pudo ver cómo la gente de diferentes nacionalidades se identificaba con la filosofía del Opus Dei y pedía que se extendiera su apostolado a sus países. Hoy podemos decir sin ninguna vacilación que millones de personas de todos los continentes disfrutan de sus medios de formación.

Josemaría Escrivá no se cansaba de enseñar que un cristiano tenía que fundamentar su vida en su fe. Entendía muy bien que en el siglo XX, lleno de contradicciones y dificultades para una existencia digna, era fácil dejarse tentar por las corrientes de moda. Por eso, insistía tanto sobre el heroísmo en la vida diaria. Decía a sus hijos espirituales que la libertad de cada uno tenía que dar abundantes frutos. Alguien que reconoce la extraordinaria fuente de la vida no puede ser miope y acortar su visión.

La vida ordinaria del hombre transcurre entre el tiempo dedicado a su familia y su trabajo. Un hogar cristiano tiene que dar ejemplo e irradiar la luz de la fe. Igualmente, en el sitio de trabajo su vida debe tener características similares y la misma labor profesional tiene que volverse, además de una realización plena de la actividad productiva del hombre, una realización interior o, mejor, espiritual. Desde luego, esta interpretación implica un real reto de perfeccionamiento. Un trabajo bien hecho es motivo de satisfacción para el que lo realiza, pero también le reclama un mayor esfuerzo, mayor dedicación y, sobre todo, un verdadero amor para lo que se está llevando a cabo. Desde esta perspectiva, podemos ver una imagen integral del hombre y naturalmente una visión apropiada de la dimensión de su actividad.

El trabajo, así concebido, ayuda al hombre a no caer en las trampas de la tan proclamada alineación materialista. El trabajo le permite desarrollar las relaciones con su prójimo, siempre con el afán de servicio y de entrega a los demás. De esta manera, el beato Josemaría enseñaba que esta parte de la existencia, aunque relacionada con la fatiga, la lucha y el dolor, indudablemente se convertía en un medio de desarrollo personal y permitía al hombre crecer en su vida interior.

Hombre alegre.

Hay otro aspecto de la ascética que solía enseñar: la alegría. Los que lo conocieron siempre lo recuerdan como un hombre alegre. Vale la pena destacar que su sonrisa, sus gestos afables y de cariño, su exquisito sentido del humor, tenían una sólida base ascética. Subrayaba que un hijo de Dios no puede dejarse llevar por el impacto de pequeñas dificultades que constantemente se encuentran. Si esto ocurre, es simplemente una muestra de falta de reconocimiento de no confiar en la Providencia. La alegría es parte del talante de un verdadero cristiano.

Una de sus recomendaciones era sembrar paz y alegría a manos llenas. Según sus enseñanzas, la paz social se inicia con la paz interior de cada persona y es resultado de la alegría. Al luchar contra lo malo y lo imperfecto, se logra ser mejor, acercarse a la santidad. Al sentir y vivir la paz, el hombre puede transmitirla en sus relaciones de familia, de trabajo y en toda la compleja red de las relaciones sociales. Las circunstancias diarias de la vida muchas veces exigen la práctica de la virtud de la caridad y su exteriorización se manifiesta por intermedio de la actitud de llevar la paz por todas partes. No se puede omitir una característica muy especial: la importancia de la contemplación y la oración. Su práctica diaria permite fortalecer el espíritu de fe y el de apostolado.

Fue durante toda su vida muy mariano. Hacía frecuentes romerías a diferentes sitios de su devoción. Los fieles colombianos saben muy bien que Escrivá sentía un afecto singular por la Virgen Patrona de Colombia, como lo manifestó en diferentes ocasiones. Aunque lo quería hacer, no pudo presentarse personalmente en su Basílica de Chiquinquirá.

* Doctor en Ciencias Humanas de la Universidad de Varsovia.

FOTO.

Josemaría Escrivá era ante todo una persona sencilla y amable.

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