LAS MUJERES DE VALLE ENCANTADO

LAS MUJERES DE VALLE ENCANTADO

Oveida Mejía Coronado, una campesina alta y recia, dueña de una tristeza que parece perpetua, guarda en la sala de su casa, en una caja de cartón, la osamenta de su hijo Johny, asesinado hace siete años, en espera de conseguir el dinero necesario para sepultarlo con dignidad y para siempre.

24 de marzo 2002 , 12:00 a.m.

Oveida Mejía Coronado, una campesina alta y recia, dueña de una tristeza que parece perpetua, guarda en la sala de su casa, en una caja de cartón, la osamenta de su hijo Johny, asesinado hace siete años, en espera de conseguir el dinero necesario para sepultarlo con dignidad y para siempre.

Demoró cuatro meses tramitando la exhumación de los restos del cementerio de Turbo, en el Urabá antioqueño. Cuando lo logró, ella misma colocó los huesos dentro de la caja, la amarró con cabuya y se trepó a una flota que iba para Montería. Sin que los demás pasajeros lo sospecharan, esta cordobesa de 55 años viajó con la huesamenta sobre sus rodillas hasta su casa de Valle Encantado, una zona rural de Córdoba.

En este lugar, a unos 60 kilómetros de Montería, cree haber hallado su hogar definitivo y por eso está segura de que podrá sepultar a su hijo sin temor a abandonarlo o a desenterrarlo de nuevo para llevárselo consigo.

Oveida Mejía Coronado había vivido sin mayores sobresaltos durante casi 50 años en veredas de Córdoba, Antioquia y, finalmente, en Riosucio (Chocó). Pero en 1996, la guerrilla y los paramilitares comenzaron a disputarse ese territorio y los campesinos debieron huir a zonas marginales de las ciudades cercanas.

La mujer, su esposo, ocho de sus hijos y una docena de nietos se apretujaron en una vivienda del barrio San Cristóbal, en Montería. Fue allí donde se enteró de que a su hijo lo habían matado un año antes en Turbo, donde este vivía con su esposa y dos hijas. Nada pudo hacer, pero se prometió a sí misma ir por sus restos cuando pudiera pagarse el pasaje.

También fue por ese tiempo que se encontró con María Zabala, una mulata bajita y fornida que había sido desplazada con sus ocho hijos de la vereda San Rafaelito, corregimiento de Martinica, en Córdoba. A María Zabala le habían asesinado a su esposo, Antonio Polo, y a su hijo Jorge, y le habían incendiado su casa junto con otras viviendas. Antes de abandonar su tierra, la mujer y sus hijos sobrevivientes cavaron una fosa y, bajo un aguacero torrencial, sepultaron a sus familiares en medio de los cafetales y plataneras.

María Zabala, que nunca había pisado una escuela y manifestaba no saber firmar, era una líder natural. Inteligente, frentera y persuasiva. Ella era una de las organizadoras de las ollas comunitarias de las cuales se alimentaban cientos de desplazados de los barrios más pobres de Montería, gracias a los aportes de varias ONG.

A fuerza de atizar juntas los fogones callejeros y de comer de la misma olla, algunas mujeres se unieron en grupos de trabajo. María Zabala encabezaba a algunas de ellas que soñaban con regresar al campo.

En el Incora les prestaron un bus para visitar tres fincas que estaban en venta. Les gustó una del corregimiento Las Palomas e insistieron hasta la desesperación para que esa entidad la adquiriera y las reubicara allí. A cambio, ellas se comprometieron a pagar el 30 por ciento (unos 90 millones) del valor del predio.

La escritura de la finca -y fue era la gran novedad- quedó a nombre de 15 mujeres: 11 del grupo de María Zabala y 4 reubicadas por el Incora. Algunas de ellas con 10 ó 12 personas en su grupo familiar.

La rebelin de los hombres.

Las mujeres bautizaron la finca de 128 hectáreas con el nombre de Valle Encantado.

-Era plana, con un pedacito de ciénaga y con buenas tierras para sembrar arroz, ñame, plátano y árboles frutales , -dice María Zabala.

A principios de 1998 llegaron a Valle Encantado los primeros camiones con las familias de desplazados. Gente aún incrédula, con una cadena de niños famélicos que tambaleaban con los vientos fuertes de la planicie. Seis de las mujeres ya tenían un nuevo compañero.

Durante las primeras semanas se hacinaron en dos enramadas pajizas. Luego comenzaron a levantar ranchos, uno al lado del otro, y a limpiar la maleza de los potreros. Pero, escondidas entre los matorrales, los esperaban cientos... miles de culebras, dicen los campesinos, que huían despavoridas cuando le metían candela al monte.

Aparecían en la cama, en las hamacas, en la cocina, caían de los techos de palma amarga o reptaban por los senderos desde el amanecer. Algunos recibieron picaduras e incluso, hace poco, una coral mató a un labriego en una vereda vecina.

-En una sola parcela dejamos de contarlas cuando habíamos matado 800 , dice un campesino.

Pero también recibieron buenas noticias. Un finquero, Manuel Lourduy, les regaló 20 litros diarios de leche durante un año para alimentar a los niños.

Las mujeres dirigían el trabajo. Eran amas y señoras. Decidían qué se hacía, dónde se hacía, quienes lo hacían y a qué horas se hacía, y vigilaban que todo se cumpliera según sus instrucciones y anotaban en un cuaderno la labor diaria que cumplía cada hombre. Además, asistían a talleres de capacitación, organizaban sus proyectos y gestionaban dinero ante el Estado y ONG.

Los hombres se sintieron maltratados.

-Nos estropiaron bastante. Varias veces pensé en irme, pero no quería dejar a mi mujer , -dice Tito Ramírez, el esposo de Olga Ibáñez, una de las adjudicatarias. Las mujeres les decían parche postizo , arrecostaos y yolofo , en alusión a un pájaro que espera que otra ave construya un nido y luego la desaloja.

Para 1999, las mujeres de Valle Encantado lograron que una ONG internacional les financiara 15 vacas paridas e igual número de burros para cargar agua desde el río Sinú. También consiguieron dinero para sembrar 15 hectáreas de maíz en el terreno limpiado por los varones de la comunidad.

Sin embargo, hombres y mujeres se miraban como enemigos. Además, las mujeres se dividieron entre las que provenían de las ollas comunitarias y dos de las reubicadas por el Incora. Sólo la intervención de Taller Prodesal, una ONG de Montería que asesora el proyecto, permitió que se aplacaran los ánimos.

Las mujeres se reunieron en un quiosco de la explanada. Acordaron que les permitirían a los hombres participar en las asambleas y se comprometieron a tomar en cuenta sus opiniones, a darles el respeto que ellos pedían y el reconocimiento por la brava tarea de desmontar potreros y de pelear contra las serpientes. Los varones, por su parte, comenzaron a colaborar en las labores de la cocina y se fueron acostumbrado a ver a sus mujeres dirigiendo a la comunidad.

Las casas que caminan.

De todos modos, tras el conflicto, las familias optaron por dividir la finca en 15 parcelas de ocho hectáreas cada una y dejar el resto para cultivos y otros usos comunitarios. Demoraron dos meses trasladando las casas. No las desarmaron por completo, sino que les quitaron los cuatro horcones que las sostenían por las esquinas y pusieron a caminar los techos sobre los hombros de una veintena de hombres que se turnaban bajo los armazones pajizos. Otro campesino les indicaba la ruta con gritos de Curva a la izquierda ... Curva a la derecha!... Aguanta... un hueco! .

Meses después fueron los hombres jóvenes los que se rebelaron. Amenazaron con marcharse a la ciudad o irse de raspachines a los cultivos de coca si no les daban participación. También fueron escuchados y ahora tienen un conjunto de gaitas y tambores. Los niños, uno de danzas.

La zona donde habitan es dominada por las autodefensas. Eso intimidó a los pobladores durante algún tiempo, pero hablaron con los armados y les pidieron que los dejaran trabajar en paz y no se llevaran a sus muchachos. Los paras aceptaron y hasta el momento mantienen su palabra.

Ahora, lo único que las trasnocha es la deuda de la finca, que ya va en 140 millones por los intereses.

Por las mañanas, mientras los hombres les sacan filo a sus rulas o alistan el fiambre de yuca, arroz y ñame, las mujeres les dan de comer a los pavos, marranos y a docenas de gallinas. Oveida Mejía Coronado alimenta con especial cuidado a cuatro de ellas, con las que esperan ganar algún trofeo en el Festival de la Gallina Criolla, que se realiza en abril próximo en San Andrés de Sotavento.

El olor dulzón del ajonjolí recién molido se escapa desde la cocina de Olga Ibáñez esta mañana de marzo. Los habitantes de Valle Encantado hablan de sus proyecciones. Sus sueños de felicidad son escasos, pero les bastan: una escuela, un puesto de salud, un jardín del Icbf, una marranera, diez hectáreas de ñame o de maíz, una procesadora de quesos; dos docenas de gallinas ponedoras...

María Zabala resume en una frase la ganancia del proyecto: -No tuvimos que vender nuestro cuerpo, nuestras hijas no se fueron de prostitutas ni nuestros hijos terminaron de delincuentes o al servicio de la guerra .

El sueño inmediato de Oveida Mejía Coronado es un trapiche de madera y algunas hectáreas de caña para producir panela, melao y guarapo. Está segura de que con las ganancias puede alimentar a su familia y construir un mausoleo para depositar allí, por fin, los huesos que trajo en flota desde Urabá.

FOTO/Manuel Pedraza EL TIEMPO.

1- La mayor parte de los niños de Valle Encantado no asiste a la escuela. Un bachiller de la comunidad les dicta clases a los menores de 8 años.

2- Oveida Meja Coronado, desplazada del Choc, vive con cinco hijos y veinte nietos en una de las parcelas de su finca.

3- Mara Zabala, una cordobesa de 46 años a quien le mataron su esposo y un hijo hace 13 años, es la lder de las mujeres de Valle Encantado.

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