QUIÉN ESTÁ TRAS LA MÁSCARA

QUIÉN ESTÁ TRAS LA MÁSCARA

El Alcalde de Bogotá los ha calificado de grotesco espectáculo. El Presidente y los militares los promueven como ejemplo de colaboración ciudadana. Las imágenes de los encapuchados que reciben gruesos fajos de billetes de manos de altos oficiales del Ejército han producido, con toda razón, un intenso debate.

20 de septiembre 2002 , 12:00 a.m.

El Alcalde de Bogotá los ha calificado de grotesco espectáculo. El Presidente y los militares los promueven como ejemplo de colaboración ciudadana. Las imágenes de los encapuchados que reciben gruesos fajos de billetes de manos de altos oficiales del Ejército han producido, con toda razón, un intenso debate.

Hasta ahora, según información del Ejército que es imposible verificar en fuente independiente, en los lunes de recompensa se habrían pagado cerca de 100 millones de pesos a personas anónimas, lo cual habría evitado una serie de secuestros, robos de camiones y otros actos delictivos. Informes preliminares indican una cierta recuperación del tráfico por algunas carreteras, especialmente del Cesar y otros lugares del interior de la Costa.

No entramos a calificar el balance de estas jornadas ni su impacto en el campo de la seguridad, pues aún es prematuro hacerlo y carecemos de la información suficiente. Pero conviene dar desde ahora una mirada a las cuestiones de fondo planteadas por esta nueva estrategia de guerra. Regímenes de corte totalitario que la instituyeron masivamente en sus sociedades demostraron la suprema eficiencia- y las inmensas aberraciones- que conlleva institucionalizar la delación. En un país como Colombia, agobiado por los secuestros, con una clase media que no se atreve a viajar por carretera y con pueblos enteros sujetos al dictamen armado de la extrema izquierda o la derecha, no es raro que haya capas importantes de la población que vean en estas medidas una suerte de salvación providencial.

Pero son demasiadas las preguntas.

Quién está detrás de la máscara? Un ciudadano al que le duele el país y ansía hacer algo por cambiar las cosas? Un miserable lleno de rencor y capaz de denunciar a su madre por dos millones de pesos? Un militar retribuido a escondidas? Un guerrillero arrepentido? Un paramilitar a quien se le sirve en bandeja la posibilidad de ver pagados sus desmanes como servicios a la patria? Esa máscara hermética y el mecanismo mismo de pagar a delatores anónimos no permiten comprobar cuán útil fue su información, pero sí han originado dudas y temores en sectores democráticos de dentro y fuera de Colombia.

Al transmitir en vivo y en directo la entrega de las recompensas, el Gobierno ha querido estimular a otros ciudadanos a denunciar a terroristas y delincuentes. Y al hacerlo públicamente, a lo mejor ha querido que sea sin subterfugios y de cara al país. El procedimiento, sin embargo, no resuelve de manera convincente la necesidad que tiene la ciudadanía de verificar que las denuncias son efectivas y que no se trata de casos inflados, como lamentablemente ha sucedido en otras ocasiones.

El show de los encapuchados excluye cualquier posibilidad de control de la sociedad civil. Se trata de un mecanismo equívoco y peligroso de colaboración ciudadana que, de aplicarse mal, podría afectar seriamente la imagen de un Gobierno que, de todos modos, está bajo la lupa de la comunidad internacional. Por su parte, el alcalde Antanas Mockus ha cuestionado esta estrategia como una pésima pedagogía, que desalienta la colaboración espontánea y no recompensada que debe distinguir a una ciudadanía solidaria con un Estado democrático.

A la vez que entendemos que el desafío terrorista que enfrenta Colombia requiere múltiples y novedosas respuestas, es necesario advertir sobre los riesgos de mecanismos como la red de informantes pagos. Si no se los acompaña de mayor transparencia y elementos más sólidos de credibilidad, pueden tener efectos contraproducentes. Como el de convertirnos en una sociedad de delatores y no el de reducir sustancialmente el delito.

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